Martes 23 DE Julio DE 2019
El Acordeón

El dueño de la casa

La Telenovela

Fecha de publicación: 06-12-15
Por: Ana María Rodas

Mientras escribo, veo por los cristales y me da grima porque estamos en diciembre, ese mes que en la radio y la televisión llaman el más hermoso del año —con el fin de tratar de vendernos lo que se les ocurra en ese momento— mientras escribo, repito, lo único que me muestra la ventana son las enredaderas, tiritando sacudidas por un viento espantoso, un cielo gris que amenaza con caer sobre la ciudad, y el frío, que aunque no se vea, cala aún debajo de la cantidad de ropa que me he puesto esta mañana.

Lo que me reconcilia no solo con el día sino con la vida, es la visión de mi perro —un dachshund, por supuesto— que dormita en su cama, cerca del escritorio, cubierto por una frazada que lo mantiene tibio y que a ratos abre un ojo para ver si ya me cansé de estar frente a la computadora y nos vamos a la cama, donde nos abrigaríamos juntos y podríamos echarnos un sueño, a ver si el sol se decide a hacer algo drástico, como desgarrar las nubes y comenzar a brillar.

No es hoy un día para ir de paseo con el perro que, con su pelo corto, resiente más que yo este tiempo horrendo. Si fuera un diciembre de esos de antes, cuando aún no habíamos contaminado bestialmente el planeta, andaríamos dando vueltas por las calles y a lo mejor nos encontraríamos con una pareja ya madura, que sale a caminar a estas horas con otro salchicha, y que siempre dicen cosas cariñosas de los canes, para terminar afirmando que ambos perros son los dueños de sus respectivas casas.

Jamás les he llevado la contraria porque tienen toda la razón. En general los perros se desviven por complacer a sus amos. No es el caso de los teckel, otra forma de nombrarlos. Aunque en los manuales se diga que son fáciles de entrenar porque son sumamente inteligentes, es precisamente esa inteligencia la que les muestra que los amos somos manejables. Que solo necesitan echar una mirada así o asá hacia el supuesto dueño para hacer lo que les venga en gana sin que podamos resistir.

No es posible confiar en que se dejarán conducir por las veredas que uno quiera solo porque se trata de perros pequeños y de patitas cortas. Qué va, los huesos y músculos de esos canes son fuertes en extremo, así que si tiran en una dirección a una no le queda otro remedio que seguirlos, porque son mucho más enérgicos de lo que parecen.

Mi perro es el tercero de la dinastía. Se llama Ringo, igual que el primero. Aquel Ringo no tenía otro remedio que llamarse así porque una pareja de amigos alemanes me lo regalaron justamente en el momento en que los Beatles dominaban en el mundo de la música, y la madre del cachorro tenía la nariz parecida a la del baterista de la banda. El niño se parecía a su madre; y aunque cuando lo tomé en brazos la primera vez, su hocico aún no se había desarrollado, sabía cómo iba a estirarse su rostro.

Aquel Ringo fue feliz en la mil veces mencionada por mí casa del Callejón Aurora. Su pareja, ya lo confesé alguna vez, nunca fue mía sino de mis hijas. No sé por qué la llamamos Rocío, pero el nombre la describe bien, aun ahora, cuando han pasado tantas décadas.

Mi segundo dackel fue un perro que llegó a casa con papeles. Tanto el padre como la madre fueron perros que acumularon premios en concursos caninos en Francia. Pero Rusty, que así se llamaba, no fue querido hasta el exceso por tener pedigree, cosa de la que me olvidé muy pronto.

Fue un caso de amor a primera vista, y no hace tanto tiempo que dejó este mundo para convertirse en luz que brilla en el cielo, que es el destino de los perros —o gatos— muy queridos.

Pero mis hijas me conocen muy bien. Entonces, hace dos navidades, Irene me pidió que llegara a su casa porque tenía algo que regalarme. Y allí estaba retozando, cuando entré a la casa de mi hija, un perrito de color dorado, con largas y delicadas orejas, que me recordó al que, en los años sesenta, me regalaron Hinni y su mujer.

Es friolento y los días de un clima como el de hoy, le pongo alguno de los suéteres o camisas que le hemos comprado. Pero los detesta. Da dos o tres vueltas para hacer como si estuviera agradecido de que lo libren del gélido día, pero antes de diez minutos se las arregla para quitarse la ropa.

Hace un minuto, mi perro extendió el hocico y mordió mi pantalón. Forma delicada de decir basta. A mí no me queda más que obedecerlo e irme en dirección del dormitorio, donde el aire es casi tibio.