Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Cuestiones que suceden en el estrecho dudoso

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 11-10-15
Por: Ana María Rodas
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Desde hace días hay dentro de mi cabeza el nombre de una planta de purificación de agua de la Municipalidad de Guatemala construida en el siglo pasado.

Esta noche veo por la ventana y a pesar de las luces de la ciudad logro distinguir algunas estrellas, las que se alcanzan a percibir en el cielo de esta época del año porque son las de mayor magnitud. Las estrellas me apasionan, me llevan por caminos inesperados. El de esta noche tiene que ver con especular acerca del momento en que se cerró el estrecho dudoso, que dijo Cardenal, y que los españoles deseaban hallar  para atravesar el continente y llegar a Catay y Cipango

Meses atrás y como consecuencia de los hallazgos de fósiles en las tierras excavadas para ampliar el Canal de Panamá, me he enterado de que ha cambiado la estimación científica del surgimiento de las tierras centroamericanas entre los océanos Pacífico y Atlántico.

Hasta hace poco se pensaba que la formación del istmo había ocurrido hace 3 millones y medio de años.  Edad respetable, sin duda. Ahora, los geólogos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, situados  en Panamá, han encontrado fauna y flora fósiles de entre 15 y 20 millones de años de antigüedad en los terrenos excavados para la ampliación del canal interoceánico.

Los científicos trabajan a la mayor velocidad posible, porque  el clima tropical favorece el crecimiento de vegetación y la desintegración de las rocas en un período de tiempo muy corto. Muchas de las evidencias descubiertas desaparecerán en poco tiempo porque la vegetación crecerá sobre ellas, o las obras de ingeniería de ampliación del Canal cubrirán estas exposiciones con concreto.

Siempre que vuelo encima de América Central veo con ojos ávidos los volcanes que se van desplegando abajo, en el terreno por  sobre el que pasa el avión. Forman parte de la Sierra Madre, llamada Cordillera de los Andes en el Sur, y son los guardianes del fuego que rodea enteramente el océano Pacífico.

Este anillo es la zona del mundo donde ocurren el 80 por ciento de todos los terremotos que sufre la Tierra.

Ahora, mi tren de pensamiento se desplaza hacia nuestro pedacito de tierra, montada entre las placas de Cocos, el Caribe y Norteamérica. Estamos sentados sobre uno de los caballos salvajes de este anillo de fuego, animal maravilloso desde el punto de vista de la geología, que cuando se encabrita nos deja despavoridos e impresionados.

Las palabras Mitch y Agatha pasan por mi mente, y prefiero regresar a imaginar cómo fue que los animales de América del Norte y los de América del Sur utilizaron las tierras  centroamericanas para migrar de un lado a otro, y de paso, dejarnos poseedores de una de las faunas más ricas del mundo.

Es sabroso alejarse de la posibilidad de los desastres e imaginar cómo eran las selvas de América Central hace millones de años, cuando los animales vagaban libremente por ellas y las plantas deben haber sido de un esplendor suntuoso.

Al cerrarse el paso de agua entre los océanos que escoltan el istmo, las condiciones de ambos cambiaron. Las aguas del Pacífico, frías y menos salinas, no pudieron ya mezclarse con las del Caribe, que adquirieron una calidez con mayor cantidad de sal. Cambiaron los movimientos de los grandes cuerpos marinos y surgió la Corriente del Golfo, encaminada hacia el norte.

Se ha creído durante mucho tiempo que esa corriente aportó la humedad necesaria para que el agua evaporada cayera como lluvia o nieve, disminuyendo la salinidad del mar, permitiendo la formación de hielo a temperaturas más altas.

Entre los 150 y los 55 millones de años chocaron las placas del Caribe y de Norteamérica, formando volcanes submarinos que depositaron lava en el lecho marino hasta que esa lava surgió sobre el nivel del mar.  Y formó Las Antillas.

Trato de imaginar cómo eran el pterosaurio, que medía 13 pies desde la punta de un ala hasta la otra; el megalodón, de entre 40 y 80 pies de largo, que vivieron allí.

Los fósiles, las placas tectónicas, la fauna y la flora giran en mi mente. Cierro los ojos. Ya no más estrellas. Solo agua salada. Y pienso otra vez en el nombre de la planta de purificación de agua: El Cambray.

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