Martes 12 DE Noviembre DE 2019
El Acordeón

La ambición, el delirio y el poder

Máquina del Tiempo

Fecha de publicación: 10-04-16
Por: Arturo Monterroso

Cuando uno escucha hablar a Donald Trump es inevitable recordar a Charles Foster Kane, el personaje creado por Orson Welles a partir de la vida del empresario, inversionista y magnate de la prensa, William Randolph Hearst. Y, como para refrendar esa impresión, el pasado 7 de abril la BBC Magazine publicó un artículo sobre las películas favoritas de los aspirantes a la presidencia de Estados Unidos. Trump dice que su predilecta es El ciudadano Kane, considerada una de las más grandes películas de la historia. Sin duda el lenguaraz candidato de los republicanos tiene la misma actitud de Kane, pero se acerca más a la personalidad del verdadero Hearst, quien también incursionó en la política por su desmedida ambición de poder. Quizá Welles se quedó corto al mostrar la actividad proselitista de su personaje, pensando que una pincelada era suficiente para comprender el tamaño de su megalomanía. Demócrata, anglicano y político fracasado, William Randolph Hearst no conoció los límites a que se ven sujetos los comunes mortales. Si uno escucha con atención lo que nos cuenta el documental La batalla por El ciudadano Kane (de la serie The American Experience, dirigida por Thomas Lennon, 1996) entiende la audacia del poderoso personaje, que rayaba en el delirio y que siempre fue más allá del mundo de los negocios, el periodismo amarillista descarado, la manipulación de las noticias para su propio beneficio y la falta de escrúpulos.

Hearst contribuyó a la guerra en contra de España con sus noticias sensacionalistas e hizo campaña en contra de la Revolución Mexicana para proteger sus propiedades en México. El magnate moldeaba las noticias para satisfacer a sus lectores que, sin duda, carecían de criterio alguno y tenían un gusto especial por las historias de folletín. De manera que cuando se enteró de que Evangelina Cosío y de Cisneros (una mujer acusada de seducir y matar a un militar español) se encontraba en una cárcel de la Habana, la nombró en sus medios como La Flor de Cuba e inventó un melodrama para las primeras planas de sus diarios. La argucia le sirvió durante largos meses para incrementar las ventas. Luego envió gente a la isla para liberarla de la cárcel y sacarla subrepticiamente de Cuba donde, pasados los años, fue nombrada La Capitana, una heroína de la independencia que recibió honores militares en su funeral. En general, las noticias de la guerra le permitieron a Hearst vender un millón de ejemplares diarios solo del New York Journal. Era 1898. Un año antes, Theodore Roosevelt le había escrito a un amigo: “En absoluta confidencia… Recibiría con agrado casi cualquier guerra porque creo que este país la necesita”. Había que distraer a los ciudadanos de la depresión económica y neutralizar con el nacionalismo las huelgas y los movimientos de protesta.

La guerra en Cuba fue una de las grandes aventuras de Hearst. Como no lo aceptaron en la Marina, se fue a la isla en un yate y llevó a periodistas y camarógrafos para narrar su particular perspectiva del conflicto. Incluso llegó a enviar a un periodista a España para ofrecerle al rey sus condiciones para firmar la paz en nombre del pueblo de Estados Unidos. Parece un chiste, pero Hearst siempre pensó que ser presidente de su país era su destino manifiesto; que podía comprar el puesto como había comprado todos los medios de comunicación que había querido. E influir en la opinión pública. Era una parte esencial del poder, al grado de llegar a sugerir que alguna persona debía dispararle al presidente William McKinley. Finalmente, alguien le hizo caso y lo mató. No obstante, la política lo evadió sin tregua. Fue un congresista anodino, casi invisible, y fracasó en sus intentos de convertirse en alcalde de Nueva York, en gobernador del estado y en conseguir la nominación para la presidencia del país. Quizá Trump, gracias a la estulticia, tenga mejor suerte.

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