Lunes 22 DE Julio DE 2019
El Acordeón

La baba de caracol

La Telenovela

Fecha de publicación: 06-03-16

Ana María Rodas

Siempre me llamó la atención, entre ese maremágnum de anuncios maravillosos que te hacen adelgazar, te quitan las arrugas, te hacen salir el pelo y demás babosadas que a la pobre gente le quitan su dinero sin que nada de lo ofrecido se cumpla, la cuestión misteriosa de la Baba de Caracol.

Hace rato que ese cuento de caminos desapareció de la televisión, lugar favorito para esos anuncios que lo único que te ofrecen son la vida y la juventud eternas en este planeta. Porque la vida eterna la ofrecen en otros lares, llena casas y fraternidades, míseras iglesias de pueblo —pero eso sí, con unos megáfonos que te hacen huir si es posible al inframundo, para no escuchar las sandeces que brotan del aparato— y esquinas en la ciudad.

Cuanto lugar sea posible usurpar por un tiempo es suficiente para que alguien que no sabe hablar, ni le interesa mejorar su dicción o sus conocimientos bíblicos –jamás he escuchado lamentos de muecín, ni recitaciones de la torah— sujeta firmemente un altavoz y le hace la vida imposible a todos los que sufren la mala suerte de tener que permanecer en sus casas o negocios y escuchar, escuchar, escuchar esa tergiversación de los versículos del libro que, por la noche y en el silencio que requiere la lectura de cualquier libro de cierta calidad, te va contando esas historias que algún pariente piadoso te recitaba durante tu niñez.

Un sujeto como el que acabo de mencionar nos hacía soltar toda clase de juramentos y maldiciones a quienes trabajábamos en el Diario de Centro América y la Tipografía Nacional hace algunos años. A la media hora de estar escuchando aquel remedo de prédica, pero a voz en cuello, estábamos arrancándonos el pelo en medio de la desesperación.

Enviábamos al jefe de seguridad a que mandara al cuerno al piadoso, insensato y burro gritón. Pero costaba. Ahora creo que aquellos alaridos debían producir alguna reacción favorable en el jefe de seguridad, quien solo al cabo de varias admoniciones se lanzaba a la calle a mandar al diablo —nunca mejor usada la mención del maléfico— al pío y mal informado vociferante.

En fin, ya no estoy en el hermoso edificio de la séptima avenida y dieciocho calle —por cierto, convertida en un estercolero por el presidente Berger, a quien todavía se atreven a llamarle bonachón— de manera que ignoro si el fervoroso alborotador aún se instala en sus cercanías. Y de todas maneras, quería hablar de cómo es posible que las autoridades de salud permitan que se transmitan por todos los medios posibles los anuncios de los que hablé al principio de este artículo.

El té del doctor Chin Kuan Lin para devolverle el color natural a las canas; la crema de concha nácar para erradicar manchas de la piel, espinillas y cicatrices de quemaduras, porque “los moluscos marinos excretan una sustancia biomineral que utilizan como protección” y eso es justamente el elemento que produce los milagros en la piel de los humanos.

El excremento de ciertas hormigas africanas, mezclado con un poco de aceite de linaza blanca para quitar las arrugas para siempre; el agua normal, con un poco de sabor y colorante para llevar al gimnasio. Ahora, se empaca en pachas con tapaderas azul o rosa y se recomienda para niños, no diré de ambos sexos para que no me caigan encima los que en estos días combaten la ley de la juventud y arremeten contra cualquier mención de “género”.

En el tiempo que corre está de moda un instrumento de tortura elástico, negro, para más señas, y que se enrolla casi en la cintura, para que aplaste el vientre y haga sudar a las personas. Ambas cosas, juran los anuncios, hacen adelgazar.

La verdad, un jugador de fútbol puede perder hasta cinco litros de agua en un partido, y los recupera en parte bebiendo líquido so pena de tener bajo rendimiento porque se le espesa la sangre.

Ahora bien, ¿bajar de peso sudando? Eso no lo cree nadie que tenga dos dedos de frente. Si así fuera, el mítico Babe Ruth habría adelgazado notoriamente a lo largo de su carrera fulgurante, en la que anotó 714 home runs.

Lo que adelgaza es comer menos y hacer ejercicio, si se es una persona sana.

Pero reuniendo las ilusorias esperanzas de la gente, esa faja negra y algunos retoques que le hacen al anuncio, ahora que hay tantos medios electrónicos para embobar ingenuos, el negocio de moda debe ser mejor que aquellas pirámides que dejaron a tantos en la calle.

¡En fin! Que me he extendido y entre una cosa y otra, no he hablado nada de la baba de caracol… Será otro día.