Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
El Acordeón

“Wish you were here”

San Agustín ha dicho, en un inconfundible tono confesional, que amar a alguien es percibir a esa persona como si fuese inmortal; de modo que el hecho se podría reducir a que a veces decimos adiós y queremos decir hasta pronto y otras veces decimos hasta pronto y queremos decir adiós.

Fecha de publicación: 06-12-15
Por: Por Rogelio Salazar de León

Aunque el título haya sido tomado de prestado de Pink Floyd y de lo mucho que David Gilmour echó de menos a Syd Barrett, aquí no quiere hablarse de ese episodio de la historia del rock británico, sino de otra cosa, de que a veces, y solo a veces, hay presencias que son mayores que uno y no por cuestión de edad o, incluso, a pesar de la edad: se puede ser de menor edad y ser mayor, como también se puede ser de más edad y ser menor; la convivencia de lo que es mayor o menor pasa por otra ruta, transita por otro rumbo, tal vez tenga que ver con algo parecido al estilo, al tono, a la cadencia, tiene que ver con ese tipo de cosas que se sostienen y se cimentan desde la transparencia.

Lo que es mayor o menor depende de cierto reconocimiento, de cierta condición capaz de provocarse adentro, en la intimidad de una relación.

Cualquiera diría que la cercanía o la lejanía enuncian un asunto de distancia y de espacio, pero la verdad es que nombrar así las cosas, más bien parece ingenuo, parece como si esta versión del tema fuese afín a la experiencia de quien ve un espejismo, de quien dice ver lo que cree o quiere ver; en fin, la ingenuidad de cuando de espacio se trata.

Una situación dada entre dos, en la que el encuentro sigue siendo eso mismo a pesar de que tiempo pase, una relación en la que la sorpresa y la ilusión siguen presentes a pesar del paso del tiempo, como si el espacio de la intimidad nunca llegase a ser un espacio vacío, como si estuviese destinado a estar siempre pleno y no agotarse ¿…Qué es eso que une en el fuero interno? ¿…a quién nos dirigimos cuando una relación dura tanto, que parece no tener fin? ¿cuál es el secreto de ese intercambio íntimo que parece prolongarse como si fuese interminable…? ¿cuál es la lengua en que se formula ese incesante murmullo entre dos…? En otras palabras ¿…en nombre de qué o de quién somos tan orgullosos de creernos capaces de convocar a la eternidad?

San Agustín ha dicho, en un inconfundible tono confesional, que amar a alguien es percibir a esa persona como si fuese inmortal; de modo que el hecho se podría reducir a que a veces decimos adiós y queremos decir hasta pronto y otras veces decimos hasta pronto y queremos decir adiós; el hecho se reduce a que la lengua a veces encubre lo que queremos decir y otras veces parece hablar por nosotros o a pesar de nosotros.

Hablar con alguien, hablar para alguien, hablar de alguien son expresiones que enuncian fronteras que no siempre tenemos del todo claras; hablar a partir de la esperanza, a partir del recuerdo, a partir de la admiración, a partir del amor implica hablar en tonos que a veces confundimos o que, sin pretender confundirlos, se nos confunden de forma irremediable.

Decir adiós a veces es la forma más certera de reconocer el estar con alguien y el no estar dispuesto a separarse de esa persona, es como decir todo lo contrario a lo que parece decir.

Adiós a veces solo significa hola, te he visto, te he encontrado, por fin te veo; a veces adiós significa algo más profundo como me atrevo a hablarte, reconóceme soy quien quiere hablarte antes de haberte dicho cualquier cosa; y muy pocas veces significa la despedida definitiva, aquella despedida sin esperanza ni retorno.

El A-Dios de la muerte, a dónde nos lleva la muerte sino A-Dios ¿a dónde si no? indagaba Teresa de Ávila, la reconocida amante barroca, pero de allí ya no hay retorno o, si somos cristianos, que lo somos para bien o para mal, deberíamos suscribir que de allí no hay retorno, al menos, a este mundo.

Emanuel Levinas, un filósofo francés de origen judío y muy posterior a Agustín de Hipona, ha dicho que pensar a la muerte como la nada, identificar a la muerte con el cero redondo es lo que quisiera Caín, es decir ese sería el deseo del asesino, pero según Levinas lo más probable es que esa nada sea imposible, que sea una pretensión imposible, que esa nada sea una especie de prohibición, y una nada prohibida es algo, sobre todo en la cabeza de Caín, en la cabeza del asesino, en donde, en lugar de nada persiste algo parecido a una machacona insistencia de culpa.

De modo que si las cosas se piensan, si se medita sobre el contenido de la despedida contenida en la palabra adiós, deberíamos ser capaces de reconocer que, en la infinita tristeza que encubre, resguarda o envuelve existe algo que, al serlo, es muy diferente a la nada.

El adiós en lugar se ser una despedida total, plena y rotunda es más bien una suerte de persistencia expresable como: algo que une todavía, sentirse unido todavía, algo parecido a una emoción profunda sentida como culpa en el caso del asesino, o bien como apego en el caso del familiar o del amante; el problema es que el rebote sobre mí del lugar hueco que deja el adiós no tiene consecuencias, al menos aparentes, porque al ser inevitable impone la ley de un vacío cruel en el territorio del mundo concreto, a pesar de que en el mundo inmaterial la ley sea la opuesta, en tanto se manifiesta como plenitud de sentido en el recuerdo.

De manera que, una vez que ha sido dicho lo dicho y recorrido algún camino abreviadamente, puede recuperarse lo afirmado al inicio acerca de que la cercanía y la lejanía no encierran un asunto de espacio, sino más bien un asunto de tiempo.

Entender la desaparición como algo de lugar, de espacio o de posición es tan ingenuo y miope como si dijésemos y hablásemos solo de incomparecencia, como algo que solo se refiriese al emplazamiento; la desaparición de alguien no se agota en el aparecer o en el ya no aparecer, porque va más allá de los sentidos, porque en vida me mata un poco, al hacerme responsable ante la propia memoria y al no poder derivar ninguna carga a quien se ha ido, …y frente a eso ¿qué nos queda sino tiempo…? …irreparable tiempo vacío.

La desaparición de alguien se mide como el latido que acompasa su ritmo frente a una nada deseada u odiada que, sin ser del mundo concreto, se siente tan cerca y tan lejos, tan cerca como la propia piel y tan lejos como el cielo o el infierno, y que nos hace repetir con devoción lo que diría Pink Floyd: Wish you were here.