Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

ENRIQUE GOMEZ CARRILLO: “La guerra es un espectáculo monstruoso y feo”

La siguiente entrevista, una reliquia encontrada gracias a las dotes de rastreador literario del escritor Luis Eduardo Rivera, fue realizada a Enrique Gómez Carrillo en 1915, cuando se desempeñaba como corresponsal en el frente de la I Guerra Mundial y estaba por publicar su libro Campos de batalla y campos de ruinas. Un documento sorprendente, que luego de su primera publicación ha permanecido inédito, debido a uno de los más celebrados entrevistadores de la lengua castellana, José María Carretero Novillo, mejor conocido como El Caballero Audaz, maestro del periodismo y célebre autor de novelas eróticas.

Fecha de publicación: 06-03-16
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Por José María Carretero Novillo (El Caballero Audaz)

ntraban las últimas claridades de la tarde gris por un balcón que caía sobre la calle de Campoamor. En el gabinete, lleno de desordenada simpatía, conversábamos Tomás Romero, Enrique Gómez Carrillo, Pepe Campúa y este cronista. Gómez Carrillo permanecía de pie, apoyado de espaldas sobre la tapa de un piano. Con su charla amenísima e infantil nos iba contando su vida, sus luchas, sus aventuras, el ambular de su cuerpo errante. Todo muy sugestivo. Romero, de pie también, le miraba con un deleite casi paternal. Campúa, desde el fondo del gabinete, donde estaba hundido en un sofá, intervenía de vez en vez en la conversación. Yo recibía las últimas caricias de la luz sentado al lado del balcón, ante una pequeña mesita.

Enrique Gomez Carrillo es un hombre que á las cuatro palabras consigue interesarnos.

–Sí, señor; aquí me tiene usted –me decía, contestando a mi primera pregunta– en casa de Romero, que es mi casa, saboreando algunos días la paz de la vida en familia…

–¿Ya tendría usted deseos de esta tranquilidad?…

–Figure usted… Después de seis meses de automóvil descubierto, con seis grados de frío, entre el lodo y la lluvia me siento aquí como en un baño tibio. Aquí me miman. Soy el niño de la casa… un niño ya con canas…

–¿Estará usted mucho tiempo en Madrid? –inquirí.

–Poco; muy poco. A principios de Abril me ha prometido el Estado Mayor francés llevarme a Pirex, a Soissons, a Alsacia. Allí también me miman, sobre todo desde que los periódicos de Paris han comenzado a traducir mis Crónicas de la Guerra… Pero después de la campaña volveré á pasar una gran temporada en este Madrid, que yo quiero más que a Paris, sin duda porque aquí están mis recuerdos de la infancia y, además, mis mejores amigos.

Gómez Carrillo, el agilísimo cronista, hace una pausa. Yo, contemplándole, pienso en unas palabras que me ha dicho Campúa antes de estrechar su mano: “Te advierto que Gómez Carrillo ha sido hace quince años lo que se llama un hombre guapo”. Estoy seguro de ello. Conserva toda la arrogancia de una grata juventud; los años pasados en un vivir un poco tumultuoso han dejado huellas de hastío en su rostro, algo de cansancio en sus ojos y un reflejo gris, como un levísimo tornasolado, en sus largos cabellos que, lacios y en artística revolución, los peina hacia atrás; pero no han podido arrebatarle sus proporciones gallardas, su gesto atrayente y su charla amenísima. Vivió tanto en Paris que ya tiene más tipo de francés que de español. Su espíritu audaz, infantil y alegre, también es parisino.

–¡Oh!, pues hablando, más parece usted francés que madrileño– observé yo…

–No lo creo. Lo que uno adquiere son las entonaciones. ¡Bah! ¡0h! ¡Pues! Y las mujeres más que nosotros.

–¿Usted hizo aquí sus estudios?

Gómez Carrillo miró a Romero y, después de sonreir, exclamó:

–¿Mis estudios?… Si yo no he hecho estudios de ninguna clase… No soy ni siquiera bachiller… ¡Que digo!… Sé muchas cosas de los padres del desierto, de los egipcios, de los griegos… Sé cosas que no saben más que los frailes benedictinos y los miembros de la Academia de Inscripciones… Pero no sé ni Aritmética ni nada de lo que se aprende en la escuela. Verá usted. A los ocho años me pusieron mis pobres padres en el colegio de Figueroa, en la Costanilla de los Ángeles. Allí aprendí a leer y a escribir… Fue todo lo que aprendí en tres años. Luego, cuando mi familia me llevó a Guatemala, quiso obligarme á estudiar y me metió como interno en el Instituto Nacional. El director era un marino que tenía fama de enérgico y que juró que me domaría. Yo me contenté con sonreir, como siempre que me he encontrado con gente terrible. Al cabo de quince días, me encaramé á un tejado y me deje caer en la calle. Por aquí, por Madrid, anda un compañero mío que es ahora ministro diplomático y que aún se acuerda de aquella mi aventura. El se llama Carlos Meany y á mi él me llama siempre Calamidad, que era el honroso apodo que me pusieron mis maestros. Bueno; caí a la calle. Una vez libre, con dos ó tres pesetas en el bolsillo, me marché á pie hasta la República del Salvador. ¡Qué días aquellos! ¡Dos semanas en la carretera, entre arrieros y campesinos, durmiendo bajo los árboles!… ¡Allá fue donde nació en mi alma esta locura de los viajes que no me ha dejado luego vivir en paz y que me lleva al Japón, a la India, a Jerusalén, al Canadá, a todas partes, en fin!… Ahora, sino fuera por la guerra, estaría en Benarés, bañándome en el Ganges sagrado… Pero como le pertenezco a El Liberal en cuerpo y alma, y como El Liberal me necesita en Europa…

–¿Lleva usted muchos años en El Liberal?

–Muchos años… Muchos… Tenía yo veinte y escribía en un periódico que se llamaba Vida Literaria, dirigido por Pepe Loma, cuando una noche fue á buscarme alguien á un café, en el cual Valle-Inclán, que aún tenía dos brazos, nos hacía un elocuente sermón. “Ven –me dijo– que Moya quiere conocerte”. Allá nos fuimos. Moya me recibió con una sonrisa paternal… Ahora yo tengo tantas canas como él. Pero entonces yo era un mozo y él era ya un maestro, un director de gran diario, un señor intimidante, en suma. Hablamos. Es decir, me habló D. Miguel, y yo no sé cómo me hablaría ni recuerdo lo que me dijo; lo que sí sé es que al salir de allí pensé por primera vez que yo podría ser un hombre útil a la vida. Desde aquel día, no he dejado de escribir en El Liberal. Al lado de Moya estaba Vicente. Entre los dos me sacaron de la bohemia, los dos me dieron consejos, los dos se empeñaron en darme hábitos de trabajo metódico… Si soy algo, a Moya se lo debo… Sí… sin él, mis instintos de noctámbulo me habrían llevado a las más locas fantasías… Él lo sabe, y sabe también que no hay nadie que lo quiera tan profundamente como yo. A Vicente le quiero mucho también: como á un buen hermano. El Liberal, para mí, es mi casa. Allí nací; allí he de morir. A veces se me ha hablado vagamente de darme la dirección de un periódico de importancia. Yo he dicho: “Muy bien; pero con la condición de que se me permita seguir siendo cronista de El Liberal”.

Gómez Carrillo sonríe con sonrisa de niño, y agrega alegremente:

–Si me echaran de El Liberal, no me iría.

¡Qué bien hemos comprendido nosotros este noble sentimiento de Gómez Carillo; este entrañable afecto al periódico que fue su bandera de batalla, en el que puso todos sus sentimientos, todos los bríos de su juventud y lo mejor de su alma! Algo de eso podría decir este cronista á sus lectores de La Esfera… Pero… sigamos.

–¿Y de la guerra? Cuéntenos… Cuéntenos; usted, que ha sido el único periodista español que ha tenido la fortuna de llegar hasta las líneas de fuego.

–¡Ah, la guerra!… ¿Quiere usted que le diga mis impresiones del campo de batalla?… En una página que acabo de escribir para dedicar mi libro en prensa Campos de batalla y campos de ruinas, están comprendidas con toda sinceridad. La guerra es un espectáculo monstruoso y feo… sí… Yo no sé cómo fueron las guerras de otro tiempo, las que nos entusiasman en las crónicas de Froissart y de Muntaner; pero la actual es horrible… Va usted a oír la dedicatoria de mi libro á José Luis Murature, ministro de Estado de la República Argentina.

Gómez Carrillo sacó de una carpeta unas cuartillas y, con voz velada, cantando un poco, á la manera de los actores franceses, nos leyó la página siguiente: “Permítame usted, querido amigo, que ponga su nombre ilustre a la entrada de esta galería de horrores. Cuando estuve en Buenos Aires, hace un año, me pareció notar que muchos argentinos hablan de la guerra, en general, con un entusiasmo romántico.

“Lo que necesitamos para ser un gran pueblo– me dijo un escritor notable– es una gran guerra.

“Aquel escritor tenía una noción caballeresca de las luchas entre pueblos.

“Y si he de confesar la verdad, yo también la tenía entonces, por no haberla visto sino en los poemas y en los lienzos de los Museos. ¡Ah!, crear una leyenda nueva. Digna de ser perpetuada por Rubén Darío, por un Leopoldo Lugones, por un Mariano de Vedia, sin duda la tentación parecíanos bella…

“–Tiene usted razón– le contesté.

“Y he aquí que esta simple frase, pronunciada en un café, entre el humo de los cigarrillos y los vapores del champagne, me persigue desde hace meses á través de los campos de batalla, con una persistencia de remordimiento y de obsesión. Porque la guerra, vista de cerca, no es bella, no. Es horrible. Aunque uno se empeñe en engalanarla con festones de heroísmo, la dura realidad aparece siempre con cifras de espanto que se dijeran grabadas por Callot en una plancha de acero.

“Por eso quiero gritar á la Argentina y a América con toda mi alma, con toda mi voz; ¡Ved lo que es la guerra!… Ved que no hay en ella armaduras lucientes, ni clarines sonoros, ni bellos gastos heroicos, ni nobles generosidades, ni estandartes vistosos, sino sangre, miseria, llamas, crímenes, sollozos…

“Mi grito a usted lo lanzó querido amigo, porque para mí, como para muchos otros, usted es el representante más ilustre de la futura política Argentina. Óigalo usted con benevolencia, y créame siempre su amigo y admirador…

–¿Cuál es la impresión más tangible, más fuerte que ha recibido durante sus andanzas por los campos de desolación? –le pregunté cuando terminó la lectura.

–La impresión más fuerte en el curso de mis correrías, ha sido la de Reims bajo las bombas. Uno de nuestros compañeros, un sueco, que había estado en la Manchuría, no obstante enfermó de emoción y hubo que mandarlo á Paris en un tren sanitario. Yo, por mi parte, no creo en el peligro; digo, no creo que haya nada especialmente peligroso. El verdadero peligro es vivir. Nadie sabe si ha de morir una hora después de nacer. ¿Se acuerda usted del cuento árabe en el cual se ve á un niño a quien las hadas condenan á morir asesinado por su propio hermano?…

–Sí… sí… –repuse haciendo memoria. –De Las mil noches y una noche.

–Eso es. Ocurre que su padre, sabedor del peligro que acecha al niño, lo encierra en una isla desierta. Sin embargo, su hermano lo mata. Así es todo en la vida. No sirve para nada ocultarse ni huir. Lo que ha de suceder, sucede siempre, a pesar de todas las prudencias. Yo he naufragado en las costas de Colombia y he visto sucumbir á los mejores nadadores del barco. ¿Por qué no me paso nada a mí? Porque no me había llegado mi día. Una noche, con Julio Cestero, que ahora es ministro en Santo Domingo, una bella y loca muchacha nos disparó un tiro a boca de jarro. El tiro debió haberme matado a mí, y no hizo más que romper un espejo… otro día cuando llegue mi hora, una teja o un catarro bastarán para matarme…

Calló. Hubo un silencio, durante el cual todos pensábamos lo mismo; ¿Donde estaría escrita nuestra muerte? !Bah, qué importaba, con tal que fuese fulminante y limpia!

La sonrisa se había extinguido en los labios de Gómez Carrillo, y siguiendo a su pensamiento o, mejor dicho, pensando en alta voz, prosiguió:

–Después de todo, ahora lo mismo me daría… De lo que se trata es de vivir la vida intensamente, completamente, sin avaricia de pasiones, sin prudencias inútiles… Hay que verlo todo, saborearlo todo, amarlo todo, lo bueno como lo malo, lo amargo como lo dulce, lo tranquilo como lo peligroso. “Vivir peligrosamente” –dice Nietzsche– y eso significa vivir en plena fiebre, sin estar seguro de lo que va uno a hacer al día siguiente, sin saber si unos ojos azules que pasan por la calle no van dentro de un instante a desbaratar nuestra paz, nuestro hogar… Vivir, en fin, vivir en una actividad perpetua y luego descansar para siempre… Una bomba, al fin y al cabo, es una enfermedad rápida. En Reims… Sí… lo único que me hizo pasar una nube de melancolía al ver estallar la primera granada, á pocos pasos, fue la imagen de mi hijita, de mi pequeña Elena, a quien adoro con toda mi alma…

Hizo una pequeña pausa, y al mismo tiempo dirigió una mirada rápida a la fotografía de una bella dama que estaba sobre el piano. Luego, con voz muy suave, murmuró:

–Y la imagen de mi Lina…

Recordé que Gómez Carrillo se había casado hace años en París con una mujer riquísima, hija del presidente de una república sudamericana.

–Es verdad –exclamé–. No recordaba que se casó usted…

–!Oh!, sí, me casé y… ¡me divorcié! Estuve casado siete meses. No fue por nada grave. Yo soy un poco indómito… Mi divorcio se apoyó en la pequeña cosa de no ir a comer a las horas habituales… Esto hacia desgraciada a mi mujer… Todos los días teníamos un pleito. Una noche me escapé por una ventana y me marché a África… y… nos divorciamos.

Gómez Carrillo dio de lado a esa conversación, con un ademán de su mano varonil.

–¿En París su vida es ordenada o no?

–Ahora muy arreglada. Antes, ¡terrible!

–¿Cuántos años lleva usted entre los franceses?

–Veinte… Marché a París a los dieciocho

–¿Creo que es usted, según dicen, un esgrimidor habilísimo?

–Algo… por precaución; es decir, por necesidad… La vida es una dama coqueta que, como dama al fin , no sonríe a los débiles.

–Lo que no me explico, viéndole a usted tan correcto, tan frío, tan apacible, con un trato tan atrayente, es que haya usted tenido tantos duelos. Habrían sido por asuntos literarios ¿eh?

–No– rechazó con rapidez– precisamente, no tuve ninguno como escritor… Surgieron todos por tropiezos, a veces nimios, en mi vida de relación particular.

–¿Cuántos desafíos ha tenido usted? Es una curiosidad.

–Creo que doce…; pero eso es una cosa antigua…

–¿Fue usted herido alguna vez?

–Sí, señor; dos veces. He tenido mis quiebras; mas, ¡eso qué importa! La emoción en el juego, la recibe igual el que pierde que el que gana. Una noche estaba yo sentado con Machado, en un restaurant del barrio Latino de París. Para llamar la atención del violinista, que era español, di un silbido, entonces, un individuo que había cerca de nosotros, preguntó: “¿Quién es el apache que ha silbado?” Yo, que tenía gran seguridad en mi destreza de boxeador, me acerqué a él y dije con mucha cortesía: “¿Señor, ese apache que ha silbado, he sido yo… ¿Quiere usted que además le ponga dos bofetadas?” “No señor, no hace falta” –me contestó muy sonriente; – y cogiéndome al mismo tiempo por la cintura, me levantó en alto y, con sumo cuidado, como quien maneja a un niño, me tendió en el suelo y me puso su enorme pie sobre la cara; después, sin hacerme daño, volvió a levantarme y, como una pluma, me dejo tirado sobre mi asiento: “¿Ha visto usted, señor, que he podido pisotearle la cara y no lo he hecho?” –me dijo sonriente– “En efecto –repuse yo– es cierto. Yo le agradezco a usted su amabilidad: pero ahora no tendrá inconveniente en recibir esta tarjeta mía”. Aquel energúmeno cogió mi tarjeta, pasó su dedo por la cartulina y, tornándome a coger en brazos, me llevó a su mesa y me sentó a su lado. Después, con una infinita compasión, echándome el brazo por el hombro, me preguntó… “¿Qué tomas”?… “Lo que tu qieras” –le contesté yo–. Después supe que era un luchador formidable… Bien; pues yo en aquella aventura perdí… Pero la recuerdo con más interés que otras donde gané.

–¿Le gusta a usted la política?

–Hay tres cosas que yo no quiero ser por nada de la tierra: diputado, actor y torero. ¿Sabe usted lo que si me gustaría ser?…

–¿Qué?…

–Empresario de Folies Bergeres.

Todos reímos. El prosiguió:

–¡Oh! Pasan por allí las más hermosas mujeres del mundo..

Y ya nuestra charla se deslizó por los recuerdos del encantador París amoroso y mundano.

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