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El Acordeón

¿Hay vida después de los 80…?


¿Quién es capaz de desafiar la ley que asocia a la vejez y al placer…? ¿Quién es capaz de negar el valor tan pleno de una ley que juzgamos evidente…?

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A veces hay cosas que parecen imposibles, sin embargo devienen en posibles y llegan a ser parte del mundo concreto y de la vida misma, así fue como un rey español durante la segunda mitad del siglo XVI llegó a dar nombre a un grupo de islas colocadas justo en las antípodas de la península, o si no allí sí casi; las Islas Filipinas se llaman así por haber sido descubiertas en la época del rey Felipe II ¿quién lo diría?

Pero las cosa no se queda allí, porque la relación entre el lejano archipiélago asiático y España sigue de diversas formas, lo cual no es nada sorprendente, sino algo normal; ya se sabe que España por entonces se desarrolló como un poder colonial de dimensiones planetarias, de modo que las lejanas islas cuentan con algunas cosas llegadas y heredadas de la metrópoli, pero también viceversa, España cuenta también con cosas valiosas llegadas de las Filipinas, algo de lo cual espero aclarar más adelante.

Pero dejemos de lado la historia y el poder colonial español, para ir a lo que aquí importa, que es lo enunciado por el título o, más bien, por la pregunta que sirve de título, es decir lo que cabe esperar de la vida a una edad tan avanzada como los 80 años; francamente, la edad avanzada y los gozos que la vida ofrece nos parecen algo incompatible, entre disfrutar de la vida e ir sumando y sumando años parece haber una incompatibilidad natural y este desencuentro entre vejez y placer se entiende como una verdad del tipo axiomático, es decir una verdad que no necesita de demostración alguna.

A pesar de lo cual, por verdadero que parezca y por convencidos que estemos de esta verdad hay quien es capaz de negarla, de desmentirla, de echarla por tierra y hacerla añicos, y no me refiero a una especie en extinción ni a los tiburones del fondo del mar, que han sobrevivido a catástrofes naturales y provocadas durante millones de años y cientos de siglos, tampoco me refiero a ratas o cucarachas que han sobrevivido en lejanos atolones a pruebas atómicas y descargas nucleares, aunque al hablar de estas alimañas quizá ya nos vamos acercando un poco.

¿Quién es capaz de desafiar la ley que asocia a la vejez y al placer…? ¿Quién es capaz de negar el valor tan pleno de una ley que juzgamos evidente…?

Pues nada más y nada menos que el último Premio Nobel de Literatura latinoamericano, nada más y nada menos que el mismísimo Mario Vargas Llosa, el conocidísimo autor peruano.

¿De dónde le viene la inmensa vitalidad del laureado autor? Pues va resultar que es genética; no podemos olvidar que desde los imberbes años de su juventud comenzó a alzar vuelo con relatos cargados de la potencia hormonal de la testosterona, con relatos rebosantes de la fuerza ciega e irreflexiva de la adolescencia masculina y, según se ve, esta es una chispa que se mantiene prendida en Mario, incluso ahora mientras transita por la octava década de su vida.

Él ha sido muy osado, él se ha atrevido con su tía, con su prima la más pequeña, con la novela erótica, ha coqueteado con algunas de las mujeres de sus amigos y, hasta ha contribuido a prostituir, aun más si cabe, a la señora de la antorcha en la mano que decora la entrada al puerto de Nueva York, como todo aquel que se precie de buen liberal, de modo que son varias las leyendas que giran alrededor de su nombre al respecto del tema.

Seguramente, Mario es un hombre para quien la literatura ha sido un pretexto para mostrarnos su hombría, a lo mejor para él las letras han sido algo así como un mal necesario: qué remedio, hay que sentarse horas y horas para escribir un libro, pero el final es gratificante porque le permite al nobel peruano mostrar lo que, después de todo y más probablemente, ocupa toda su cabeza: demostrarnos lo hombre que es.

Así como no puede hacerse un churrasco sin carne, así Mario no puede mostrarse sin libros, así estos sean disparejos y desiguales.

No vamos a decir que a estas alturas del partido el octogenario nobel no ha adquirido algún oficio en el ejercicio de su labor, quizá lo del mal necesario hasta vaya adquiriendo alguna gracia, quizá a estas alturas del partido los furores de su vientre vayan necesitando una pausa cada vez más larga; y es que los hechos son lo que son, los hechos son los hechos y como tales tienen un valor incontestable, por eso no vale la pena morderse la lengua ante la última hazaña amatoria del Nobel: Mario ha logrado conquistar a la imperturbable y flemática Isabel Preysler, y aquí se cierra el círculo, porque ella es la filipina de oro aterrizada en España desde hace décadas, durante los lejanísimos días en que fuese la primera mujer de Julio Iglesias, sí, justo aquel cantante de tantos éxitos populares.

Y al respecto hay que decir que ella, por su lado, también ha labrado a pulso su personal Curriculum Vitae, entre vestidos de altas casas de moda, zapatos de tacón de aguja, amigos distinguidos y no tanto, y cirugías practicadas a tiempo y a destiempo.

No cabe duda que visto lo visto, Mario e Isabel se merecen uno al otro: dos a cual mejor, dos habituales de las portadas de ricos y famosos, dos consentidos de los reflectores, dos egos de catálogo, solo falta ver si no acaban en un asilo o a los tiros.

De manera que para que el ciclo se cierre y se cumpla, España, la metrópoli colonial sigue recibiendo en su seno el producto de lo que ha sembrado: por un lado y por el orden al académico y peruano Vargas y, por el otro y a la cola a la sofisticada y grácil Preysler, y con ellos, a su gran historia de amor; todo para que al final se cumpla lo que alguien dijese alguna vez con gran lucidez y acierto: Vargas Llosa es como el Julio Iglesias de la literatura.

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