Miércoles 19 DE Junio DE 2019
El Acordeón

Botar o no botar

La Telenovela

Fecha de publicación: 07-02-16
Por: Ana María Rodas

Mil trescientos millones de toneladas de alimentos se desperdician anualmente en el mundo, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Ya hace rato escribí sobre la infamia de productores, mediadores y distribuidores de comida en el mundo, que colaboran activamente a que prospere semejante vileza.

Porque esas pérdidas se deben a costumbres rufianescas que no son producto de pobreza, descuido ni de catástrofes en regiones determinadas.

La misma FAO denuncia que diariamente 870 millones de personas, en todas partes del mundo, pasan hambre.

Pero el hambre por la riqueza es mucho más grande y se encuentra emplazada, desde las grandes cadenas de distribución de alimentos –léanse las series de supermercados, cadenas mundiales o no, de emporios internacionales de comida rápida, etcétera– hasta aquellos huertos inmensos donde se producen los alimentos que diariamente llegan a esos emporios mundiales.

Y pasa, ese hambre por las ganancias desmedidas, por aquellas compañías que recogen en el campo los productos y los conducen a los supermercados, a las bodegas de los centros de acopio de las cadenas de comida rápida, los principales consumidores.

En países como Guatemala las pérdidas de alimento –y uso la palabra pérdidas porque es la adecuada– se dan al inicio de la cadena de suministro, “debido a las limitaciones financieras y estructurales durante la recolección, transporte y almacenamiento”, explica la FAO.

Pero el verdadero despilfarro se da en las regiones que poseen ingresos medios y altos.

Europa, por ejemplo, desperdicia 89 millones de toneladas de alimentos al año. De esa cantidad, Alemania tira 10.3 millones, Holanda 9.4, Francia 9, España 7.7.

Lo anterior implica que cada europeo tira el 18 por ciento de lo que compra. Y lo hace porque sigue a pie juntillas los datos de vencimiento de los productos que adquiere.

El periodista español Jordi Évole ha dedicado varias investigaciones a este hecho monstruoso y ha logrado que los productores admitan, en la televisión, que miles de kilos de productos son enviados a la basura porque tiene pequeños defectos, pequeñísimos. Y no pueden venderlos ni regalarlos porque así lo estipulan sus contratos con los supermercados.

Évole también ha obtenido declaraciones de fabricantes de productos lácteos. Un yogur, según los propios productores, con una fecha de caducidad determinada, muy bien podría consumirse hasta 40 días más tarde de esa fecha, sin peligro alguno para la salud.

Y he escrito esta columna porque he leído en las redes sociales agresiones o insultos porque el vicepresidente Cabrera ha dicho que él mismo ha tomado medicamentos cuya fecha de caducidad había pasado.

Aclaro, aunque quienes me conocen no necesitan esta explicación, que no conozco al Vicepresidente. Nunca he estado cerca de él ni de su familia. Y por supuesto, jamás he pertenecido a partido político alguno.

Pero yo misma –tengo un pariente cercano que es biólogo y con él me informo– he tomado y tomo algunos medicamentos cuya fecha de vencimiento ha pasado.

Desconfío de las compañías farmacéuticas, cuyo fin primordial es hacer dinero, y en la revista de la Asociación Médica Estadounidense he hallado que algunas medicinas tienen una larga vida. Muuuy larga.

Solo algunos compuestos –como ciertos antibióticos, la nitroglicerina y la insulina– se vuelven tóxicos cuando pasan la fecha de caducidad. El Internet no solo sirve para denigrar. También para investigar.



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