Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

El espíritu que le enseñará al mundo

Máquina del Tiempo

Fecha de publicación: 13-03-16
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Arturo Monterroso

Walt Whitman, el poeta de la libertad, el más grande de los poetas estadounidenses; el más original, el más audaz, el más enérgico, el más humano, el más sensual y también el más ingenuo, escribió que “cuando la obediencia es incuestionable, cuando la servidumbre es completa, ninguna nación, estado o ciudad de este mundo, recobran jamás su libertad”. No sé si el viejo Walt escribió esto después de que lo despidieron del Brooklyn Daily Eagle, un periódico del que era director, debido a que había publicado algunas ideas incómodas en contra de la esclavitud. Hay que recordar que, en su libro, Hojas de hierba, trabajó durante 37 años, desde principios de la década de 1850, y que durante ese tiempo Estados Unidos se apropió de Texas, como mencioné en mis artículos anteriores. Lo que no había dicho es que el buen Walt, el bonachón y pacífico poeta de Long Island, también escribió en el Brooklyn Daily Eagle, sin duda al calor del nacionalismo alborotado que empujó a miles de gringos a ofrecerse como voluntarios de su ejército invasor, que México debía ser severamente castigado (Yes: Mexico must be thoroughly chastised!) ¿Castigado? ¿Por defender su territorio? En todo caso, Whitman escribió a continuación: “Portemos nuestras armas con el espíritu que le enseñará al mundo que, aunque no estemos buscando pelea, Estados Unidos sabe cómo aplastar y cómo expandir (su territorio)”. Percibo una leve contradicción, ligera como un plumón de ganso, entre su discurso de la obediencia, la servidumbre y la pérdida de libertad y su posición en la vida real cuando participa de las ambiciones de conquista de su país, en indetenible expansión aún ahora.

En el prefacio de la edición de 1855 de Hojas de hierba, el barbudo Walt, el poeta nacionalista (Here for you! and here for America!) dice que los norteamericanos poseen probablemente la más completa naturaleza poética; esos ciudadanos “que nunca han sabido qué es eso de estar de pie ante un superior”. En la primera parte quizá se refiere a una retorcida justicia poética, como en la ficción literaria; en la segunda, a hacer siempre lo que les da la gana, algo que siempre hemos tenido claro. Aun así, no hay que olvidar que Whitman no era William Walker quien, siguiendo los sagrados principios de la doctrina del Destino Manifiesto, que justificaba la expansión de los territorios de Estados Unidos hacia el sur, se proclamó presidente de la República de la Baja California en 1853 y, luego de invadir Nicaragua con un grupo de estadounidenses que se hacía llamar La Falange Democrática, fue “electo” presidente de ese país dos años después. De Baja California lo expulsaron los mexicanos y de Nicaragua, los ejércitos de Guatemala, Costa Rica, Honduras y El Salvador, en 1857. En su país se convirtió en un héroe y, aunque lo juzgaron por andar provocando guerras ilegales, fue absuelto sin mucho trámite. Sin embargo, cuando a Walker se le ocurrió invadir Honduras en 1860, lo capturaron los británicos. Los hondureños lo juzgaron y lo fusilaron en Trujillo ese mismo año. Como nada hay así de simple, en Nicaragua también intervinieron los británicos, que veían afectados sus intereses (para empezar, en su protectorado del Reino de la Mosquitia) debido a la presencia de la Compañía Accesoria del Tránsito, propiedad del magnate neoyorquino, Cornelius Vanderbilt (inmortalizado por Ayn Rand en La rebelión de Atlas), que atravesaba el territorio nicaragüense transportando pasajeros. La compañía, a la que algunos medios llamaban “Empresa de Estafadores”, había incumplido con los pagos a que estaba obligada con el Estado, que se había visto obligada a pedir ayuda a los comerciantes ingleses que vivían en Nicaragua. Como dice el viejo Walt: “Parece que construimos sólidas riquezas, fuerza, belleza, pero realmente, construimos imágenes”. Imágenes como esta: “En vano el buitre elige por morada el cielo”. (Y aún hay más).

>arturo.monterroso@gmail.com

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