Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Entre Francisco Vela y Jorge Luis Borges

El levantamiento de mapas desearía liberar a la visión humana de lo que puede llamarse su campo visual propio, para lograr una elevación como la del pájaro, como la de quien pudiese volar y levantar sus pies del suelo que los atenaza y aprisiona.

Fecha de publicación: 10-01-16
Por: Por Rogelio Salazar de León
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Por un lado me interesa recordar que el auditorio de la facultad de ingeniería de la Usac en la Ciudad Universitaria de la zona 12 lleva por nombre Francisco Vela, como un homenaje a este personaje: insigne cartógrafo, agrimensor e ingeniero, famoso y recordado principalmente por haber hecho el mapa en relieve de Guatemala que se conserva en el Hipódromo del Norte que, más de alguna vez, habremos visitado; dicho mapa es único en su género y así debo decirlo en la medida en que no tengo noticia de algo parecido.

Por otro lado me interesa recordar también que al final del libro misceláneo de Jorge Luis Borges conocido como El hacedor hay una sección de pequeños textos llamada Museo que inicia con algo de nombre Del rigor de la ciencia, allí Borges, fiel a su atrevimiento, redacta una página capaz de acercarse y de exagerar la noción del mapa hasta el punto de sugerir una cartografía imposible y de llegar hasta donde Francisco Vela, acaso solo pudo encaminarse.

El mapa de Vela está a la vista de todos; y el texto borgiano dice: “Del rigor de la ciencia… En aquel imperio, el arte de la cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola provincia ocupaba toda una ciudad, y el mapa del imperio toda una provincia. Con el tiempo esos mapas desmesurados no satisficieron y los colegios de cartógrafos levantaron un mapa del imperio que tenía el tamaño del imperio y coincidía puntualmente con él. Menos adictas al estudio de la cartografía, las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias del sol y de los inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas ruinas del mapa, habitadas por animales y por mendigos; en todo el país no hay otra reliquia de las disciplinas geográficas. Suarez Miranda: Viajes de varones prudentes, libro cuarto, Cap. XLV, Lerida, 1658”.

Topografía, geografía, cartografía, ingeniería; todas estas son nociones emparentadas entre sí, cualquiera lo sabe, aunque nos cueste explicarlo o, incluso aunque no podamos explicarlo, de modo que quizá la mejor manera de explicar ese parentesco sea volver al origen de todas esas disciplinas y recordar que todas ellas coinciden al ser hijas de la ilustración, es decir que encuentran a su madre común en la razón, y su desarrollo se acopla con el avance del racionalismo moderno.

Como es bien sabido, la razón mira todo desde la altura que le es propia, de manera que la topografía, la geografía, la cartografía y la ingeniería ven todo desde lo alto, ya se decía, todas son ciencias modernas e ilustradas; en tal medida, la idea anterior puede ser ejemplificada si se recuerda que el levantamiento de mapas o la cartografía desearía liberar a la visión humana de lo que puede llamarse su campo visual propio, para logar una elevación como la del pájaro, como la de quien pudiese volar y levantar sus pies del suelo que los atenaza y aprisiona; ese es un propósito que la cartografía alcanza, como ya se ha dicho, al correr pareja con el desarrollo de las ciencias modernas; por eso antes del avance de la ciencia moderna, el mapa como lo entendemos ahora era imposible; si comparamos algunos de los mapas antiguos y previos al desarrollo científico, hoy nos parecen como si hubiesen sido hechos por niños, como cargados de ingenuidad.

Ciertamente, la mayoría de las ciencias que más se han desarrollado durante el mundo moderno encuentran su impulso en la matemática, y la cartografía, siendo lo que aquí interesa, no es la excepción: los meridianos, los trópicos y los paralelos, en tanto líneas imaginarias incorporadas e impuestas al planeta serían inexistentes sin la geometría analítica, sin el conocido plano cartesiano.

A veces hay situaciones que de tan visibles no se ven, la forma más fácil de exponerlo ha sido decir que algunas veces el árbol no deja ver el bosque, eso mismo es lo que pasa con las costumbres y los hábitos de la ciencia a la que estamos tan aclimatados, de modo que los meridianos, trópicos y paralelos nos parecen pertenecientes al planeta sin que, en efecto, lo sean; entonces el mapa funciona como la construcción de un espacio artificial para producir una representación que nos permita imponer un orden a una realidad que, de alguna forma es ajena a ese orden, y todo ello para hacer un reclamo de objetividad.

Según la ilustración y concretamente según Kant la razón y la realidad comparten una especie de estructura común, lo que hace que el mundo concreto sea pensable por el sujeto que posee la razón, esa bien puede ser la base que subyace por debajo de la ciencias que aquí nos interesan.

Aunque decir las cosas en esos términos puede resultar descortés y hasta causar incomodidad, de modo que para remediar eso, para cobrar un poco de cortesía y dejar atrás el lenguaje pedante y amanerado puede ser útil decir que el artificio del mapa ha llegado a crecer mucho y a ser muy vigoroso para nuestra época, tanto que al pensar en un país, por lo regular en lo que se piensa de entrada es en su figura en el mapa, en la ficción figurativa que es el mapa, al punto que resulta posible decir algo como lo siguiente: no es que el mapa esté en la nación o en el país, es más bien al revés, la nación y el país son quienes están en el mapa; no es el mapa quien se convierte en algo del país, es en cambio el país con todo y todo: incluidos sus paisajes, sus climas, sus estaciones, sus caminos y veredas, sus gentes y ciudadanos quienes se convierten en algo del mapa; todo, de alguna forma que parece mágica, llega a estar más incluido en el mapa que en el propio territorio, que en la propia realidad concreta.

A lo mejor una idea como esa aleteó por la cabeza del ingeniero guatemalteco Francisco Vela al cumplir su propósito de hacer el mapa en relieve y, sin duda, sí que fue una idea clara en la cabeza del literato argentino Jorge Luis Borges al redactar el texto citado.

Convertirse en algo del mapa y vivir la vida más en él que en el territorio equivale vivir una vida de acuerdo con los moldes modernos o, para decirlo con la palabra clave, equivale a vivir una vida en la región de la re-presentación, como cuando votamos ilusionados por un político que nos re-presente.

Dicho lo cual, puede pasarse luego a lo que toca, y eso tiene que ver con que el mapa funciona como un símbolo o, mejor aún, como un ícono, como puede serlo el toro de España, el león del África o el camello del desierto: el ícono nos presenta más que nuestro propio rostro, nuestra forma de ser o nuestra forma de pensar está más en el símbolo que en cualquier otra cosa, porque ahora ya puede ser claro que el símbolo, el ícono, en este caso el mapa es nuestra forma de pensar y no una consecuencia de ella.

Si somos lo que pensamos, finalmente, somos la ficción del mapa.

Si al perseguir un crimen hay que seguir la huella dejada por el asesino para llegar a la culpa y a la condena, seguir la huella dejada por el mapa en nosotros, o bien la huella dejada por nosotros sobre el mapa, puede garantizar una especie de aclaración, pero difícilmente la verdad; así como una sentencia es más importante que la verdad, así nosotros nos conformamos antes con un mapa que con el país mismo.

Puede estar más claro, me pregunto, el poder que sobre nosotros ejerce la re-presentación; y de paso, me pregunto también ¿puede haber un homenaje más claro y consecuente en una facultad de ingeniería que el nombre que lleva el auditorio…? Y también desde luego ¿puede haber un filo mayor que el de la ironía de Borges…?

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