Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Es el caso de hablar

Hombres de papel es la obra del escritor Oswaldo Salazar que acaba de publicar la editorial Alfaguara. Una revisitación en clave de novela de un personaje casi mitológico de la historia de Guatemala: Miguel Ángel Asturias. La historia nos presenta al escritor en medio de las profundas contradicciones de la época que le tocó vivir e indaga en la  compleja y desgarradora relación que el Premio Nobel de Literatura tuvo con su hijo Rodrigo, el comandante guerrillero Gaspar Ilóm. Presentamos las primeras páginas de esta novela, ya disponible en librerías.

Fecha de publicación: 10-04-16
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Por Oswaldo Salazar

París, 2 de octubre de 1925

Señora Doña María Rosales de Asturias

En sus manos

Mi adorada mamá:

Ya estará cerca la Navidad cuando usted lea estas líneas. No puedo evitar el recuerdo de nuestras costumbres en este mundo tan ajeno al nuestro. Quisiera saber cómo imagina estas ciudades maravillosas que he conocido, para saber si he sido sus ojos… Sus ojos… todavía los recuerdo en esa fotografía (ventana de pasajero del tren que es la vida) que usted hizo que nos tomáramos antes de mi viaje, su mirada sonriente de Mona Lisa criolla, perfectamente consciente de lo que es suyo. Nos pusimos nuestras mejores galas: usted, su vestido de pana azul con cuello de encaje blanco; yo, mi único traje de casimir inglés y una camisa nueva. El fotógrafo nos dio muchas indicaciones; pero, finalmente, usted se paró y, de una forma no menos determinada que serena, sentenció: “Ambos estaremos de pie, él ahí y yo acá”.

Y mientras el fotógrafo se metía en su cueva de luz y de sombra, imperceptiblemente, usted me tomó de la mano como diciéndome “donde quiera que vayas, yo estaré contigo”. No lo olvido. Creo que nunca lo olvidaré. Mis ojos quedaron absortos, como quien sabe sin saber que enfrentarse al destino es descubrir el sentido del pasado, es aferrarse a una mano que lo sostiene a uno suavemente. ¡Madre, es el caso de hablar! En esos días había ido a la cárcel y me acababa de enterar de algo que, en ese momento, era incapaz de entender.

Casi puedo ver el retrato oval, igual a nuestros rostros, que usted puso en la cómoda de su dormitorio sobre aquel tapete que le robó horas de sueño y que, como un cielo fijo, reunía las fotos de los momentos estelares de nuestra familia: el casamiento con papá, Lola con Maco y conmigo, nuestro imposible adiós y tantas otras. Un cuento detrás de cada una, uno de esos que nos contaba allá en Salamá para pasar el rato y para que nos durmiéramos.

En realidad, a pesar de la zozobra por papá, tuvimos una infancia feliz en ese mundo de ensueño donde nos refugiamos. Nadie sabe mejor que usted de qué estoy hablando. Y ahora que veo a través de esta ventana todos estos techos irregulares apretados por el tiempo en un orden que ya nadie entiende, recuerdo la bruma de las tardes, las tenues nubes inmemoriales bajando por los cerros de pinos de Salamá, resuena en mi guarida parisina la voz de Lola contando una historia sin principio, y también las misteriosas charlas de sobremesa sobre el dictador y sus orejas amenazándonos. “¡El Cuco de los sueños va hilando los cuentos!” –nos decía Lola en las pausas de su relato.

Pero aquí también cuentan nuestra historia; ya sabe usted del montón de cadáveres culturales que encontré en el Museo Británico y de cómo allí me di cuenta de que la Sociología era para hablar de la vida como si estuviera muerta. Vine a París huyendo de aquel mundo macabro y me encontré con un arte moderno que busca lo que para nosotros es cotidiano y, por si fuera poco, con el fascinante trabajo del Dr. Raynaud quien intenta reconstruir la imaginación mítica de nuestros pueblos. Aquí es otra cosa. Ya le he contado de mi dificultad con la lengua inglesa. En cambio Francia me ha acogido maravillosamente: su lengua tan amigable y su gente tan cosmopolita me han hecho sentir dueño de un lugar a la par de otros latinoamericanos que, como yo, no saben lo que buscan, pero sí saben que, sea lo que sea, si hay un lugar en el mundo donde buscarlo, es París. Bueno, no frunza el ceño, tiene razón, para ser exacto, ese lugar está en una dimensión intangible entre París y los recuerdos. No se me ha borrado la sensación de su mano en la mía en el momento de aquella foto. Sé que usted camina conmigo, que se asoma en los cafés cuando hablo de Guatemala, que me apaga la luz cuando me quedo dormido. Y todos los días la escucho cuando intento fijar por escrito las palabras de la infancia. Sí mamá, ya no soy más un abogado. No me interesa. Ya no quiero oír hablar siquiera de la posibilidad de estudiar Sociología o Economía Política. Mi camino es la literatura. Se lo digo a usted porque creo encontrar en su corazón toda la comprensión que necesito.

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No sé cómo vaya a tomarlo papá. No sé o no quiero saber qué pueda sentir de perder el destino de su hijo, el mayor, el que recobró la cordura al abandonar medicina y abrazar el derecho como un hijo pródigo. No sé de él; pero sí sé que usted sospecharía si en mi lugar ve volver a un viajero lleno de joyas y con ademán insolente, sé que dudaría de salir a mi encuentro pensando que podría no ser su hijo. ¡Ay madre! ¿A quién espera usted? ¿A quién puede esperar si solo tengo palabras?

No soy sino un pobre latinoamericano que pasa el día escribiendo y hacia la caída de la tarde se encamina a los cafés donde comparte los sueños, los borradores, las memorias con otros de su misma condición. Ahí he descubierto que, ya sea en la política o en el arte, la consigna del intelectual moderno es la Revolución. No basta aprender de los maestros, hay que refutarlos; no basta derrocar a un dictador, hay que hacer la Revolución. Aquí en París he conocido quienes viven para la consecución de un proyecto revolucionario, que sueñan con volver con gran renombre y espada poderosa, que creen posible ceñir la palma de la victoria en sus manos y llevarse el mundo por delante. ¿Me reconocería usted si volviese con el renombre y la espada en ristre? ¿Andaría el camino tras la tapia para encontrar a un señor temido por violento? ¿Podría ser su hijo? Tengo serias dudas.

Esos ojos suyos ya me vieron volver con un camino andado en vericuetos de palabras y memorias siempre de otros. Esos otros postergados por costumbre que he descubierto en el pasado vivo del trabajo del Dr. Raynaud. Debe saber, madre, que este eminente erudito me ha pedido que me embarque, con un mexicano que se llama José María González, en la traducción del Popol Vuh. Es providencial, encontrar a dos personas tan interesadas en lo que es propicio para mi anhelo de, algún día, ser un escritor. Tal vez halle en ese trabajo las palabras perdidas de la infancia, el puente sobre un mar resonante y obscuro de memorias ancestrales y sueños rotos.

Hemos trabajado ya en el material preparado en francés y he descubierto que los indios de Guatemala siempre han sabido que no hay fronteras visibles entre poema y relato, solo enjambres de palabras volanderas como abejas formando miles de celdas donde se atesoran las áureas mieles del mito. Sí, el Popol Vuh es tan moderno como el surrealismo y al mismo tiempo es el silencio vivo de las piedras enterradas de las ciudades antiguas. El Corazón de la Tierra que late por los pisos de una casa de altos. Ciudad sobre ciudad atravesadas por un caracol de peldaños que son imágenes de sueños, intangibles, ingrávidos, fantasmas, palabras de lo eterno. ¡El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos!

Raynaud no se imagina que yo habito ese caracol como un laberinto que anhela las puertas del cielo, que es la estructura que me sostiene entre París y los recuerdos, que no soy sino un remiendo de ese tejido de cuentos que son sueños. Traduciré el Popol Vuh y va a ser, creo, un ensayo de ser yo mismo, un pedazo del proyecto del pasado que estoy recogiendo desde hace algún tiempo en una colección de imágenes que, pienso, se llamará, Leyendas.

Cómo quisiera volver a escuchar los relatos de la infancia, no para saber detalles, sino para revivir la fascinación que despertaban en nosotros. Los ríos, bosques, calles, barrancos donde andaban los personajes ya nunca volvieron a ser los mismos, eran otros caminos andados a tientas como un ciego que en los bultos va encontrando el camino.

Sí, sé que esto le suena extraño, que nunca se imaginó que iba a separarme tanto del proyecto original que papá tenía para mí. ¿Ser escritor y, además, tratando de darle expresión a esa subcultura de seres marginales, debilitados en su humanidad? No se parece en nada a ser un abogado especializado en Sociología o Economía Política listo para volver con todas las cualidades necesarias de alguien que no solo puede, sino debe hacerse cargo de las responsabilidades de la Nación. Alguien mejor preparado que un simple maestro de escuela, abogado de provincia, sin más habilidad que la intriga y el crimen político.

Maco y yo nos dimos cuenta de eso desde el principio. No fue un descubrimiento de mis años universitarios. Papá no podía ocultar la envidia y el profundo rencor que sentía hacia el dictador. Despreciaba su situación, se sentía llamado a un destino más alto, donde late el corazón del poder. Pero fue lo suficientemente práctico para darse cuenta de que para él no había vuelta de hoja y, al mismo tiempo, de que su hijo podía formarse, convertirse en un personajón, un visionario capaz de conocer el secreto para sacar al país del letargo y ponerlo en la vía del progreso.

Papá nunca se imaginó las condiciones y los verdaderos motivos que, veinte años después, iban a alejarme de su presencia, de la familia, de Guatemala… y menos mi decisión de renunciar a convertirme en un gran señor de pupila clara que conoce todo el mundo y vuelve del brazo de su amada a “rescatar” del abandono a los pobres de su tierra.

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No me atreví a comentarle nada. Pero aquí he llegado a convencerme de que usted siempre temió que algún día supiera todo y que eso cambiara el rumbo de mi vida. Acuérdese el entusiasmo con que papá esperaba leer el primer borrador de mi tesis. Y su euforia el día en que me entregaron el Premio Gálvez. Yo no existía, el triunfo era todo suyo. El problema social del indio… Ingenuo, fui un gran ingenuo al no darme cuenta de que llevaba a cabo su proyecto. Convertirme en un abogado y notario como él, como el dictador, un defensor de la civilización y la ley que no puede tolerar esas figuras arcaicas de los indios enemigos del progreso, que asumiendo la urgencia de los tiempos opta por soluciones definitivas.

Pero secretamente, durante mis años de estudiante, fue naciendo en mi ánimo una simpatía por la necesidad de un cambio. No sé, mi participación en la Asociación de Estudiantes Unionistas, mi encuentro con Valle Inclán en México; pero sobre todo mi contacto con los obreros en la Universidad Popular y la Huelga, me hicieron sentir alguna distancia con respecto al proyecto del liberalismo tradicional. Usted me advertía mucho sobre los peligros de la política en un momento de transición. Me contaba que cuando uno ya ha vivido algunos años sabe que las cosas solo parece que cambian, pero que al final de cuentas siempre son las mismas. Le daba miedo ese espíritu irreverente, iconoclasta, violento en su inocencia idealista de la Huelga. Sí, eran cosas que nunca se habían visto en esa Guatemala vigilada por un padre severo; tampoco en una familia donde está claro qué se espera de los hijos. De todos modos lo hice, lo hicimos. Pero en aquellos años no sospechaba que para saber el significado de esta inquietud generacional tenía que pasar algo terrible.

Cuando el dictador cayó después de aquellas semanas trágicas, por mero azar llegué a ser el Secretario del tribunal ante el que fue procesado, ¿se acuerda? Lo veía casi a diario en la cárcel. Y esa experiencia ha sido central en el replanteamiento de mi orientación. Ver ahí, a unos pasos, día tras día, como algo cotidiano, a quien había sido el fantasma de mi infancia, el señor supremo que disponía de la vida y hacienda de todos, fue algo que en su momento no supe cómo tomar. Al principio me sorprendía, pero poco a poco me fui habituando a llegar al tribunal y esperar las instrucciones del juez. Fuimos especialmente diligentes porque teníamos entre manos el juicio más importante del país.

A media mañana íbamos a la cárcel a tomar su declaración con respecto a los muchos cargos que tenía. Al principio, el hombre era fuerte, mantenía ese espíritu enfático, gesticulante, que llenaba de arbitrariedad sus generalizaciones, su ignorancia ilustrada. Pero con el paso de los días, al irse dando cuenta paulatinamente de que todo era irreversible, fue apareciendo como realmente era: un pobre hombre debilitado, despojado de sus disfraces, un fantoche en mangas de camisa.

Con voz tenue y mirada baja, como si fuera otro que hablaba la verdad desde dentro por primera vez en su vida, aceptó que los yanquis lo habían abandonado, que habían traicionado un pacto tácito donde había que echar en cuenta el ferrocarril y el banano a cambio del mantenimiento del poder. Aceptó también que solo es imposible gobernar, o sea que daba privilegios a ciertos ricos, a los chafas, a los curas. Y de pronto se estremecía y retomaba el control de sus palabras. Se justificaba diciendo que todo eso había sido inevitable para iniciar a Guatemala en el camino del progreso. Pero esto era una triste representación de quien nunca había sabido lo que es la bondad, la belleza, la verdad…

Así, pasó el tiempo y mis intereses personales me alejaron de aquella rutina: la escritura, mis conferencias en la UP, etcétera. Recuerdo que usted me veía con gesto comprensivo cuando llegaban mis amigos bolos, cuando me ausentaba por las noches. Además, sabía que mi viaje podía ser prolongado. Así que un día antes de acompañarla a tomarnos la foto oval, decidí ir a ver al patético dictador abandonado a sus recuerdos. Tal vez mi intención no era la más noble: llevarme fresca la memoria de un poder derrocado. No sabía que quien iba a llevarse la sorpresa era yo.

Usted no sabe esto porque no le dije ni palabra de lo que pensaba hacer. Sabía que iba a preocuparse. Como de costumbre, me sirvió el almuerzo ya un poco entrada la tarde. Descansé un momento. Salí con cualquier excusa y tomé ese camino que conocía tan bien: el de la cárcel. Caía la tarde cuando llegué. Los guardias me conocían perfectamente. Les dije que probablemente retomaría el caso y que me dejaran pasar. No hubo problemas.

–Usted conoce el camino –dijo uno de ellos–, pase adelante.

La luz amarillenta de aquellos callejones sórdidos me estremeció por un momento. Cuando me asomé a la celda solo pude ver sus pies en la cama. Dormía. Tal vez la única forma de enfrentar la soledad. Lo llamé por su nombre y, lentamente, la figura empezó a moverse. La débil luz solo iluminaba una parte de la celda. Su figura menuda fue asomándose poco a poco a esa zona de luz desde el corazón de las tinieblas. Cuando su rostro fue visible hubo un momento de silencio. Pensé que intentaba recordar mi cara. Me miró fijamente con esa mirada que solo tienen los viejos: el desencanto, la frialdad, la indiferencia de pensar que no vale la pena hablar porque nadie puede enseñar a vivir. De pronto frunció el ceño y con sus ojos entrecerrados y una voz que parecía venir del pasado me dijo:

–Ahora no vengás a reclamarme nada, Ernesto. Vos sabés que me dejaron solo; desde los yanquis hasta tipos como vos. No tenía nada, nadie en quien fundar una esperanza. Tuve que contarlo todo, con lujo de detalles. No sé si dije todos los nombres.

Sin salir de mi asombro aún, balbuceé:

–Yo no soy Ernesto, él es mi…

Pero no me dejó terminar. Cerró los ojos y volviendo a acostarse, internándose de nuevo en la sombra, en un acto de desvanecimiento, dijo:

–Sí, ya sé, yo tampoco soy más Manuel Estrada Cabrera. Por lo menos sé que voy a morir pronto. El castigo va a ser para los que vivan más.

Me di cuenta que era inútil. No iba a escuchar mis explicaciones. Además, no lograba entender qué había pasado. Estaba confundido.

Al principio, durante ese momento en que uno trata desesperadamente de restablecer el orden conocido, pasó por mi mente toda la galería de imágenes de Salamá, de aquellos días de exilio interno. Pensé que el dictador temía un reclamo de mi padre por haber sido perseguido. Pero… imposible. Él había dicho claramente el nombre de mi padre y, además, que lo había abandonado. No podía engañarme. Ahí había algo tremendo que yo había ignorado durante años.

Salí de la cárcel casi sin despedirme de la gente. Al llegar a la casa no quise hablar con nadie. Tenía que averiguar.

En la helada soledad de mi cuarto enorme y de ventanas altas, recuperé la calma y pensé que tenía todos los medios para saber el fondo de esta historia. Recordé que el dictador había dicho que no sabía si había mencionado todos los nombres.

No tengo que contarle que dormí muy poco, que pasé la noche imaginando las historias más terribles.

Al día siguiente, a primera hora, fui al juzgado. Mis amigos, seguro, me darían los expedientes del caso. Sobre todo aquellos que correspondían al tiempo en que yo ya no era Secretario. Yo quería leer las declaraciones directas, las palabras de un hombre derrumbado a quien ya no le importa revelar la arquitectura de su propia deformación. Allí, en esas páginas, había algo que me cambiaría para siempre.

No sé, tal vez mi propia angustia me hizo sentir las miradas acusadoras de mis antiguos compañeros. Carlos, el nuevo Secretario, abrió el archivo y me abandonó a mi suerte. Las manos me temblaban. Empecé a seleccionar los papeles por fecha. Cuando encontré las últimas declaraciones que yo había recogido, escogí el resto y me las llevé a un escritorio vacío.

Las páginas pasaban frente a mis ojos y yo creía anticipar la historia que me contarían. Por fin, encontré las declaraciones correspondientes a un período que, aparentemente, había sido prolijo en confesiones. Había muchas líneas, párrafos enteros subrayados con rojo. Curiosamente eran aquellos donde el dictador había revelado los controles secretos y los secretos del control.

Era obvio que la curiosidad morbosa de los celosos oficiales de la justicia se había volcado sobre las historias de la policía secreta en primer término. Era una red. El altiplano, el oriente, el sur, la frontera… todo estaba cubierto, de todas partes le llegaba información: conspiraciones, maleantes, extranjeros, líderes locales, dueños de finca…

Pero mamá, ahí estaba la cosa. Las tierras, el eterno problema de Guatemala. Una forma de pago, eso es lo que fueron en las manos de aquel hombre… y sus esbirros… Sí, había también una red de abogados encargados de confiscar tierras de indios. Así el dictador podía pagar favores. La lista no era muy larga. No fue difícil encontrar lo que temía. ¿Ya se lo imagina mamá? ¿O siempre lo supo? Quince años después vine a enterarme de la verdad de nuestro “exilio” en Salamá.

No quería creerlo. Leí una y otra vez el expediente. Aparecía clarísimo. Salamá: Ernesto Asturias, abogado y notario. Era evidente que decía la verdad. Y ni modo que iba a inventarse los nombres. De hecho, me mostraba que el único que había inventado era yo.

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No sé cuánto tiempo pasó. Recobré la conciencia de dónde estaba hasta que Carlos interrumpió mi silencio, el vacío que me rodeaba:

–Miguel Ángel… voy a salir a almorzar y tengo que guardar el juicio. ¿Me acompañás?

No le respondí inmediatamente. Durante unos segundos vi sus ojos, quería ver el fondo, quería saber cómo me miraba ahora. De pronto volvió a preguntar:

–¿Encontraste lo que buscabas?

Y casi sin pensar, desde el fondo le dije:

–Para nada. Yo buscaba otra cosa.

Lo que menos quería era almorzar. Tenía que digerir otra cosa. Me demoré por las calles que sentía más anchas que nunca, como mares imposibles de remontar. Mi paso era lento y cansado. Llegué al mercado. Mientras lo atravesaba, reparé en algo que había visto miles de veces: los pordioseros que se arrastraban por las cocinas llevándose la basura, trapeando la inmundicia con sus harapos. Una migración cotidiana que iba a parar al Portal del Señor con preciosas paradas en la sombra helada de la Catedral y la resolana de la Plaza de Armas.

Me atrajo la sordidez de aquellos mendigos, su furia, la violencia de unos con otros, su miseria extrema, su condición de despojos sociales, parientes de la basura. Llegué a la Catedral y atravesé la Plaza. Despacio, siguiendo el tortuoso camino de los charamileros, los locos, hasta llegar al Portal…, arrastré mi mirada, mis dudas.

Ya en casa solo recuerdo que fui a mi cuarto y, sin ninguna intención planificada, como para expresar algo que había perdido, tomé papel y pluma y escribí: “Los mendigos políticos”. Sentía un vacío adentro que yo quería convertir en rabia, tal vez, para olvidar. Me repetía que mi papá había sido un esbirro del dictador, un pelele disfrazado de hombre de leyes; pero no lograba sentir auténtica mi querella. Más bien experimentaba algo insólito: en el medio de este descubrimiento, irrumpían las imágenes de los pordioseros arrastrando su miseria, podía oír sus gruñidos… pero ¿cómo pudo hacer eso? ¿Por qué nunca nos contó? Y de nuevo, un mendigo arrancándole a otro un triste mendrugo de pan. ¡Despojar a los indios! … y la rabia estridente de la víctima impotente…

Dormí y desperté mil veces… no recuerdo… un día tras otro. No sé cuánto tiempo pasó. Pero en esos días El Imparcial había convocado a un concurso de cuento y aquellas palabras que había borroneado en medio de mi perplejidad fueron un punto de partida. No lo entendía entonces y no lo entiendo ahora. Hacer otra cosa era imposible. De un tirón escribí un cuento que quería enviar al concurso; pero no estaba preparado para mostrar tanta intimidad familiar. Se convirtió, más bien, en parte del equipaje que traje a Europa. En Londres ni lo toqué, pero aquí en París lo he releído y reescrito muchas veces. Creo que no será un cuento. Ahora lo veo como el germen de una novela, de una historia que me incluye con todo mi mundo. La idea me obsesiona, me sale al encuentro, me persigue.

Escribir es la única salida. ¿De qué? No lo sé. Una forma de liberación, de recuperación, de memoria…

Sí mamá, ya sé que para usted todo esto es secundario, que lo que quiere saber es cuándo volveré. No puedo decirlo. Por ahora no. Debo esperar, creo, a dejar que esto cuaje. Aquí todos estamos a la espera de algo: Alejo, Arturo, Luis, Ricardo y tantos otros. Pero nadie sabe qué es.

En lo personal, siento como si me estuviera esculpiendo, como si a fuerza de golpes rompiera una caparazón, una prisión. Es el caso de escribir, madre, es el tiempo de la revuelta de las palabras. Usted me dio los cuentos y ahora yo quiero darlos, dar, porque eso es amar: volcar torrentes por cada gota que recibimos. Sí, no estoy preparado todavía para volver. No hasta que pueda abrir aquella puerta que la guarda pensativa, junto al brasero, y entre por ella un hombre, simplemente, descubierta la frente y herramienta en mano, que vuelve del mundo con el jornal ganado.

En fin mamá, para carta ya se hizo un poco larga. Gracias por el tiempo, por su espera serena y confiada. No quiero que piense que le he contado esta historia como un reproche. Más bien se trata de una exposición de motivos: lo que me mueve a abandonar mi carrera y a buscar en el pasado de Guatemala y de nuestra familia. No me pregunte por objetivos ni finales porque no tengo idea. Lo único que tengo claro es que no quiero hacer otra cosa más que escribir. Quizá es demasiado pedir que ustedes lo tengan igual de claro. Ya sé que estoy renunciando a un destino mucho más prometedor, para el que hay recompensas preestablecidas en el camino. Ya sé también que en este todo es imaginación y fantasía, incertidumbre y duda; pero es que las certezas me dan miedo.

Una última cosa. Creo que cae de su peso y que es innecesario pedírselo. No quiero que papá se entere de lo que le he contado. Tampoco Maco. Solo quiero que les diga que su recuerdo es invencible y que les mando un abrazo. Feliz Navidad a todos, los quiero mucho.

Miguel Ángel

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