Martes 26 DE Marzo DE 2019
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Fecha de publicación: 01-11-15
Por: Arturo Monterroso
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El amor al poder, que es otro nombre del amor a la maldad, es natural al ser humano. Esto escribe el crítico literario del siglo XIX, William Hazlitt, respecto de Yago, el personaje dominante en ‘Otelo’, una de las grandes tragedias de Shakespeare. La afirmación, citada por Harold Bloom en ‘Shakespeare, la invención de lo humano’ (Anagrama, Barcelona, 2005), sin duda nos suena familiar en Guatemala, sobre todo en los últimos tiempos. También porque el pasado 17 de octubre pudimos disfrutar del ‘Otelo’ de Verdi, gracias al programa ‘Opera for All’, del IGA, y a las transmisiones en directo de ‘The Metropolitan Opera’ desde Nueva York. Inspirada en la obra de Shakespeare, con libreto del poeta y compositor italiano Arrigo Boito, esta ópera tardía de Verdi nos sitúa en el Chipre del siglo XV bajo el dominio de la República de Venecia. Pero más allá de las particularidades de la historia que nos cuenta, lo fundamental es reconocer la universalidad de las circunstancias en que nos vemos involucrados los seres humanos: la intriga, el poder, los celos. Más que la acción, como señala Bloom, lo que importa son los personajes “…que se desarrollan más que se despliegan, y se desarrollan porque se conciben de nuevo a sí mismos”.

El relato es simple: Otelo (el tenor letón Aleksandrs Antonenko), el gobernador veneciano de Chipre, regresa victorioso de librar una batalla con los turcos. Yago, su lugarteniente, trata de ocultar su disgusto porque no lo ha nombrado como su capitán, sino a Cassio, alguien que según él no se merece el puesto. Herido en su amor propio, urde una trama para vengarse, sembrando en el gobernador la duda acerca de la fidelidad de Desdémona, su esposa, quien en realidad ama a su marido. Otelo cae fácilmente en la trampa y Yago se las arregla para alimentar la oscura llama de los celos, acusando a Cassio de ser el culpable del adulterio y fabricando la evidencia para probar la infidelidad de Desdémona. Débil, enceguecido y arrebatado por la locura, Otelo asesina a su esposa. En la última escena, sin embargo, termina sabiendo que todo ha sido una mentira fabricada por Yago. Y se suicida.

En la producción del Met, a cargo del reconocido director estadounidense Bartlett Sher, el papel protagónico (el de Yago, “el villano asesino” y “una invención radical de Shakespeare”, según Bloom) lo interpreta el barítono serbio Zeljko Lucic, quien logra convencernos de la maldad del personaje. Lucic, famoso por su interpretación de la obra de Verdi (‘Macbeth’, ‘La traviata’, ‘Madama Butterfly’), es también un actor consumado. Sin embargo, es la calidez de su voz, su presencia escénica y la habilidad para caracterizar a su personaje lo que logra sacudirnos e involucrarnos en este drama en el que los celos no son más que una excusa para hablarnos del poder. Porque como apunta Bloom, se trata de la tragedia de Otelo, pero la obra es acerca de Yago. El personaje de Otelo no es el más atractivo y, en mucho, logra ser superado por el de Desdémona, interpretado por la soprano búlgara Sonya Yoncheva, cuya carrera ha adquirido notoriedad desde que debutó en el Metropolitan Opera en 2013. Además, no pasa desapercibido ese reconocimiento a la rebeldía femenina, cuando Shakespeare hace que Emilia (la ‘mezzosoprano’ Jennifer Johnson Cano), la esposa de Yago, se rebele contra él en la última escena y, sin mostrarle ningún temor, grita que no va a callarse, que hablará con libertad. Y devela la trama que su marido ha urdido en contra de Otelo. Sin duda tiene razón Hazlitt cuando escribe que Yago muestra una casi perfecta indiferencia ante el bien o el mal moral, o más bien una preferencia por este último, y que es indiferente a su propio sino y al de los demás. Dice Bloom que el logro de Yago es haber dejado una realidad mutilada como su monumento.

Guatemala, 30 de octubre de 2015

arturo.monterroso@gmail.com

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