Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Celebraciones

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 25-10-15
Por: Ana María Rodas
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Tengo mucho cuidado, siempre, de buscar materiales, leer libros, meterme a internet. Todo espacio físico o virtual que se deje, es penetrado a mansalva por mí para obtener conocimientos nuevos que les pueda presentar a mis alumnos. Generalmente son estudiantes de esa carrera que aún no se logra comprender en todo su extendido espacio y que se llama Ciencias de la Comunicación, porque el nombre da lugar a un terreno profundo y anchuroso, lleno de vericuetos.

Aquellos que consideran que las Ciencias de la Comunicación son una especie de agrandamiento de lo que algún día fue la carrera de periodismo se equivocan terriblemente. “Un individuo no se comunica, sino que toma parte en una comunicación en la que se convierte en un elemento. Puede moverse, producir ruido…, pero no se comunica. En otros términos, no es el autor de la comunicación sino que participa en ella” Cita textual de un libro: ‘La nueva comunicación’, escrito por Bateson, Birdwhistell, Goffman, Hall, Jackson, et al., y que fue publicado hace ya mucho rato en España. Para ser más específicos, en 1994.

A pesar de lo que hace más de veinte años se viene estudiando y afirmando en muchas partes del mundo sobre las ciencias de la comunicación, lo cierto es que mi pequeño espacio en la Landívar es dedicado a tratar de inducir a los futuros comunicadores a que aprendan a escribir de la mejor manera posible.

Y como dije: indago, busco, analizo, examino, exploro, sondeo, rastreo e inspecciono todo aquello que, en el terreno del buen escribir, pueda servirles y tenerlos al día para que sean profesionales que puedan expresarse con propiedad.

Lo que no cambio, en esta época del año, es mandarles a hacer una crónica sobre las festividades locales que se inician el 31 de octubre y terminan el 2 de noviembre.

El Halloween, para bien o para mal, según la persona que le esté echando una mirada, es un pretexto extraordinario para que los jóvenes se reúnan, disfrazados de lo que su imaginación les aconseje, y pasen una noche de fiesta —en este país hacen mucha falta las fiestas— y escriban una crónica sobre el evento.

Los más aventureros siguen mi consejo de ir a Huehuetenango, temprano del día 31 de octubre, acudan al concierto de marimba que hay esa noche en el parque de la ciudad, que al día siguiente, suban a Chiantla, visiten a la Virgen del lugar, y luego continúen subiendo hasta el punto en que un letrero avisa que, a la izquierda, está la carretera hacia Todos Santos Cuchumatán.

El lugar es hermoso, en él se celebran unas peculiares carreras de caballos, que tienen una intención ritual aunque a los ladinos no nos lo parezca; les propongo que se den una vuelta por el pueblo, que visiten la iglesia del lugar y admiren su artesonado, que coman los alimentos que en ese día se cocinan en Todos Santos, y que regresen luego a Guatemala, habiendo conocido algo de su país que ni siquiera sabían que existía.

Evidentemente, también hay quienes prefieren ir a Santiago Sacatepéquez, donde los inmensos barriletes que en estos días están siendo trabajados con gran cariño por sus habitantes, volarán sobre el cementerio del pueblo, rociado con hojas de pino y las hermosas flores amarillas llamadas flores de muerto. Las celebraciones de Santiago son las más antiguas. A ellas se han sumado las de Sumpango, que también atraen mucho público los días uno y dos de noviembre.

La hechura del fiambre familiar es igualmente motivo de una crónica. He leído escritos de mis alumnos que merecerían un lugar destacado en algún medio, si no estuvieran sus jefes tan empeñados en hablar y hablar y hablar de la alfombra roja, de los vestidos transparentes de fulana o las rotundas pelotas que sobresalen de sus escotes.

El relato de lo que sucede en la mesa donde la familia come el fiambre y jura que está más rico que el del año pasado, con todos los detalles de lo que suele suceder cuando cualquier familia se reúne, toda ella con sus amores, iras o pedanterías, puede ser verdaderamente de campeonato.

Todos van en busca de lo que les llama la atención, y escriben mejor que en otro tiempo del año. Yo me regocijo leyendo sus crónicas, que año tras año, aunque traten de lo mismo, muestran una variedad que ustedes no pueden imaginar.

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