Viernes 22 DE Marzo DE 2019
El Acordeón

Las maravillosas guerras

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 22-11-15
Por: Ana María Rodas
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Viendo ante sí la gris realidad del cementerio italiano de Redipuglia, el papa Francisco permaneció en silencio durante unos minutos y luego pronunció una frase, sencilla en extremo pero lapidaria: “la guerra es una locura”.

Cuando dijo lo anterior, Francisco se hallaba frente al camposanto donde se encuentran enterrados más de cien mil soldados caídos en el primer conflicto bélico gravísimo del siglo pasado, que comenzó llamándose La gran guerra y que vino a ser, ya en los libros de historia —y desde antes, en las noticias— la Primera Guerra Mundial.

Sobre esa Primera Guerra Mundial se ha vuelto a escribir suficientemente desde el año pasado, y más detalles sobre la conflagración habremos de escuchar, ya que su conmemoración se inició en 2014 y finalizará dentro de dos años y pico, en 2018. Aquel masivo evento de locura dividió a Europa durante cuatro años, y centenares de cintas cinematográficas nos han mostrado las tristísimas muertes de los soldados de ambos bandos en las trincheras.

Hasta este momento no he podido derivar nada heroico de morir cubierto de lodo, atrapado como una rata en un agujero en la tierra, empapado por la lluvia o helado por las temperaturas invernales.

Sin embargo, he constatado que la enajenación humana da para gran cantidad de manifestaciones. Personales o globales.

Mientras que —el año pasado— en Londres se apagaban las luces en la plaza de Trafalgar, en el Parlamento, y en la Catedral de San Pedro durante una hora, en evocación del momento en que Gran Bretaña le declaró la guerra a Alemania, en París la Torre Eiffel se iluminó con fuegos artificiales. Pocas horas antes, por los Campos Elíseos habían desfilado cientos de soldados portando las banderas de 76 países, en un acto que se dedicó tanto al aniversario de la Toma de la Bastilla en 1789 como a la reminiscencia del inicio de la Primera Guerra Mundial.

A todos nos contaron, en el colegio, que aquella guerra se había iniciado en los Balcanes, cuando soldados del imperio Austro-Húngaro invadieron Serbia, como consecuencia del atentado de Gavrilo Princip que mató al archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austríaca y a su esposa, Sofía.

Para comprender la relatividad de las cosas, es bueno saber que el año pasado se recordaron, en Bosnia, los disparos de Princip, no como ataque a Europa “sino disparos por la libertad”, tal cual aseguró Milorad Dodik, presidente de la entidad serbia en Bosnia.

Pero la ciudad de Sarajevo, de mayoría musulmana, decidió borrar cualquier referencia al joven nacionalista serbio, quien en la época comunista tenía un puente y una calle con su nombre.

Lo mejor que ha quedado de los sangrientos incidentes en los Balcanes, a lo largo de cuatro siglos, estoy segura, es la novela llamada Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric, escritor serbio cuya obra le valió el Premio Nobel de Literatura de 1961. No es recomendable para personas de estómagos delicados.

Sea como sea, los presidentes de Francia, François Hollande, y de Alemania, Joachim Gaucklos, dos países enemigos en la Primera Guerra Mundial, conmemoraron juntos en un acto simbólico el centenario del inicio de su enfrentamiento en el conflicto. Se abrazaron en la ciudad francesa de Hartmannswillerkopf (sí, francesa) y así, se cancelaron los más de nueve millones de combatientes muertos en La gran guerra.

El simbolismo del abrazo franco–germano se extendió hacia el interés de ambos dirigentes por avanzar en la construcción de una mejor y más sólida Unión Europea.

Esta última intención se ha visto medio descalabrada por los independentistas catalanes. Pero esto es otra historia.

En días recientes las redes sociales se dieron a la tarea de hacernos llegar un comunicado apócrifo sobre cómo, una ordenanza de las Naciones Unidas, había dado lugar al inicio de la Tercera Guerra Mundial.

A mi juicio, la Tercera Guerra Mundial ya ocurrió, luego de que Estados Unidos y la Unión Soviética, aliados triunfantes de la Segunda Guerra Mundial, se repartieron el mundo y descubrieron que, si enfriaban la guerra, se podía jugar en patio ajeno. Nosotros pusimos algunos muertos en esos años, creo.

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