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El Acordeón

Maycol, símbolo de la ignominia


Ana María Rodas

Por poco vomito. Desde la pantalla me llegaban las imágenes de uno o dos entrevistadores y una o dos personas que, con gran aparente seriedad discutían, durante largo rato, si la dolorosa muerte de un niño de 11 meses en la calle, frente a un hospital, era responsabilidad de la madre o del sistema de salud del país.

Solo porque no tenía ni tengo el teléfono del canal de televisión no hice la llamada que deseaba. Proponerles que abandonaran la idiotez, su aparente sentido de responsabilidad, de  interés por la muerte de ese niño que sí, era un niño, pero que ha pasado a convertirse, sin que nos demos cuenta, de que es un símbolo, el símbolo de la desigualdad terrible en que vivimos —y mueren por desnutrición miles de personas— en este desdichado país.

“La madre debió haberse dado cuenta pronto de lo mal que estaba su hijo”, decía una y otra vez una de las mujeres en la pantalla. Alguien del grupo ponía cara de seriedad y hablaba de la falta de combustible para las ambulancias, y que por ello, sin duda, no había llegado a tiempo al hospital.

Otro opinó que de todas formas, en los hospitales del país —como si eso fuera una noticia fresca— no hay suficientes insumos para atender a los pacientes.

Y alguien regresaba a culpar a la madre, con toda la desfachatez del mundo. Con la sinvergüenzada del que sabe que no son las madres las responsables de la desnutrición que campea entre los miles, millones de niños que, en el campo guatemalteco y en las zonas deprimidas de las áreas marginales urbanas, mueren o no pueden desempeñarse, al crecer,  con raciocinio común por sufrir o haber sufrido hambre.

Lisa y llanamente: por hambre.

Hartos están los miembros de la UNICEF, por ejemplo, de publicar una y otra vez, año tras año, que el nuestro es un país que cuenta con ingresos medios, que es rico en recursos naturales.  Pero que “las cifras macroeconómicas, esconden una realidad que mina las posibilidades de desarrollo del país: las desigualdades sociales y económicas que son extremas y condenan a gran parte de la infancia del país a  una vida limitada por los efectos de la malnutrición.”

La realidad es que la desnutrición crece de forma alarmante en el país y que todos aquellos que podrían hacer algo por cambiar ese estado de cosas, vuelven a ver hacia otro lado, discuten por el fútbol, por quiénes son los actores o actrices más destacados del mundo y cuando las idioteces de ese tipo se les terminan, atacan a los políticos por las razones menos razonables y se entretienen en las cuestiones más baladíes que se pueda imaginar.

En 2011, la UNICEF anotaba en una de sus publicaciones  que el Gobierno consideraba la posibilidad de declarar Estado de Calamidad porque había “empeorado la situación de seguridad nutricional y alimentaria” en el país.

En las regiones semiáridas de Guatemala había un 18.7 por ciento de la población del país sufriendo hambre por la pérdida de las cosechas de maíz y frijol.

Eso sucedió hace cinco años; la situación no ha mejorado. Las penas de la gente pobre son ignoradas por los políticos, porque al fin y al cabo las desigualdades son responsabilidad de aquellos que les financian sus campañas, que en cuanto sale el tema de aumentar salarios, por ejemplo, se rasgan las vestiduras, lloran y juran que no podrán sostener sus industrias, las que sean.  Y los políticos han callado, muy entretenidos en la corrupción que conocemos.

En la televisión “regreso al programa de marras” los cuatro personajes se mostraban preocupados porque las madres no saben cómo alimentar a sus hijos. Fariseos que bien saben las causas de la desnutrición de niños y adultos.  Sí, adultos también.

Hasta llegué a pensar que los cuatro protagonistas del programa habían sido inducidos por los dueños del país para desviar  la atención del hecho de la muerte de Maycol como símbolo de la ignominia en que vivimos. Era eso o una estupidez galopante de los cuatro. Entrevistadores y entrevistados.

Todavía tengo deseos de vomitar. Casi una quinta parte de los habitantes del país sufre hambre. No logro entender a esos periodistas que aparentan desconocer causas y razones reales de la peor tragedia que sufre Guatemala.

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