Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

La historia es de las palabras y no al revés

Cuando un niño nace llora con fuerza y hasta con furia, porque ve roto el cordón que lo unía al único pasado posible, al único territorio conocido.

Fecha de publicación: 04-10-15
Por: Por Rogelio Salazar de León
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Solo por decir algo y simplemente como un ejemplo vale la pena preguntar ¿qué pasó entre 1914 y 1945? Todos lo sabemos pero responder por los hechos no basta porque eso, al ser del dominio público, es insuficiente, la pregunta se dirige a qué pasó más allá de lo evidente, a qué pasó más allá de lo que todos sabemos.

Esos 30 años contienen y cuentan una saga de destrucción, como si a lo largo de ellos se hubiese prolongado el epílogo de algo de lo cual solo quedaron restos, residuos y fragmentos; la imagen de esos 30 años pasa desde el orgullo y bienestar imperial hasta la formación de un remolino diabólico diseñado como una máquina de destrucción o, al menos, de autodestrucción; esa imagen es como la creciente furia de una lluvia incesante que comenzó como una leve llovizna hasta llegar a ser un diluvio con fuerza suficiente como para borrar ilusiones, afanes y anhelos, un diluvio tan copioso como para borrar palabras (si las palabras son capaces de diseñar algo, de montar algo, de construir algo, todo eso pareció disolverse).

No es que las palabras desaparezcan, pero sí que desaparece algo que ellas habían dado muestra de poder diseñar, montar y construir; las palabras siguen existiendo y sirviendo pero es como si estuviesen suspendidas, interrumpidas y atragantadas.

Antes había sido posible contar una historia, narrarla completa desde el comienzo pasando por su desarrollo hasta el desenlace, antes había sido posible la épica, por ejemplo, narrar historias que diera orgullo contar, recordar, repetir, pero después de aquel diluvio, cuando la épica ha desaparecido, por alguna razón, es más complicado contar historias, como si la vida se resistiera a ser reducida y a ser salvada por el hilo de un cuento, como si la vida se resistiera a caber en alguna parte y a ser articulada de alguna forma.

Y el problema que provoca angustia es precisamente este: que después de un diluvio, de una gran destrucción hay mucho que contar y no se puede contar como solían contarse antes las cosas, tal como sucede con el poeta que entona el Canto de los Nibelungos, quien ha sobrevivido solo para verse empujado al canto, que en este caso es heroico, solo por el conocimiento de la destrucción y la muerte.

Cualquier caída conlleva consecuencias profundas que confrontan al sobreviviente con un pasado borrado que ha sido el suyo, con un cúmulo de vínculos y relaciones terminadas que han configurado su vida; quizá una forma de mostrarlo sea aludir al artificio de la perspectiva confiando en que ella es un escenario en donde resulta posible dibujar el fin de una tradición y el comienzo de algo incierto, como un escenario en donde es posible dibujar algo con fondo y no solo con superficie; la perspectiva transfigura al objeto dependiendo del lugar que ocupe en el escenario, la figura deja de ser compacta y se difumina, se agranda o se empequeñece según la postura o la posición, según la cohesión o la separación de ella con los elementos o figuras puestos en el escenario.

Pero el asunto del que aquí se trata no es de figuras ni de objetos, sino de hechos y actos enraizados en matrices históricas que son religiosas, que son humanas, que son morales y que, además, aparecen acosadas y comprimidas por el tropel de una historia turbulenta y violenta y, por lo tanto capaz de romper un ritmo, una periodización vigente desde hace mucho tiempo atrás.

Sentirse como un desterrado de la historia complica la formulación del lenguaje que quiere dar cuenta de ello, complica la articulación de las palabras que quisieran contar el cuento; sentirse lejos de un tiempo que es como un territorio que ha sido propio y verse arrojado a otro tiempo que es como un territorio desconocido rompe la continuidad de las palabras y la posibilidad de su articulación.

¿Cuál es la patria verdadera de los nómadas de la historia? ¿Cuál es la patria verdadera de los errantes de la historia? ¿Valdría la respuesta si se dice que esa patria es el lenguaje roto? ¿A lo mejor, el lenguaje desarticulado?

Todas estas preguntas son como el grito de alarma de quien pierde el camino, de quien ve en un riesgo serio su propia identidad; somos como perseguidores y perseguidos de una historia que ha quedado atrás, pero que al mismo tiempo resulta inalcanzable.

Cuando un niño nace llora con fuerza y hasta con furia, porque ve roto el cordón que lo unía al único pasado posible, al único territorio conocido.

Como si nos sintiésemos jaloneados por una fuerza que nos regresa a un centro seguro y conocido, pero también a la vez nos sintiésemos tironeados por otra fuerza recíproca que nos lleva hacia una orilla que es como un confín fronterizo y limítrofe, oscuro e inseguro; por un lado hacia un mundo familiar y cálido cada vez más lejano y por otro lado hacia una historia ajena y de otros, sin embargo cada vez más cercana; de modo que el mar del tiempo son aguas en las que naufragamos todos, y las únicas tablas que tenemos para evitarlo son las palabras, solo ellas pueden ayudar a sobrellevar las turbulencias y a soportar los embates.

¿Dónde está aquel fuego que persistía junto a la falda de la madre y que cocinó los alimentos que nutrieron a nuestra infancia…? La bravura del tiempo y la violencia de la historia destruyen nuestra infancia, Nosotros padecemos de historia afirmaba Kafka meditativo por la calles de Praga.

Frente a la historia el hombre se ve pasivo, débil, impotente, indefenso, de-samparado hasta el punto de no dar con una ley o una causalidad en medio de una tempestad que lo arrebata o, más bien, que lo arrolla como a un montón de polvo.

Para dar cuenta de lo que modernamente pasa con el tiempo y en la historia lo que mejor ha funcionado es la novela, seguramente, porque los encargados de hacerlas son quienes tienen con las palabras un trato más cercano y quienes más sensibles han sido a lo que sí se puede y no hacer con ellas, ellos han sido los más hábiles para manejarse con las palabras atragantadas.

El héroe de la novela moderna gira en torno al único y nuevo ideal del individuo, de su evolución y afirmación, en torno a la más plena autonomía de un sujeto proclamada por la economía liberal; el héroe más típico de la novela de Dickens, Balzac o Flaubert es un tránsfuga que va de un mundo tranquilo a un mundo vertiginoso, cuya única ley es el éxito del individuo, y lo cierto es que este personaje (como Don Quijote, su gran modelo) rápido pasa de héroe a antihéroe, porque sus ilusiones por lo moderno, pronto se muestran como un falso sustituto del ambiente en que se ha criado y crecido, de modo que el individuo orgulloso de su progreso y libre de cualquier atadura aparece al final en su fragilidad y debilidad.

El arribo del tiempo histórico al mundo moderno significa el ingreso de la plena y absoluta secularización, entendida en su sentido más amplio como desacralización de todo lo que convierte al hombre en humano, y ha servido como para que el hombre ejerza de listo y pueda llenarse la boca diciendo cosas como: tener más es ser más.

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