Martes 19 DE Febrero DE 2019
El Acordeón

El mágico doctor Groddeck

La historia de la cultura está llena de curiosidades. ¿Por qué obscuro motivo uno piensa en Jung o Adler como seguros discípulos de Sigmund Freud e ignora la existencia de Georg Groddeck? Quizá la respuesta está en su legendario Libro del Es, una violenta provocación intelectual, que leída hoy aún puede causar escándalo.

Fecha de publicación: 07-02-16
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Obra de Rodolfo Abularach

Por Dante Liano

El generoso arte del prólogo y el no menos generoso del epílogo adolecen, en general, de condescendencia y cortesía. Una excepción la constituyen el prólogo y el epílogo del Libro del Es (1923), de Herr Doktor Georg Groddeck (1866-1934), de la ciudad de Baden-Baden. El prólogo lo escribe Lawrence Durrel; el epílogo, Hermann Keyserling. Que tales autores hayan sentido la prestigiosa necesidad de alabar la obra del doctor Groddeck aumenta el enigma de su escasa popularidad y difusión.

Durrell estima El libro del Es desde el punto de vista del arte literaria. Como quien hace un halago, advierte al lector que no se trata de una disertación científica. Para aumentar el halago, anticipa la malicia, la poesía, la ironía. Añadamos el inestimable don de la narración. Groddeck sabe contar, y para cada concepto científico tiene una deliciosa historia que lo ilustra, de modo que las 350 páginas del libro se leen con la misma voracidad de una novela. Como sucede con Dostoievski, cada episodio nos remite a la propia conciencia, y terminamos reflexionando sobre nosotros mismos más que sobre los enfermos tratados por el médico alemán.

Durrell aclara, desde el principio, que solo una idea de Groddeck es original, pero que esa idea vale una vida profesional. Groddeck no descubre el inconsciente, sino que le da un nombre misterioso: el Es. (En lengua española, la traducción es el “Ello”. He preferido dejar el nombre original, en alemán). Freud se apropia del término del discípulo, y lo usará sucesivamente. El resto de ideas son las imaginadas por Freud para el psicoanálisis. Agudamente, Durrell señala la audacia de Groddeck respecto del maestro: superar la curación de la neurosis, malestar del alma y atreverse a curar, con el método psicoanalítico, los malestares del cuerpo, incluso el cáncer y la tisis. Groddeck, después de un periodo en que ejerció la medicina según la había aprendido en la Universidad, comenzó a detestar la cirugía y los fármacos. Abrió una clínica especializada en la que las terapias eran dos: los masajes y el psicoanálisis.

Los médicos no saben nada

Groddeck debió de ser un médico con un carisma fuera de serie: era alto, robusto, rubicundo, con dos manazas como dos clavas, pero quien lo conoció certifica que esas manos descomunales eran delicadas y suaves, con el poder taumatúrgico de la sedación. Era también razonablemente feo, con esa fealdad fascinante que poseen algunos, atrayente y magnética, y es plausible sospechar que gran parte de las curaciones era debida a la conjunción de magnetismo y contacto físico (en algún momento de su libro, lo confiesa: al principio, usaba una medicina paternalista; ordenaba a sus pacientes con voz tonante que siguieran sus prescripciones y llegó a ser tan imperativo que obligó a moribundos a salir a pasear, a tomar aire, al punto que uno de ellos cayó muerto en el umbral de su casa; sucesivamente, usó una medicina maternal –“yo soy una madre para mis pacientes”, dice– y algo de materno habrá habido en el masaje y en las conversaciones con los enfermos). ¿Quién, sintiéndose enfermo, no quisiera ser acariciado y escuchado por la madre?

Groddeck intercambió opiniones con Freud, en un estilo epistolar propio de la academia y de la época. Reverenciosos, cultos, respetuosos, los dos médicos se comunicaban la mutua admiración. Con falsa modestia, Groddeck declara a Freud no ser digno de considerarse su discípulo. Con maliciosa prepotencia, Freud le responde que lo considera tan discípulo suyo como los Adler, los Jung y los otros. Ese plural es significativo de las complicadas relaciones del psicoanalista vienés con sus seguidores.

Keyserling, en el epílogo, sorprende con una afirmación de Groddeck: los médicos no saben nada, los médicos son impotentes. La tarea del médico está en despertar en el paciente las fuerzas que lo sanarán de su enfermedad. Keyserling, al contrario de Durrell, sí conoció al doctor alemán. Es más, atestigua haber sido curado de una flebitis, que según la medicina oficial, era incurable. Atestigua, también, que uno de los métodos de Groddeck era provocar dolor en los pacientes, un dolor físico que los hiciera reaccionar, pero, sobre todo, un dolor psíquico que los empujase a buscar los misteriosos orígenes espirituales de su dolencia. Amigo de la paradoja y de la provocación, Groddeck lograba llegar a los enfermos a través de ideas escandalosas, amorales, excéntricas, que ponían en duda todas las seguridades que hasta ese momento los habían sostenido y que, en cierto sentido, eran la causa de su mal. Afirmar que la enfermedad lleva consigo una finalidad y un placer, asegurar que la gente se muere cuando quiere morirse, por decisión voluntaria, no eran pensamientos tan frecuentes a fines del XIX y principios del XX.

Paseo por el bosque

La historia de la cultura está llena de curiosidades. ¿Por qué obscuro motivo uno piensa en Jung o Adler como seguros discípulos de Sigmund Freud e ignora la existencia de Georg Groddeck? Quizá la respuesta está en su libro, que leído hoy puede causar escándalo. Imaginemos una lectura en 1923. Solo pensar que al paciente quejoso de tal o cual achaque, el médico le pregunte: “¿Y qué beneficio espera obtener usted con esta enfermedad?”, imagino que puede provocar un violento rechazo, un profundo estupor, una desestabilización inesperada. También agradecimiento por ser visto como una persona en toda su entereza, y no como un cuerpo que porta un órgano defectuoso, como si fuera un automóvil con las pastillas de los frenos desgastadas.

La lectura de Georg Groddeck equivale a un saludable paseo por el bosque (o laberinto) vienés del doctor Sigmund Freud. En lugar de árboles, nos encontramos, en modo desordenado y eficaz, con los postulados del psicoanálisis, a través de razonamientos, digresiones y brillantes ocurrencias. Lo que en un manual debería ser el principio, aparece hacia la mitad del libro: la descripción del Es.

En algún libro, alguien describe la conciencia como un edificio de dos plantas: en la planta baja reside el Ego, la razón, la lógica, la autopercepción. En la planta alta, el Superego, las normas sociales, la ley, la religión, las cortapisas morales. En el sótano, el Inconsciente, un desordenado aquelarre de instintos y pasiones.

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Obra de Rodolfo Abularach

El Ego se engaña al creer que controla perfectamente razón y voluntad, y más se engaña con la convicción de que en él se cumple el viejo teorema moderno: “querer es poder”. En realidad, en todos sus actos se entrometen los demonios (en el sentido germánico) del Inconsciente y la policía (en el sentido de siempre) del Superego. Groddeck plantea otra alegoría, tomada de Freud: la conciencia es como una sala de lujo en una casa de ricos: en teoría, puede ingresar quien quiera, pero, en realidad, en el umbral está un ceñudo cancerbero que permite la entrada solo a quien considera digno de estar allí. Los instintos proletarios se amontonan afuera, sin ningún deseo de asomarse a esa sala burguesa, y la conciencia, autoritaria y desdeñosa, tampoco los deja entrar. Esta segunda alegoría es más dinámica aunque menos ordenada que la primera.

Con paciente pedagogía, Groddeck introduce, paso a paso, los elementos principales del psicoanálisis: el complejo del trágico Edipo, el no menos trágico e inquietante complejo de castración, el crepuscular sentimiento de culpa, la eterna dialéctica entre amor y muerte, el impecable sexo como principio fundamental de la energía vital. Y los principales mecanismos utilizados por el psicoanálisis: el desplazamiento, la resistencia (o mecanismo de defensa), el transfert, las asociaciones casuales. Si, ahora, la anacrónica anterior enumeración puede parecernos cosa sabida (sobre todo después de las brillantes reelaboraciones de Jung, Adler, Frankl, Sartre y Lacan, entre otros), hay que pensar que para el año de publicación del libro representaban una violenta y escandalosa provocación intelectual.

Lo que hace delicioso a El libro del Es son sus digresiones y sus ejemplos. En muchos casos, Groddeck no duda en descubrir su propia vida, incluso sus perturbadoras intimidades eróticas. En otros casos, los ejemplos alumbran un concepto. Veamos cómo explica la “asociación”: se presenta a su clínica una mujer que padece palpitaciones e hinchazón de vientre. Tal situación le provoca angustia. Durante la conversación, la mujer relata a Groddeck que ha tenido un angustioso sueño y que ese sueño consiste simplemente en haber soñado con su casa. Groddeck la hace elaborar asociaciones, y la mujer relaciona la casa soñada con unos cubiertos, y estos con los cubiertos de plata. Sin embargo, la mujer confiesa al médico que los cubiertos de su casa no son de plata, sino de imitación.

Ahora bien, el lugar alemán en donde se fabrican esos sucedáneos se llama Talma. “Casualmente”, en esa ciudad, su marido está por ser operado. Ello le hace recordar la palabra talmi, que significa “oropel, bisutería”. Y ello la lleva a declarar que su matrimonio es “de oropel”, “falso”, pues desde hace tiempo marido y mujer no se frecuentan. De allí la angustia sentida al soñar la casa. Al reconocer la causa de su ansia, la mujer sale curada de sus síntomas.

El síntoma como metáfora

Aguda y literaria la definición de imago. Dice Groddeck: “los sentimientos se imaginan a las personas diferentes de como son en la realidad; construyen una idea de su objeto de amor y luego aman la idea, no al objeto en sí mismo”. No amamos a la persona que nos enamora, sino amamos a la imagen que hemos fabricado de esa persona. Ello explicaría el inexplicable amor de una mujer bellísima por un adefesio: literalmente no lo ve, sino que ve la imagen que de él ha fabricado en su mente. Y a esa imagen ama.

El síntoma, para Groddeck, es una metáfora. El adolescente con la cara llena de acné (hormonas aparte) está diciendo: “¿no ven ustedes mis mejillas, mi piel, que están gritando su necesidad de caricias?” El enamorado que da la mano a la mujer amada, y tiene la mano fría y sudada, le dice, con ello: “si a pesar de la repugnancia que te causa mi mano, la aferras, entonces me quieres”. A quien le sale un grano en la boca está proclamando su deseo de besar a todo el mundo, está proclamando su Eros indiferenciado. El ratón, claro está, es símbolo del órgano sexual masculino (y por eso la mezcla de atracción y horror) pero la rata en cambio simboliza la castración y por eso causa solo espanto. Ni qué decir de la explicación de los gusanos… Si una persona resbala en una cáscara de naranja y se rompe un brazo, el médico le debe preguntar: “¿Qué ganancia está buscando usted rompiéndose el brazo?”. Groddeck sostiene que el paciente sabe perfectamente bien lo que necesita para curarse, solo que no sabe expresarlo con sus palabras, sino con sus sueños, sus movimientos, su modo de vestir, su carácter, en suma, a través de un lenguaje que él mismo no comprende.

Cuenta un caso: un paciente relata que la vista se le nubla. La última vez, dice, después de haber contemplado una gran piedra. Por asociaciones, Groddeck le hace recordar que esos episodios los había tenido también en Ostende, ciudad construida con piedras y de gente con fama de hosca. Cuando era niño, el hombre se había quedado huérfano de madre, en una casa situada en la calle Saint Pierre (piedra). Naturalmente, en esa casa “de piedra” había sufrido el dolor más grande de su vida. Desde que recordó eso, el hombre ya no tuvo más problemas de vista.

 

El libro del Es contiene sugerencias, iluminaciones, atrevimientos, charadas y ocurrencias. Al leerlo, uno se explica por qué el psicoanálisis ha sido siempre mejor recibido por artistas y escritores que por los médicos de rígida ortodoxia científica. Lo que para unos resulta insoportable charlatanería, para otros es fuente de inspiración, de sondeo de la hermética alma humana, de resurrección de un sistema metafórico de infinitas posibilidades. Cierto, hay más método científico al comprobar que en todos los casos, probando y volviendo a probar, un dolor de cabeza se quita con una aspirina. Pero resulta mucho más sugerente responder a la pregunta del gran Herr Doktor Groddeck: ¿qué gana usted con ese dolor de cabeza? ¿Qué me quiere decir con ello?

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