Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Los peligros del absoluto

En el año 16 de este siglo, podemos observar las ruinas del pasado, sobre todo las ruinas producidas por los fanáticos de toda ideología: poseídos por el demonio de lo absoluto (y por la invencible convicción de que estaban de la parte justa) sembraron el terror, los exterminios de masas, las deportaciones, los campos de concentración, los desaparecidos, los genocidios, los sistemas económicos generadores de hambre y miseria.

Fecha de publicación: 03-04-16
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Por Dante Liano

Refiere Cardoza que el jesuita Thomas Gage vagaba con ambigua sutileza por los campos de Guatemala, en el siglo XVI. Thomas Gage hizo una pregunta al indígena maya que lo acompañaba. Le dijo: “¿Es verdad que tú sabes español?” El indígena le contestó: “Sí, padrecito”. Entonces, para comprobar su grado de poder sobre el indígena, Gage alzó la voz, y en tono de brutal reclamo le dijo: “¡Así que tú sabes español!” Entonces, el indígena le respondió: “¡No, padrecito!” Le resultó más jesuita el indígena, no por nada heredero de una refinada cultura milenaria.

Por la anécdota, podemos conjeturar que el indígena sí sabía español. También imaginamos que era dueño de una singular inteligencia. Su primera respuesta era verdadera. La segunda no era falsa, se acomodaba a lo que el otro esperaba oír. Era una forma de sobrevivencia, una angustiosa forma de la verdad (porque la primera verdad es la vida y el resto sale sobrando). El indígena maya sabía que disgustar a un poderoso comportaba un riesgo físico, y que respetar el concepto absoluto de verdad, en circunstancias semejantes, era una estupidez. Podemos presumir que una de las herencias coloniales latinoamericanas puede ser esta tendencia a ocultar el aspecto desagradable de las cosas, al condescendiente esfuerzo de embellecer la realidad con tal de agradar al otro.

Isaiah Berlin sostiene, en La búsqueda del ideal, las buenas razones del indígena maya, probablemente sin conocer la anécdota, probablemente sin conocer a los mayas, probablemente sin importarle la existencia de América. Berlin comienza por examinar el esfuerzo de la filosofía para encontrar una racionalidad a la organización social. Recuerda a Sócrates, quien pensaba que si se podía comprender el mundo externo con la razón, entonces se podía dar una respuesta racional a preguntas sobre cómo vivir y cómo actuar. Evoca a Platón quien creía que una élite de sabios podía encontrar estas respuestas, y con ellas, gobernar a los menos sabios. (Algunos arrogantes siglos después, José Ortega y Gasset repetiría lo mismo en La rebelión de las masas).

La reseña filosófica de Berlin fatiga la historia de la filosofía. Llega hasta Hegel y de Hegel pasa a Marx: guerras, conflictos y revoluciones marchan invictos en el tiempo, a través de una dialéctica que conduciría a la conclusión de la barbarie. (Los budistas se ahorran la tragedia y el drama: en lugar de las occidentales revueltas, fusilamientos y decapitaciones, proponen la oriental meditación contemplativa para llegar al mismo lugar: el nirvana. Marx lo llama comunismo, que es el otro nombre  de lo imposible).

Maquiavelo había intercalado una duda en esta disparatada fe en la razón humana. Para el pensador florentino, la sociedad ideal era una restauración de la República Romana. Por lo tanto, pretendía una clase dirigente compuesta por personas inteligentes, capaces y talentosas sostenidas por ciudadanos patriotas orgullosos de pertenecer a ese estado. Maquiavelo está consciente de que las patéticas virtudes necesarias para construir tal reino no son precisamente las virtudes cristianas, esto es: la humildad, la aceptación del dolor, la renuncia a las cosas terrenales, la esperanza de la salvación en otro mundo. Sabe, no por maquiavélico, sino por taimado y viejo, que con esas virtudes se conquistan las llaves de un incierto Paraíso, pero no las de un seguro poder. Esa conciencia lo lleva a la certeza de que no todos los valores supremos perseguidos por la humanidad son compatibles entre sí.

Giambattista Vico acude en ayuda de Maquiavelo. Vico sostiene que cada cultura humana ha profesado valores apropiados para cada momento histórico, y que cada una de estas culturas tiene sus propias cualidades. Cada sociedad, cada cultura, necesita ser comprendida, no ser juzgada. ¿Relativismo cultural? Para nada. No llamemos con nombres contemporáneos a un ejercicio de sensatez.

Más que de relativismo, Berlin prefiere hablar de pluralismo, y lo define así:

“Una concepción por la cual son muchos y diferentes los fines hacia los cuales los hombres pueden aspirar, sin perder su cualidad racional, su cualidad humana, capaces de comprenderse entre sí, de solidarizar entre sí, de darse luz uno al otro, así como la recibimos de la lectura de Platón o de las novelas del Japón medieval (mundos y mentalidades distantes de las nuestras). La intercomunicación entre culturas diferentes, más allá de las fronteras del tiempo y del espacio, es posible solamente porque lo que hace de los hombres seres humanos es común a todos y sirve de puente entre todos”.

En la segunda parte de su ensayo, Isaiah Berlin desarrolla aún más sus reflexiones sobre el peligro de convertir en absolutos algunos valores culturales. Veamos ese desarrollo.

Nadie ignora que la fraternidad hace parte del conocido lema de la Revolución Francesa: “libertad, igualdad y fraternidad”. De los tres elementos, el más precario fue el último. La historia puede ser paradójica; a veces, involuntariamente paradójica. Una singular idea de la fraternidad convirtió a la guillotina en el instrumento favorito para la pena de muerte durante la Revolución Francesa. Antes de la guillotina, aplicar tal castigo implicaba métodos más atroces, con gran sufrimiento del condenado. Para ahorrarle agonía y tortura a los castigados, el doctor Guillotin, de la Asamblea francesa, convenció a sus correligionarios que decapitar a los reos era la manera más elegante y humanitaria de ejecutarlos. Más humanitario y elegante habría sido no matarlos, pero la revolución, dijo célebremente Mao Tse Tung, “no es una fiesta de gala”. Entre otras cosas, añadió: “no es hacer bordado”.  La cultura china no desdeña la afilada ironía.

Debemos al fundamental Lucien Goldmann, autor de un iluminado libro sobre la Ilustración francesa, la sutil observación del conflicto entre libertad e igualdad. Uno se explica que excluya la fraternidad, pues, si activó la guillotina, poca fraternidad sería. El estudioso habrá considerado de mayor provecho estudiar a los otros dos términos. Su conclusión es sorprendente: libertad e igualdad no siempre son compatibles. A veces, evocan el viejo ripio del agua y el aceite: se repelen. Al encendido héroe que se proclama dispuesto a luchar por la conquista de la libertad y la igualdad, el estudioso francés le diría: “Decídase: ¿por la igualdad o por la libertad?”

Dice lo mismo Isaiah Berlin al reflexionar que los valores no existen de modo absoluto y no son independientes entre sí. Debemos a la cultura latina una frase que la misma cultura latina desmiente: Dura lex sed lex.  Porque si algo distingue a la cultura mediterránea es la existencia de la misericordia y del perdón. No existe solo el concepto de justicia como un tótem monolítico e insuperable; existen los lazos comunitarios, los lazos familiares, las consideraciones personales. Al final de un terremoto devastador en un país latinoamericano, el juez de la provincia se presentó a la cárcel, y encontró a los reos sobrevivientes agrupados en el patio del penitenciario. “¿Qué hacemos, señor juez?”, le preguntaron, todavía emblanquecido el rostro por el pánico y el polvo. “¡Váyanse a la mierda!”, sentenció ese Salomón latino, sabedor que un concepto rígido de la justicia era inaplicable en ese caso. Los valores morales son humanos, pero si se vuelven absolutos, dejan de ser humanos.

 

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Esto nos regresa a la paradoja de Goldmann: libertad e igualdad han sido valores indiscutibles por mucho tiempo.  Pero una libertad total no se puede proponer: la total libertad para los lobos significa la muerte de las ovejas. Una total libertad de los más poderosos no es compatible con el derecho de los más débiles a una vida decente. Un famoso delincuente, llamado Tacifiro, gozaba de la libertad de apuñalar a quien se le atravesara en el camino por el placer de escuchar las vestiduras rasgadas por la hoja del cuchillo. Naturalmente, se le quitó esa libertad absoluta. Hace no mucho, los dirigentes de un gran banco gozaban de la total libertad de inducir a sus clientes más ancianos a firmar acciones que dejaban en la calle a esos clientes. ¿Se les podía dejar en libertad total?

El razonamiento de Berlin se desplaza, entonces, al concepto de igualdad. La igualdad, dice, puede significar la limitación de la libertad de los que pretenden dominar una sociedad. A veces, es necesario poner límites a la libertad para dar espacio al bienestar social, para dar de comer al hambriento, para vestir al desnudo, para dar un techo a los desamparados, para consentir a los otros ser libres, para no obstaculizar la justicia y la equidad. Lo apunta Sartre, con un aforismo: “Mi libertad termina donde empieza la de los demás”. Me puede gustar oír la música a todo volumen, pero si hay un anciano enfermo en la casa vecina, ¿puedo alegar el principio de libertad absoluta para molestar a ese enfermo?

Es el mismo principio que guía a la frase: “ama a tu prójimo como a ti mismo”. El amor por los demás no puede ser absoluto, no pasa por la vía de mi mortificación. Y el amor por mí mismo no pasa por la vía de la mortificación de los demás. La obligación de seguir valores morales absolutos conduce al totalitarismo y a la dictadura. Si mi finalidad es crear un mundo perfecto, advierte Berlin con preocupación, ningún precio será demasiado alto para alcanzarlo. De ese modo, hemos asistido a la inmolación de seres humanos en los altares de las abstracciones: Nación, Partido, Clase, Progreso, Humanidad, las Fuerzas de la Historia.

La escasamente prestigiosa alternativa al absoluto y a la abstracción es el compromiso, basado en un principio fundamental: lo primero es evitar el sufrimiento. Podemos asumirnos el riesgo de acciones drásticas (una revolución contra los tiranos, por ejemplo) sin olvidar que podemos equivocarnos, que un exceso de seguridad en nuestras ideas puede provocar el sufrimiento de inocentes. Por tanto, negociar, negociar todo: reglas, valores y principios tienen que someterse a concesiones recíprocas. Ciertamente, no es la respuesta que querrían los jóvenes idealistas, no es la bandera por la cual estarían dispuestos a sufrir y morir en nombre de una sociedad nueva y noble. ¡Tantos jóvenes han comenzado por abrazar, con pasión cívica, banderas de justicia y libertad y han terminado al mando de un pelotón de fusilamiento!

En situaciones extremas, una cuestión que no se debe olvidar es tratar de comprender la situación concreta en la que estamos viviendo. La decisión se toma según la cultura de la sociedad a la que pertenecemos, sabiendo que es una cultura como cualquier otra, con valores que forman parte del patrimonio común de la humanidad. Naturalmente, hay cuestiones irrenunciables. Nadie estaría dispuesto hoy a defender la esclavitud o el sacrificio humano ritual; nadie defendería las cámaras de gas nazis; nadie defendería la tortura de los seres humanos en nombre del placer, del lucro o ni siquiera del bien político; nadie propondría que los hijos denunciaran a los padres por crímenes políticos, como ha sucedido en las dictaduras.

 

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Con una modestia autorizada por la edad anciana y la sabiduría acumulada, Berlin constata algo que podría parecer banal: podemos hacer solo aquello que nuestras modestas fuerzas nos permiten: pero esto lo tenemos que hacer, contra viento y marea.

Los conflictos pueden ser resueltos promoviendo y conservando un delicado equilibrio entre libertad e igualdad, constantemente amenazado y que requiere ajustes constantes. Tal es la única condición para la existencia de sociedades decentes y para un comportamiento moral aceptable. Se puede criticar que tal solución es algo insípida y poco atractiva. Como dijo el filosofo norteamericano Lewis: “No existe una razón a priori para suponer que la verdad, cuando sea descubierta, resultará necesariamente interesante”.  Basta que sea la verdad.

El anciano y sabio discurso de Isaiah Berlin proviene de quien ha estudiado profundamente el siglo XX y se proyecta con claridad hacia el siglo XXI. En el año 16 de este siglo, podemos observar las ruinas del pasado, sobre todo las ruinas producidas por los fanáticos de toda ideología: poseídos por el demonio de lo absoluto (y por la invencible convicción de que estaban de la parte justa) sembraron el terror, los exterminios de masa, las deportaciones, los campos de concentración, los desaparecidos, los genocidios, los sistemas económicos generadores de hambre y miseria. ¿Se implantó, en algún lado del Planeta, la Verdad, el Bien, la Felicidad? Berlin parecería decirnos que, siendo el ser humano imperfecto y condicionado por su cultura y por su momento histórico, bien haría en abandonar las aspiraciones de totalidad, para razonablemente negociar con sus compañeros de viaje (seres humanos con seres humanos, naciones con naciones, culturas con culturas) un sereno vivir en común, mientras pasa el viaje, mientras llegamos a la desconocida orilla que nos está esperando desde que nacimos.

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