Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Arenas movedizas

El escritor sueco Henning Mankell, maestro de la novela negra nórdica y uno de los narradores europeos más leídos y celebrados en el mundo, falleció el pasado lunes en Gotemburgo a la edad de 67 años. El creador del legendario inspector Wallander padecía un cáncer que le fue diagnosticado en 2014, un proceso que decidió compartir en el libro Arenas movedizas, del que reproducimos un fragmento.

Fecha de publicación: 11-10-15
Por: Por Henning Mankell
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De repente fue como si la vida se estrechara. Aquella mañana, recién estrenado el año 2014, cuando me dieron el diagnóstico de cáncer, fue como si la vida se encogiera. Escaseaban las ideas, una especie de paisaje de-sértico se me extendía por dentro, en la cabeza. Puede que no me atreviera a pensar en el futuro. Era territorio incierto, minado. Así que volvía continuamente a la infancia.

Cuando tenía ocho o nueve años, me pasé una temporada pensando en qué muerte me asustaba más. No era nada extraordinario, son ideas normales a esa edad. La vida y la muerte empiezan a convertirse en cuestiones decisivas ante las que adoptar una postura. Los niños son seres muy serios. Y sobre todo a esa edad, a la que empiezan a dar el paso hacia la condición de ser humano consciente. Consciente de que tenemos una identidad que no se puede sustituir. El aspecto que uno tiene ante el espejo cambiará a lo largo de la vida, pero detrás se esconde siempre quien tú eres.

La identidad se va formando cuando nos atrevemos a adoptar una postura determinada ante cuestiones complejas. Eso lo sabe todo aquel que no ha olvidado su infancia por completo. Lo que a mí más me asustaba era pisar el hielo en un lago o en el río, que se hiciera un agujero y que me engulleran las aguas debajo del hielo sin que pudiera salir de allí nunca más. Ahogarme debajo de la capa de hielo mientras los rayos del sol la atravesaban. El ahogamiento en el frío de aquellas aguas. El pánico del que nadie te podía liberar. El grito que nadie iba a oír. El grito que se congelaba hasta convertirse en hielo y muerte.

No era raro ese tipo de miedo. Yo me crié en Härjedalen, donde los inviernos eran largos y crudísimos. También ocurrió por aquella época, cuando yo tenía ocho o nueve años, que una niña de mi edad se ahogó al colarse por la fina capa de hielo del lago de Sandtjärn. Yo estuve presente cuando la sacaron. El rumor cundió rápidamente por Sveg. Todos acudieron corriendo. Era un domingo. Sus padres estaban a la orilla del lago cubierto de hielo, cuya blancura interrumpía la oscuridad del agujero. Cuando los bomberos voluntarios capturaron el cadáver de la niña con un rezón, los padres no se comportaron como se ve en las películas o como leemos en los libros. No lloraban a gritos. Se quedaron mudos. Otros sí lloraban. La maestra, lo recuerdo bien. El pastor y las mejores amigas de la niña.

Alguien vomitó en la nieve. Reinaba un gran silencio. Delante de la boca de todos los presentes se formaba una nube blanca de vaho, como señales de humo inexplicables. La niña ahogada no había pasado mucho tiempo debajo del agua. Pero estaba totalmente rígida. La ropa de lana que llevaba crujía y empezó a resquebrajarse cuando la tumbaron en la nieve. Tenía la cara blanquísima, como si la hubieran maquillado. Y la melena rubia, que asomaba debajo del gorro rojo, parecía un puñado de carámbanos amarillos.

Pero también había otra muerte que me asustaba. Había leído al respecto en algún sitio. Después he intentado recordar dónde. Puede que en la revista Rekordmagasinet, que mezclaba relatos deportivos con otros de misterio y aventuras. O quizá en alguno de los relatos de viajes por África o por los países árabes. No conseguí dar con el cuento. Trataba de arenas movedizas. De cómo un hombre, vestido con un uniforme de color caqui y con un rifle al hombro, equipado para una expedición, pisa por casualidad un banco de esas arenas traicioneras, que lo atrapan en el acto. Al final, la arena empieza a taparle la boca y la nariz. El hombre está condenado. Se ahoga y el pelo que le cubre la cabeza desaparece finalmente sumergido en la arena.

Las arenas movedizas estaban vivas. Los granos se convertían en tentáculos espeluznantes que engullían a un ser humano. Un agujero de arena que comía carne. Los hielos traicioneros sí podía evitarlos. Cerca de los lagos y del río Ljusnan no abundaban las playas de arena. Pero mucho después, cuando paseaba por las dunas de Skagen o, después incluso, por las playas africanas, el recuerdo de aquellas terribles arenas movedizas me venía a la memoria.

Cuando supe que tenía cáncer, ese miedo volvió. Me afectó igual que la primera vez, ahora lo comprendo. La sensación que experimenté fue precisamente esa, el pavor que me causaban las arenas movedizas. Me resistía a que tiraran de mí y me tragaran. La certeza paralizante de que sufría una enfermedad grave e incurable. Me llevó diez días con sus noches, con muy pocas horas de sueño, mantenerme en pie y no quedar paralizado por el miedo que amenazaba con destruir toda mi capacidad de resistencia.

Ni una sola vez, que yo recuerde, me vi tan desesperado como para echarme a llorar. Tampoco grité de angustia en ningún momento. Fue una lucha silenciosa por sobrevivir a las arenas movedizas. Y no me vi arrastrado al fondo. Al final logré trepar como pude para salir de la arena y empecé a enfrentarme a lo ocurrido. La idea de tumbarme a esperar la muerte ya no existía. Recibiría el tratamiento que tenemos a nuestro alcance. Aunque no pudiera volver a estar del todo sano, existía la posibilidad de que viviera mucho tiempo.

Sufrir un cáncer es una catástrofe en la vida. Solo después de transcurrido el tiempo sabemos si hemos sido capaces de enfrentarnos a él, de ofrecer resistencia. Lo que pensé y viví aquellos diez días posteriores a tan devastador diagnóstico es algo que todavía no tengo del todo claro. Puede que nunca lo comprenda. Aquellos diez días de enero de 2014, después de la fiesta de la Epifanía, son como sombras, tan oscuros como los breves días del invierno sueco. En el plano físico, sufría a veces escalofríos que hoy me recuerdan a las ocasiones en que he padecido malaria. Me pasaba la mayor parte del tiempo en la cama, tapado con el edredón hasta la barbilla.

Lo único de lo que ahora estoy totalmente seguro es de haber sentido que el tiempo se había detenido. Como en un universo compacto y condensado, todo se había convertido en un punto en el que no existía ningún “entonces” ni tampoco ningún “después”, solo aquel “ahora”. Un ser humano que se aferraba a la orilla de un banco de arena mortal que quería tragárselo.

Cuando por fin superé el impulso de rendirme, de dejarme engullir por el abismo, me puse a leer libros sobre qué son en realidad las arenas movedizas. Y descubrí que el relato sobre esas masas de arena capaces de arrastrar consigo a un hombre y matarlo es un mito. Todas las historias que se cuentan y que lo describen son una invención. Entre otras instituciones, lo ha investigado con experimentos prácticos una universidad de Holanda.

Pero la comparación con las arenas movedizas es, a pesar de todo, aquella a la que aún hoy me gusta recurrir. Así fueron aquellos diez días que cambiaron por completo las premisas de mi vida. Las arenas movedizas eran el agujero infernal del que, a la postre, conseguí librarme.

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