Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Elogio de Santo Tomás

Santo Tomás de Aquino fue una referencia central en la trayectoria intelectual y académica de Umberto Eco –el filósofo y escritor italiano fallecido el pasado 19 de febrero a los 84 años—. Del autor de la Summa Theologica, rechaza el dogma, pero celebra la aventura intelectual, el espíritu de contradicción, la sed de conocimiento. El texto que reproducimos funciona como una declaración de principios.

Fecha de publicación: 28-02-16
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POR UMBERTO ECO

La peor desgracia de su carrera no se abatió sobre Santo Tomás de Aquino el 7 de marzo de 1274, cuando murió en Fossanova con apenas 49 años de edad y los monjes no lograron bajar su cuerpo por las escaleras, a causa de su gordura. Tampoco cuando, tres años después de su muerte, el arzobispo de París Etienne Tempier emitió una lista de proposiciones heréticas (219) que incluía la mayor parte de las tesis averroístas, ciertas observaciones acerca del amor terrestre elaboradas cien años antes por André Le Chapelain y 20 proposiciones claramente atribuibles al angélico doctor Tomás, de los señores de Aquino. La historia evacuó rápidamente este acto represivo y Tomás, ya muerto, ganó su batalla, en tanto que Etienne Tempier terminó —junto con Guillermo de Saint Amour, el otro enemigo de Santo Tomás— entre los rangos desgraciadamente eternos de los grandes restauradores que comienzan con los jueces de Sócrates y, pasando por los de Galileo, terminan provisionalmente en Gabrio Lombardi.

La desgracia que echa a perder la vida de Santo Tomás sobrevino en 1323, dos años después de que muriera Dante y quizás un poco por su propia culpa, cuando Juan XXII decidió convertirlo en Santo Tomás de Aquino. Fue una mala jugada, como las de recibir el Premio Nobel, ingresar en la Academia Francesa o conseguir el Oscar. El beneficiado se vuelve algo parecido a la Gioconda: un cliché. Constituyen el momento en que un gran incendiario es nombrado bombero.

El burro y el buey

Tomás vuelve a estar de moda como santo y como filósofo; se intenta elucidar lo que Tomás habría hecho hoy si hubiera tenido la fe, la cultura y la energía intelectual con las que contó en su tiempo. Pero en ocasiones el amor entenebrece las almas. Para decir que Tomás fue grande, se afirma que fue un revolucionario y es necesario tratar de entender en qué sentido lo fue, porque no puede afirmarse que fuese un restaurador, pero sí que levantó un edificio tan sólido que, después de él, ningún revolucionario ha podido asurarlo desde el interior; lo más que ha podido hacerse —de Descartes a Hegel, de Marx a Theilard de Chardin— es hablar de aquél “desde el exterior”.

Lo anterior es todavía más interesante porque no se comprende cómo pudo ser causa de escándalo un individuo tan poco romántico, tan gordo y tan sosegado que en la escuela tomaba notas en silencio con aire de no entender nada y era objeto de las burlas de sus compañeros. Una vez, cuando en el refectorio del convento estaba sentado en su doble sitial (había sido necesario cortar el brazo de separación para hacerle un espacio más ancho), los bromistas monjes le hicieron creer que afuera había un burro que volaba; él corrió a verlo; los otros morían de risa (se sabe que los frailes mendicantes tienen gustos muy simples); entonces Santo Tomás (que no era un bobo) les dijo que era más verosímil un burro volador que un monje mentiroso y los religiosos enrollaron la cola. Ese estudiante, que fue apodado por sus camaradas el buey mudo, llegó a ser un profesor adorado por sus alumnos. Un día que se paseaba por las colinas con sus discípulos y miraban juntos París desde lo alto, aquellos le preguntaron si le gustaría ser el señor de tan bella ciudad. Él contestó que, por mucho, preferiría contar con el texto de las homilías de san Juan Crisóstomo. Sin embargo, cuando un enemigo ideológico le llenaba los zapatos de piedras, se convertía en una fiera y explotaba en maledicencias y sarcasmos.

Un sólido luchador

¿Era un gordo bonachón? ¿Era un ángel? ¿Era asexuado? Cuando sus hermanos quisieron impedirle ser dominico (en esa época el hijo menor de una familia bien se hacía benedictino, lo que era digno, y no fraile mendicante, lo que equivaldría hoy a entrar en una comunidad maoísta), lo secuestraron mientras marchaba hacia París y lo encerraron en el castillo de la familia. Luego, para liberarlo de esa idea fija y hacer que se convirtiera en un abad como se debe, le mandaron a su cuarto una muchacha desnuda y dispuesta a todo. Tomás tomó entonces un tizón y se puso a perseguir a la joven con la clara intención de quemarle las nalgas. Entonces ¿nada de sexo? Vaya usted a saberlo, porque la cosa lo turbaba de tal modo que desde entonces, según Bernardo de Guido, “si los encuentros con mujeres no eran verdaderamente necesarios, los evitaba como si fuesen serpientes”.

En cualquier caso, el hombre era un luchador. Sólido, lúcido, concibió un ambicioso proyecto, lo ejecutó y ganó. Veamos cuál era el terreno de combate, qué estaba en juego y qué ganancias obtuvo.

Cuando Tomás nació, las comunas italianas llevaban 50 años de haber vencido la batalla de Legnano contra el Imperio. Inglaterra llevaba diez con la Carta Magna. En Francia acababa de terminar el reino de Felipe Augusto. El Imperio agonizaba. En cinco años, las ciudades marítimas, libres y comerciantes del Norte constituyeron la Liga Hanseática. La economía florentina se encontraba en fase de expansión y se acuñaba el florín de oro; Fibonacci ya había inventado la partida doble; las escuelas de Medicina en Salerno y de Derecho en Bolonia llevaban cien años de progreso. Las Cruzadas se hallaban en estado avanzado. Esto quiere decir que los contactos con el Oriente estaban en pleno auge. Por otro lado, los árabes de España fascinaban al mundo occidental con sus descubrimientos científicos y filosóficos. La técnica conocía un vigoroso desarrollo: las maneras de herrar los caballos, de hacer girar los molinos, de pilotar los barcos, de uncir a las bestias de tiro y de labor habían cambiado. En el Norte, monarquías nacionales; en el Sur, comunas libres.

Se busca instrumento

En síntesis, todo lo anterior ya no tiene que ver con la Edad Media, al menos como se la concibe vulgarmente y, si se quiere polemizar, se diría que, salvo lo que Tomás está cocinando, se trata ya del Renacimiento. Solo que, para que lo que sucedió sucediera, fue necesario que Tomás cocinara lo que cocinó. Europa trata de darse una cultura que refleje una pluralidad política y económica, abierta a un nuevo sentimiento de la naturaleza, de la realidad concreta, de la individualidad humana sometida al paternal control de la Iglesia que nadie pone en tela de juicio. El proceso de producción y el de organización se racionalizan: es necesario hallar los instrumentos técnicos de la razón.

En el momento en que nace Tomás, las técnicas de la razón llevan funcionando un siglo. En la parisiense Facultad de Artes se enseña música, aritmética, geometría y astronomía, pero también dialéctica, lógica y retórica. De una manera nueva. Un siglo antes Pedro Abelardo había pasado por allí: perdió los genitales por razones privadas, pero su cabeza no perdió vigor: el nuevo método consiste en comparar opiniones de las diferentes autoridades tradicionales y en llegar a una decisión siguiendo procedimientos lógicos fundados sobre una gramática laica de las ideas. Se hace lingüística y semántica: se pregunta lo que una palabra dada quiere decir y en qué sentido se la emplea. Los textos de lógica de Aristóteles son los manuales de estudio pero no todos han sido traducidos ni interpretados; nadie sabe griego, excepto los árabes que van mucho más adelantados que los europeos tanto en filosofía cuanto en ciencias.

Alucinación y visión

Sin embargo, la escuela de Chartres lleva un siglo redescubriendo los textos matemáticos de Platón y construyendo una imagen natural del mundo, regida por leyes geométricas y procesos mensurables. Todavía no se está en el método experimental de Roger Bacon, sino en una construcción teórica, en una tentativa de explicar el universo a partir de bases naturales, aun cuando la naturaleza es considerada un agente divino. Roberto de Grosseteste elabora una metafísica de la energía luminosa que nos hace pensar un poco en Bergson y otro poco en Einstein: nacen los estudios de Óptica, es decir, se plantea el problema de la percepción de los objetos físicos y se traza la frontera entre alucinación y visión.

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Esto es ya mucho porque el universo de la Alta Edad Media era el de la alucinación, bosque simbólico poblado de presencias misteriosas en el que las cosas eran vistas como el relato continuo de una divinidad que pasara su tiempo leyendo y elaborando crucigramas. En la época de Tomás, este universo de la alucinación aún no desaparecía bajo los golpes del universo de la razón. Por el contrario, este era producto de las élites intelectuales y se le miraba de soslayo porque se miraba de soslayo a todas las cosas terrestres.

San Francisco le hablaba a los pajarillos pero el andamiaje filosófico de la filosofía es neoplatónico. Esto significa claramente que lejos, muy lejos, está Dios; en su globalidad inaccesible se agitan los principios de las cosas, las ideas: el universo es efecto de una distracción benevolente de ese Uno remotísimo que parece verterse lentamente hacia abajo dejando huellas de su perfección en los sucios grumos de sus excrementos, como sedimentos de azúcar en la orina. En tal estiércol, que representa para el neoplatonismo la periferia más soslayable del Uno, es posible encontrar —casi siempre gracias al golpe genial del crucigramista— trazas, gérmenes de comprensión: en realidad la comprensión se encontraba en otra parte: allí donde, en el mejor de los casos, llegaba el místico con su intuición nerviosa, descarnada, y penetraba con el ojo de un casi drogado en el departamento de soltero del Uno, lugar del único festín verdadero.

Platón y San Agustín habían dicho todo lo necesario para comprender los problemas del alma. Sin embargo, cuando era preciso definir la naturaleza de una flor, o la del enmarañamiento de las tripas que los médicos de Salerno examinaban en el vientre de los enfermos, o la de los efectos benéficos del aire fresco una tarde primaveral, todo se complicaba. Entonces valía más conocer las flores a partir de las miniaturas de los visionarios, ignorar las tripas y considerar peligrosamente tentadoras las tardes de primavera. La cultura europea estaba, pues, dividida entre los que entendían el cielo y los que entendían la tierra. Y quien prefería entender la tierra y se desinteresaba del cielo sufría molestias: alrededor erraban las Brigadas Rojas de la época, sectas heréticas que por un lado querían cambiar al mundo y construir repúblicas imposibles y, por el otro, practicaban la sodomía, el robo y otras maldades. Vaya a saberse si todo era cierto pero, en la duda, más valía matarlos a todos.

Un griego excepcional

En esos tiempos, los hombres de la razón aprenden de los árabes que hay un viejo maestro (griego) que podría aportar una clave para unificar a esos miembros dispersos de la cultura: Aristóteles.

Aristóteles sabía hablar de Dios, pero clasificaba piedras y animales, se ocupaba de los movimientos de los astros, sabía lógica, se interesaba por la psicología, hablaba de física, ordenaba sistemas políticos. Sobre todo, Aristóteles ofrecía las claves (y Tomás sabría explotarlas plenamente) para invertir la relación entre la esencia de las cosas —es decir, lo que se puede entender y decir de las cosas, incluso cuando no las tenemos a la vista— y la materia de que las cosas están hechas. Dejemos en paz a Dios, que vive bien en su lugar y que ha dotado al mundo de excelentes leyes físicas que le permiten marchar solo. No nos extraviemos en el intento de hallar huellas de esencias en esa suerte de caída mística durante la cual —y perdiendo en el camino lo mejor— las esencias acaban por contaminarse de materia. El mecanismo de las cosas lo tenemos ante los ojos. Las cosas son el principio de su propio movimiento; un hombre, una flor, una piedra son organismos que crecen de acuerdo con una ley interna que los echa a andar: la esencia es el principio de su crecimiento y de su organización. Es algo que ya está allí, listo para explotar; algo que rige desde dentro el movimiento de la materia y la hace desarrollarse y manifestarse: algo por lo que podemos entenderla. Una piedra es una parcela de materia que asumió una forma: de este matrimonio nació una sustancia individual. El secreto del ser, como lo explicará Tomás en un relámpago de genio, se encuentra en el acto concreto de existir. La existencia, lo que acaece no son accidentes que les suceden a las ideas: estas, por su parte, están mejor en el calor uterino de la divinidad lejana. Por principio de cuentas, gracias al cielo, las cosas existen concretamente. Luego las comprendemos.

Naturalmente, quedan dos puntos por precisar. En primer lugar, para la tradición aristotélica, entender las cosas no quería decir estudiarlas experimentalmente: bastaba entender que las cosas cuentan, la teoría se ocupaba del resto. Es poco, si se quiere, pero es ya un notable salto hacia adelante en relación con el universo alucinado de los siglos precedentes. En segundo término, si Aristóteles debía ser cristianizado, había que dar más espacio a Dios que andaba un poco distante. Las cosas cambian en virtud de la fuerza interna del principio de vida que las mueve, pero habrá que admitir que, si Dios toma en serio todo este gran movimiento, es muy capaz de pensar la piedra mientras esta se vuelve piedra por ella misma y que, si decidiera cortar la corriente eléctrica (a la que Tomás llama “participación”), se daría el black-out cósmico. En consecuencia, la esencia de la piedra está en la piedra, es captada por nuestro espíritu que es capaz de pensarla, pero existía ya en el espíritu de Dios quien está lleno de amor y no pierde el tiempo en arreglarse las uñas, sino aportando energía al universo. Así había que jugar el juego. Si no, Aristóteles no hubiese entrado en la cultura cristiana y, si no entraba, tampoco hubieran entrado la naturaleza y la razón.

El juego es difícil porque los aristotélicos que Tomás encuentra cuando comienza a trabajar habían seguido otro camino que hasta puede gustamos más, y que un intérprete aficionado a los cortos circuitos históricos podría presentar como materialista. Sería empero un materialismo muy poco dialéctico, un materialismo astrológico que habría disgustado un poco a todos: tanto a los guardianes del Corán como a los del Evangelio. Él responsable había sido, un siglo antes, Averroes, hombre de cultura musulmana, de raza berebere, de nacionalidad española y de lengua árabe. Averroes conocía a Aristóteles mucho mejor que nadie y entendió a dónde llevaba la ciencia aristotélica: Dios no es un mañoso que se mete al azar en todo. Él estructuró la naturaleza en su orden mecánico y sus leyes matemáticas, regida por la determinación estricta de los astros; y, dado que Dios es eterno, el mundo en su orden también lo es. La filosofía estudia este orden, es decir la naturaleza. Los hombres somos capaces de comprenderla  porque en cada uno de nosotros actúa un mismo principio de inteligencia. Si no, cada uno vería las cosas a su manera y no podríamos entendemos. La conclusión materialista era inevitable: el mundo es eterno, está regido por un determinismo previsible y, si un solo intelecto habita en todos los hombres, el alma inmortal no existe. Si el Corán dice otra cosa, el filósofo debe creer filosóficamente en lo que su ciencia le prueba y luego, sin plantearse demasiados problemas, creer lo contrario sometiéndose a su fe. Hay dos verdades. La una no tiene por qué molestar a la otra.

Averroes llevó a conclusiones claras lo que estaba implícito en un aristotelismo riguroso. Esta fue la causa de su buen éxito entre los maestros de la Facultad de Artes de París, particularmente Siger de Brabante —a quien Dante ubicó en el Paraíso al lado de Santo Tomás, no obstante que este fue a su vez la causa del desplome de la carrera científica de aquel, así como de su relegación a capítulos secundarios de la historia de la filosofía.

Política de la cultura

El juego de política cultural que Tomás trata de jugar es doble: por una parte, hacer que la ciencia teológica de su tiempo acepte a Aristóteles; por la otra, disociar al griego de la utilización que le daban los averroístas. Al hacer eso, Santo Tomás se topa con un escollo: él pertenece a las órdenes mendicantes que tuvieron la desventura de poner en circulación a Joaquín de Flore y a una banda de herejes apocalípticos que se convirtieron en un grave peligro para el orden constituido por la Iglesia y por el Estado. Esto permitió a los maestros reaccionarios de la Facultad de Teología, dominados por el temible Guillermo de Saint Amour, cerrar filas para afirmar que todos los frailes mendicantes eran joaquinitas y heréticos que querían enseñar al Aristóteles, maestro de los materialistas ateos averroístas.

Por el contrario. Tomás no era hereje ni revolucionario. Se le llamó “concordista”.

Iglesia y naturaleza

Gracias a todo eso, Tomás dio a la Iglesia una doctrina que, sin quitarle un pelo de su poder, dejó a las comunidades en libertad para decidir si eran monárquicas o republicanas, y que distingue, por ejemplo, diferentes tipos y derechos de propiedad. Esto, hasta el punto de decir que el derecho de propiedad existe en cuanto a la posesión pero no en cuanto al uso. Ejemplo: yo tengo derecho de poseer un inmueble en la calle Tibaldi pero, si hay personas que habitan en barracas, la razón me exige que yo les permita utilizar aquella (yo seguiré siendo el propietario de mi inmueble, pero los otros deben habitarlo incluso si repugna a mi egoísmo). Hay más: esta y otras soluciones están fundadas en el equilibrio y en esa virtud llamada “prudencia”, cuyo “fin” es conservar la memoria de las experiencias adquiridas, el sentido exacto de los fines, la atención lista para la coyuntura, la investigación racional progresiva, la previsión de las contingencias futuras, la circunspección frente a las oportunidades, la precaución ante las complejidades y el discernimiento frente a las condiciones excepcionales.

Llega a tanto, porque este místico que no hallaba la hora de perderse en la visión beatífica de Dios a la que el alma humana aspira “por naturaleza”, era también un hombre extraordinariamente atento a los valores naturales y respetuoso del discurso racional.

No olvidemos que antes de Tomás, cuando se estudiaba el texto de un autor antiguo, el comentador o el copista que encontraba algo discordante con la religión revelada recurría a uno de estos tres expedientes: borraba las frases “erróneas”, las acompañaba de un signo de dubitación para alertar al lector, desplazaba los “errores” al margen. Por el contrario ¿qué hacía Tomás? Alineaba las opiniones divergentes, esclarecía el sentido de cada una de estas, ponía todo en cuestión —incluso el dato de la revelación—, enumeraba las objeciones posibles, intentaba la mediación final. Todo debía ser hecho en público, como pública era la disputatio de la época: entonces entraba en funciones el tribunal de la razón.

Los especialistas más finos y más fieles del tomismo, como Etienne Gilson, han mostrado brillantemente que, si se lee bien, se descubre que en todos los casos el dato de la fe prevalecía sobre todo lo demás y orientaba la elucidación del problema, a saber: que Dios y la verdad revelada precedían y guiaban el movimiento de la razón laica. Nadie ha dicho nunca que Tomás era Galileo. Sencillamente, Tomás le aporta a la Iglesia un sistema doctrinal que la pone en acuerdo con el orden natural. Y obtiene victorias fulgurantes. Los datos hablan.

Nuevas reglas del juego

Antes de él se afirmaba que “el espíritu de Cristo no reina donde vive el espíritu de Aristóteles”; en 1210 los libros de filosofía natural del filósofo griego estaban aún prohibidos y las prohibiciones continuaron durante los decenios siguientes, mientras Tomás hacía traducir esos textos por sus colaboradores y los comentaba. Pero en 1255 todo Aristóteles pasa. Después de la muerte de Tomás, como hemos visto, se intenta todavía una reacción, pero finalmente la doctrina católica se alinea con las posiciones aristotélicas. El dominio y la autoridad espiritual que alguien como Croce ejerció sobre 50 años de cultura italiana son nada comparadas con la de Santo Tomás quien, en 40 años, cambió toda la política cultural del mundo cristiano. Después de esto, el tomismo. Tomás dotó al pensamiento católico de un marco tan completo, dentro del cual todo encuentra sitio y explicación, que a partir de entonces el pensamiento católico no logra mover nada. Cuando mucho, con la escolástica contrarreformista, reelabora a Santo Tomás, nos restituye un tomismo jesuítico, un tomismo dominico y hasta un tomismo franciscano en el que se agitan las sombras de Buenaventura, Duns Scoto y Ockham. Pero a Tomás ya no puede tocársele. Lo que en él fue una ansiedad de construir un sistema nuevo, deviene, en la tradición tomista, vigilancia conservadora de un sistema intocable. Donde Tomás conmovió, trastornó todo para reconstruir de nuevo, el tomismo escolástico trata de no tocar nada y hace prodigios de acrobacia pseudotomasiana para atrapar lo nuevo en las redes del sistema de Tomás. La tensión y la sed de conocimiento que el robusto Tomás poseía en el grado más alto se desplazan hacia los movimientos heréticos y la reforma protestante. De Tomás queda el marco y no el esfuerzo intelectual que fue necesario para armar ese marco que, en su época, fue verdaderamente “diferente”.

Naturalmente, la falta es también suya, puesto que él dio a la Iglesia un método para conciliar las tensiones y englobar de manera no conflictiva todo lo que no se puede evitar. Fue él quien enseñó a cernir las contradicciones para resolverlas de modo armonioso. Aceptada la apuesta, se creyó que Tomás enseñaba a expresar un “ni sí ni no”, allí donde había una oposición entre sí y no. Solo que Tomás lo hizo en un momento en que decir “ni sí ni no”, no equivalía a detenerse sino a seguir adelante y cambiar las reglas del juego.

Por eso se puede preguntar qué haría Tomás de Aquino si viviera hoy. Se puede responder que, de todas maneras, no reescribiría una Summa Theologica. Tendría en cuenta al marxismo, a la teoría de la relatividad, a la lógica formal, al existencialismo, a la fenomenología. No comentaría a Aristóteles, sino a Marx y a Freud. Cambiaría sus métodos de argumentación que se volverían un poco menos armónicos y conciliadores. En fin, se daría cuenta de que no es posible ni debido elaborar un sistema definitivo, acabado como una arquitectura, sino una especie de sistema móvil, una summa de hojas sustituibles porque en su enciclopedia de las ciencias habría que incluir la noción de lo provisional histórico. Yo podría afirmar que sería cristiano, pero supongámoslo. Tengo la certeza de que participaría en las celebraciones de su aniversario únicamente para recordar que no se trata de decidir cómo seguir utilizando lo que él pensó, sino de pensar otras cosas: que es necesario, cuando mucho, aprender de él lo que es necesario hacer para pensar honestamente como hombre del propio tiempo. Dicho esto, no querría estar en su lugar.

Traducción de Carlos Castillo Peraza

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