Martes 13 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Una letra

Máquina del Tiempo

Fecha de publicación: 31-01-16
Por: Arturo Monterroso
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Todo comienza con una letra; con ese signo gráfico que representa un sonido que, junto a otros, nos sirven para fabricar palabras. El abecedario del español tiene su origen, como todos los sistemas alfabéticos de escritura, en un modelo primigenio, llamado el alfabeto semítico (que proviene de un grupo de lenguas habladas en el sudoeste de Asia y el norte de África), utilizado por los fenicios cuando se asentaron en el litoral mediterráneo, durante el primer milenio antes de Cristo. El abecedario griego es una adaptación del fenicio, de donde se deriva el latino. Y el cirílico, como el usado para escribir el idioma ruso. Del arameo, también descendiente del fenicio, se derivan los alfabetos del hebreo y del árabe. Las letras que usaron los romanos para escribir el latín vienen, en efecto, del griego, pero pasaron antes por el etrusco, una lengua no indoeuropea de origen desconocido que hablaba el pueblo de Etruria, asentado en el actual territorio de la Toscana. El fonema K, por ejemplo, que sirve para pronunciar los sonidos de C, K y Q, es etrusco. Los romanos lo sustituyeron por el fonema C para producir ese sonido ante vocal y luego le agregaron un trazo en el extremo inferior para crear la G en el siglo III a. C. Hay que recordar que en el latín clásico solo existían las mayúsculas. Las minúsculas aparecieron mucho después.

El español heredó las veintiuna letras originales del alfabeto latino, además de la Z y la Y (por eso aún la llamamos i griega, aunque la academia recomienda el anodino nombre ye), que los romanos agregaron después de la conquista de Grecia en el siglo II a. C. para poder escribir los términos que tomaron del griego. La u, la j, la ñ y la w tardarían cientos de años en incorporarse al español. La u y la j eran variantes de la v (que los peninsulares insisten en llamar uve; yo prefiero v de vaca) y de la i, hasta que en el siglo XVII pasaron a formar parte del abecedario del español. La ñ es la abreviatura del dígrafo nn, representado con una sola letra con una virgulilla encima. La w, cuyo origen es también un dígrafo, no se incorporó a nuestro idioma sino hasta 1969 y se utiliza para representar un fonema característico de las lenguas germanas y para escribir muchos extranjerismos, la mayoría procedentes del inglés.

La h, que en general no suena a nada, se conserva en el español debido a su origen etimológico. En latín se trataba de un fonema aspirado, que luego perdió su valor fónico. De hecho, durante el medievo dejó de utilizarse y las palabras se escribían sin ella. Por ejemplo, onor en lugar de honor. Sin embargo, a la larga terminó regresando al español, debido a que algunas haches proceden de la antigua aspiración de la f inicial latina ante vocal. Así que farīna se convirtió en harina. La h aspirada se utiliza para pronunciar algunos préstamos del árabe, como dírham; del alemán, hámster; del inglés, hándicap, o del japonés, haiku. En estos casos la h se pronuncia como j y, algunas palabras, conservan una doble grafía, como holgorio (derivado de holgar) y jolgorio. O como jalar y halar A mí me gusta más la grafía con j, pues me resulta extraña la pronunciación con h, aunque así esté escrita en los rótulos de muchas puertas. En todo caso, se trata de una h aspirada del árabe, que proviene del español antiguo, y que suena, aproximadamente como la j. De manera que siempre suena como jalar y no como alar. Halar proviene del árabe, pero llegó al español desde el francés, un idioma en el que la h también es muda. Así que el asunto da para la discusión erudita, en la que yo no podría participar porque todo esto que escribo está tomado abrumadoramente de la Ortografía de la lengua española (Planeta, 2011). Y no es más que un ejercicio de paráfrasis para mostrar cuán rica en contenido puede ser una obra académica que, de lejos, parece aburrimiento puro.

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