Lunes 25 DE Marzo DE 2019
El Acordeón

El fascinador fascinado

¿Qué es lo que puede encontrarse de común entre los pueblos de la antigüedad y aquellos personajes a quienes la psicología moderna llama obsesivos o neuróticos?

Fecha de publicación: 08-11-15
Por: Por Rogelio Salazar de León
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Hay una flor muy conocida que se llama Narciso, Narcissus Poeticus era como la conocían los Romanos de la antigüedad, también en otras partes se ha conocido a esta flor como Ojo del Faisán, porque ella presenta la forma de un ojo, de modo que esta flor puede asemejarse o parecerse a un ojo.

Así también se ha creído que el narciso es una flor que puede servir como un remedio que, tradicionalmente, ha sido asociado a todas las enfermedades provenientes del mal de ojo; tal vez pueda llegar a pensarse que durante la antigüedad clásica se confiaba en el Narciso como un tratamiento eficaz en contra de enfermedades como la histeria, por ejemplo, no solo por sus reconocidas propiedades calmantes, sino también porque se creía que al ser una flor tan enigmática como para tener la forma de un ojo era capaz de contrarrestar la fascinación.

Más allá de la flor referida, el nombre Narciso alude también a una historia muy famosa, a una historia muy conocida de auto-reconocimiento; el poeta latino Ovidio nos ha transmitido el cuento que narra la trágica perplejidad de Narciso ante su propia imagen; entramado por el cual se describe el enamoramiento del hermoso joven de sí mismo, no como algo sobrenatural o fantástico, sino más bien como algo insensato, como un límite al que es posible llegar por insensatez.

A partir del destino de Narciso las cosas han dado de sí hasta constituir un tema claramente significado y fuertemente subrayado en la cultura occidental, este es un tema en el que persiste el asunto ineludible del riesgo que uno es para sí mismo, lo cual por obvio no precisa de ninguna demostración; pero si se lo ve más detenidamente, aquí también está sugerida la enorme potencia de la mirada y el miedo que la antigüedad clásica tenía de contemplar la propia mirada; tal vez pueda pensarse que el miedo a contemplar el reflejo de la propia mirada bien puede provenir de que luego pasa lo que pasa, es decir lo que le sucedió a Narciso, en quien la propia mirada bien pudo provocar una especie de mal de ojo, por decirlo del algún modo atenuado.

El doble de Narciso es el agraciado joven del estanque que tiene su misma imagen, su mismo nombre y que, además, tiene el poder de actuar como una poderosa droga (contemplar la propia imagen puede ser el peor embuste), tanto que tiene la capacidad de hipnotizar e inducir a una suerte de trance parecido a la muerte.

Es notable que algunas cosas persistan fieles a su nombre, porque de acuerdo con lo que ha sido dicho, tanto la flor como el personaje del cuento clásico, tanto el Narcissus poeticus como el hermoso joven Narkissos son nombres que pertenecen a un grupo de palabras curiosas y formadas a partir del verbo griego narkaó que significaba algo como entumecerse, paralizarse o ponerse tieso, debido a lo cual era un verbo asociado al susto, al frío o a la enfermedad, todas experiencias que provocan reacciones como el acartonamiento, la tiesura o la invalidez; y el hecho cierto es que el curso de este vocablo evoluciona hasta el término narcótico.

Por poco que sepamos, debemos suscribir que algún conocimiento tenemos sobre la mitología clásica, todos sabemos que los dioses griegos no tenían las fijaciones éticas que ahora tenemos y que sus historias, como en las mejores novelas, se cruzan unas con otras; por ejemplo, se cuenta que el narciso, la flor a que hemos estado aludiendo, fue creada como parte de la trampa que consiguió raptar a Perséfone: el cuento dice que Zeus y su hermano Hades la atraen sirviéndose de esta flor y de su aroma, para luego convertir a la joven Perséfone en la amante de Hades, la inconstante reina del mundo de los muertos; de modo que es una flor cuyo efecto es la atracción, pero también el aturdimiento, es atractiva y a la vez capaz de embotar los nervios, porque su poder visual no impide su poder químico; Plutarco lo confirma cuando dice que la encantadora flor tiene propiedades calmantes por lo que se usaba para calmar a las víctimas de asedios histéricos e incluso a quienes padecían ataques epilépticos.

Otra palabra perteneciente al grupo de las que se revisan es narké, servía para nombrar a un pez de cuerpo aplanado al punto que semejaba una máscara con capacidad de ver, también conocido como pez torpedo o manta raya eléctrica, es un pez que en lugar de huir o perseguir se queda quieto y lanza una descarga eléctrica logrando atontar a sus agresores o víctimas, se sabe que vive casi exclusivamente en el mar Mediterráneo; el pez torpedo es comparado, en uno de los diálogos de Platón, a Sócrates debido al poder narcótico y de aturdimiento que tiene su palabra, su discurso, su método de preguntas y repreguntas.

Todo lo anterior son variaciones de un tema que ha persistido en la mitología, en la literatura, en la filosofía y, cómo no, en algunas ciencias que estudian plantas y animales; pero más allá de todo eso ¿qué subyace por debajo de todas esas variaciones? O bien para indagarlo de manera diferente ¿qué es lo que puede encontrarse de común entre los pueblos de la antigüedad y aquellos personajes a quienes la psicología moderna llama obsesivos o neuróticos? Seguramente lo común es eso que puede llamarse: el inmenso poder de las ideas, las creencias o el convencimiento, el poder que tiene, por ejemplo, una pasión capaz de transformar la vida y la realidad.

¿Quién alguna vez, cerca de un arrebato, no ha creído en algo así? la realización de los deseos nunca ha dejado de ser supersticiosa.

Si se desea algo con mucha fuerza tendrá que llegar a realizarse, tanto los hombres de la antigüedad como los neuróticos (y esos, a lo mejor somos todos los humanos actuales), de acuerdo con lo visto, conferimos un elevado valor a ciertos hechos o actos que tienden a convencerlos de ciertas cosas, de ciertas creencias, deseos o ideas.

Claramente, el habla es el principio que gobierna al narcisismo, entendiéndolo como el diseño y la construcción de una idea vacía que, a pesar de serlo, está llena de efectos y consecuencias reales; en la práctica se revela que los narcisistas atribuyen y entregan la omnipotencia a nadie más que a ellos mismos, por lo menos, eso es lo que Freud parece declarar.

No hay un paso muy grande, si de aquí se pasa a la consideración siguiente: si como individuos estamos condicionados por el grupo, entonces, como grupo también debemos estar llenos de ideas vacías acerca de nosotros mismos, ideas vacías que, como mecanismos internos, están plenos de efectos y consecuencias que, como al Narciso del cuento, nos llevan al estanque en que sucumbimos.

El laboratorio de este experimento bien puede ser la idea de democracia y sus consecuencias, ¿o no…?

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