Jueves 13 DE Diciembre DE 2018
El Acordeón

Dios es magia

Máquina del Tiempo

Fecha de publicación: 13-12-15
Por: Arturo Monterroso
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Siempre recuerdo la escena de Navidad con la que comienza Americana, la primera novela de Don DeLillo, uno de los cuatro grandes novelistas estadounidenses vivos, según Harold Bloom. Es una de esas tardes de Adviento en Nueva York y el protagonista camina entre las multitudes de las calles y el tráfico que alcanza proporciones de maremoto rugiente. “Los Santa Claus de la Quinta Avenida hacían sonar sus campanillas con peculiar y entristecedora delicadeza, como si estuvieran rociando con sal trozos de carne brutalmente putrefactos”. Con esta imagen, el escritor neoyorquino logra meternos en un clima de emociones encontradas, en el que termina prevaleciendo el sabor áspero de una narración cargada de mordacidad. Recuerdo esta escena porque el Adviento me produce una sensación ambigua. Por una parte, la supuesta dulzura del tiempo que precede a la venida de Jesús y, por la otra, la grosera realidad que nos golpea sin misericordia. Recordemos que la palabra “Adviento” es una síncopa de “advenimiento”, el tiempo litúrgico de cuatro semanas que preceden a la Navidad, y que esta palabra es síncopa de “Natividad”, el nacimiento del Hijo de Dios. Esto es lo que siempre oigo decir que recordamos: el advenimiento de la natividad de un niño que vino a cambiarlo todo. Y que por eso, por la esperanza de que vendrán tiempos mejores, es que estos son días de celebración, tranquilidad y gozo. O debieran serlo. Claro que algo así es muy difícil de experimentar en medio de la euforia, la prisa y el júbilo comercial. ¡Feliz Navidad!, dice la gente, aunque tenga una esquirla clavada en el corazón y no encuentre, entre el barullo y la estridencia, la serenidad de un abrazo verdadero.

DeLillo delinea a su personaje como un individuo arrogante, racista e imbécil. Eso sí, sumamente perceptivo. Y también irónico. Y a veces, reflexivo. Por eso abre su novela con esa escena cinematográfica de la Quinta Avenida de Nueva York en los días previos a la Navidad. Por eso crea esa corriente contradictoria de regocijo y sufrimiento a lo largo de la historia que nos cuenta. Es Handel componiendo a tientas El Mesías. Y como él, comienza insinuando la exaltación del Adviento, a manera de obertura, y termina con la Pasión, alejándose de la precaria alegría de los primeros momentos. Si hay Aleluya en Americana, es algo que tendrá que descubrir el lector. De todas maneras voy a escribir sobre este libro el próximo año, sobre todo con la intención de recuperar frases polémicas como esta: “Dios es magia”. Por otra parte, los Santa Claus de DeLillo me remiten al viejo gordo, sonrosado y saludable cuyo nombre quizá se deba a una sátira del escritor Washington Irving, publicada a principios del siglo XIX, y a su utilización como ícono de la Coca-Cola, pero también a San Nicolás de Bari, el obispo de Mira, flaco y circunspecto, de cuya historia se origina la leyenda y que me gusta más que el gordo cínico.

Como se ha podido dar cuenta el lector, todos esos hilos que nos llevan a otros personajes, a otras historias y a otras reflexiones, parten de una sola escena de la novela de DeLillo. Piense en ‘El Mesías’, que no solo nos habla de la alegría del Adviento, sino de la Pasión y la muerte de Cristo quien, finalmente, vuelve a la vida, para dejarnos un sentimiento exultante. Porque la literatura, como la música, llena un vacío. Un vacío, producto de la insustancialidad de la vida que vivimos. O quizá no sea algo tan grave, sino apenas la ausencia de una nota o de un morfema; algo que no sabemos explicar sino a través de la armonía o de las palabras que nos cuentan una historia ajena que, muchas veces, también es la nuestra. Para esto sirven los libros: para pensar, para meternos en un discurso ajeno, para encontrarnos allí, donde no sabíamos que estábamos. Para coincidir. O para disentir. Para confirmar que lo que vivimos no es extraordinario, sino común y corriente; sino universal a pesar de ser solo nuestro y, sencillamente, humano.

>arturo.monterroso@gmail.com

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