Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Un adiós a la madre del “boom”

Carmen Balcells (1930-2015) fue la agente literaria más célebre del planeta y la más poderosa y temida del mundo de las letras hispanas. Cambió las reglas del negocio editorial a favor de los autores y fue una de las figuras centrales del boom de la literatura latinoamericana. Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes se cuentan entre sus representados, pero también Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Juan Carlos Onetti y Camilo José Cela. Murió la semana pasada a los 85 años. Para conmemorarla reproducimos una de las pocas entrevistas que otorgó durante su vida.

Fecha de publicación: 27-09-15
Por: Por Xavi Ayen
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a experiencia de entrevistar a Carmen Balcells es inefable. Ver trabajar a la agente literaria más famosa del planeta, presuntamente retirada de su oficio, es uno de los mayores espectáculos del mundo de la literatura. Durante varios días, hemos aprovechado los resquicios que su actividad le dejaba para preguntarle en el despacho de su casa por diversos temas, y nos hemos convertido en involuntarios testigos de su modo de actuación. Hemos visto cómo, colgada de sus teléfonos, subía a las más altas cimas de la emoción y descendía a profundas simas de desesperación. Carmen Balcells llora, grita, ríe, envía flores, lanza maldiciones, consigue contratos astronómicos y, sobre todo, recibe a mucha gente. En su oficina de jubilada imposible hemos visto a políticos que buscan su asesoramiento para organizar nuevos premios literarios, a autores por el momento desconocidos y a premios nacionales de narrativa, a editores de grandes grupos multinacionales y a otros que empiezan. Los 20 metros cuadrados del despacho de esta mujer son un microcosmos más fecundo que cualquier máster de edición.

Carmen Balcells Segalà nació en el pueblecito leridano de Santa Fe de la Segarra, en el seno de una familia de propietarios rurales, y fue educada en el colegio de las teresianas. A los 24 años, trabajó como secretaria en una empresa de maquinaria textil. Su amigo Joaquim Sabrià la recomendó al rumano Vintila Horia, dueño de la agencia literaria ACER, quien la contrató como delegada en Barcelona. Cuando Horia vendió su agencia, en los años sesenta, Balcells se estableció por su cuenta, en el piso de alquiler donde vivía. En pocos años, esta mujer tozuda, noble y emotiva revolucionó el mapa internacional de la edición, estableciendo nuevos mecanismos de contratación a favor de los autores y edificando un imperio con nombres como Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes, Manuel Vásquez Montalban, Juan Goytisolo. Hoy, esta dama de las letras concede la que, según su recuerdo, “es la segunda entrevista de mi vida. De la primera, que di a Carme Riera para la revista Quimera, debe de hacer más de 20 años”.

¿Por qué suele rechazar las entrevistas?

–Mi actividad no se debe publicitar. Los gestores no debemos estar sometidos a la luz pública. Cuanta más publicidad tengan el escritor y la editorial, mejor. Sin embargo, en esta ocasión he hecho una excepción, valorando el coste que supondrían todas estas páginas en el magazine si las tuviera que pagar como espacio publicitario, y he decidido que no puedo rechazar un regalo tan caro. Es una plataforma excelente para promocionar algunos de mis proyectos. Y, por otro lado, me siento al final de una vida.

¿Tantos proyectos tiene? ¿No se había retirado?

–Me retiré para continuar mandando, pero sin tener que madrugar. Hace dos años, creé la empresa Barcelona Latinitatis Patria, que impulsa el proyecto de crear en Barcelona, que es la capital de la literatura hispanoamericana, un edificio monumental que contenga los manuscritos, archivos y bibliotecas personales de grandes escritores y editores. Sería una especie de gran centro de lectura, a la vez museo y biblioteca, en el que todo estaría digitalizado, con una librería en la que, gracias a la técnica “impreso sobre demanda”, el lector podría adquirir cualquier libro, aunque estuviera agotado, en tiradas de un solo ejemplar. La segunda gran iniciativa es Barcelona Ad Libitum, empresa dedicada a la música, mejor dicho, a representar a músicos.

¿No le pesa la edad?

–Me pesan los quilos. La edad solamente me corroe.

Usted ha compartido momentos de intimidad extrema con sus autores: les ha buscado pisos, les ha alejado de novias, ha sido su confesora…

–He compartido con ellos muchas cosas. Por ejemplo, en un viaje que hicimos Joseph Maria Castellet y yo, con Mario Vargas Llosa, a Perú, en los años setenta, fuimos a Iquitos, en el Amazonas, a una sesión nocturna para probar la ayahuasca. La chamana actuaba en un claro rodeado de selva. Tenía una sábana blanca en el suelo, una pequeña bombilla de poquísima potencia enganchada a un árbol, y una ayudante jovencita sentada en el suelo. Mario nos observaba, pero él no tomó nada. Nos dieron una dosis prudente de droga, un bebedizo espeso y repugnante en un culo de vaso. Al principio no parecía hacer mucho efecto, y pensé que como Castellet medía dos metros y yo era corpulenta, no notaríamos nada. Estábamos tumbados en la sábana para observar la bóveda celeste, una experiencia que debía intensificar el efecto de la droga. Otro cliente de la chamana, enfermo, sufría pequeñas convulsiones. De repente, le dije a Castellet al oído: “Nadie se va a creer esto en Barcelona, y más cuando les digamos que la ayudante de la chamana estaba leyendo un libro-pulga de Bruguera”. Esta frase me produjo una hilaridad tremenda, no podía parar de proferir sonoras carcajadas, acompañadas de hipo y espasmos. Iba dando vueltas en el suelo como una croqueta, sin parar de reír, hasta que la chamana intervino, porque podía haber peligro, y me hizo unas friegas con alcanfor en el cuello y la nuca mientras cantaba: “Alcanforito, alcanforito”, una melodía que se me ha quedado clavada siempre en la memoria. Más tarde me explicaron que la droga exacerba tu estado de ánimo. Lo recuerdo como una experiencia divertida, exótica, aunque nunca más volví a probar la ayahuasca.

Usted tiene un método, digamos, empático: crea una relación personal muy fuerte con sus clientes, unos lazos afectivos indestructibles. Y, después, ya vendrán los negocios…

–Es al revés: primero viene la relación profesional, y después, debido a mi carácter, intento solucionar problemas de todo tipo.

Pero, más que relaciones profesionales, parecen familiares…

–Escuche este mensaje que me ha dejado Juan Goytisolo en el contestador: “Carmen, solo quería oír tu voz y decirte que cuentes con mi oferta permanente de matrimonio, a pesar de la diferencia de sexo” Ja, ja, ja… Con muchos autores he tenido gran complicidad. Momentos que no se olvidan. Prefiero decir “complicidad” que “intimidad”, que puede malinterpretarse. Yo tuve durante años en mi oficina un cartelito que advertía: “Jamais avec les clients!”

Son legendarios sus gestos, sus detalles, sus lujosas recepciones, su generosidad con autores a los que paga una mensualidad…

–Yo, más que generosa, soy dadivosa. Tengo un sentido grandioso de la existencia. Me comporto como me gustaría que fuera la vida.

¿Qué le queda por conseguir?

–Aspiro a que los autores de éxito se conviertan en estrellas económicamente hablando, comparables a un tenista, un cantante de ópera o un futbolista. Todavía hay muchos escritores excelentes sin un centavo.

¿Cuál ha sido la mayor decepción de su carrera?

–Cada vez que un autor me despide. La suerte es que la mayor parte de las veces, pasado un tiempo, regresan… Y debo reconocer que tengo una gran alegría con este regreso, excepto algunos casos, en que me siento tan dolida que prefiero borrarlos de mi mente. Una vez leí a un autor al que consideré un genio, así que enseguida le escribí para representarle y me dijo que sí. Un tiempo después, me comunicó por carta que no renovaría conmigo. Aquello me causó tanto dolor, me provocó un drama de tal naturaleza, que lloraba desconsoladamente noche y día. Como no se me pasaba, mi marido y mi hijo me llevaron a Portugal, a cambiar de aires. ¿Cómo se pudo producir en mi interior un disgusto tan grande? Me preocupó el tema y me sometí a un análisis profundo: llegué a la conclusión de que lloraba por vanidad, porque era yo la que me sentía genial.

“Yo no tengo amigos, tengo intereses”. ¿Es una frase suya?

–Sí. Siempre he sido reticente a considerar amigos a gente con la que tengo un compromiso profesional, y ya no digamos los que son mi principal sostén económico. Un día, por teléfono, García Márquez me preguntó: “¿Me quieres, Carmen?” Yo le respondí: “No te puedo contestar, eres el 36.2 por ciento de nuestros ingresos”.

¿Cuál ha sido su objetivo en la vida?

–La independencia. Y la única vía a la independencia real es la independencia económica. Nunca lo he escondido: el sueño de mi vida ha sido ser rica. Ha sido una obsesión: tener suficiente dinero como para no tener que pensar más en él. Cuando en los años sesenta me preguntaban qué me gustaría ser, yo respondía: “Hija de Magín Tusquets”, un editor rico, padre de Esther y Oscar. Siempre he sentido fascinación por el dinero, por el poder que da, la libertad de actuación que te otorga. Cuando he visto cosas que podían incrementar mi economía, me he acercado a ellas. Lo más próximo a ese sueño lo viví con Ricardo Rodrigo. Con él, y con Roberto Altarriba, fundamos RBA (iniciales de Rodrigo, Balcells, Altarriba), como empresa de servicios para editoriales, un proyecto que fue un éxito desde el primer día. Me parecía totalmente legítimo tener una empresa de servicios para autores, como es mi agencia, y otra para editores, como era entonces RBA.

Pero usted lo dejó. ¿Qué pasó?

–Lo hice con gran dolor de mi corazón. Planeta se asoció con RBA con el propósito de integrar a Rodrigo como factótum del grupo. Ni Lara ni Ricardo me obligaron a marcharme, al contrario, aceptaban que siguiera con ellos, pero tuve que escoger entre la agencia o RBA, ya que mis principales clientes de la época no hubieran visto con buenos ojos que compatibilizara ambas cosas.

¿Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa siguen siendo hoy sus principales clientes?

–Ahora habría que añadir a Isabel Allende.

¿Y por qué sintió tanto dolor?

–Por separarme de Rodrigo. Su proyecto era espectacular, y él ha sido siempre un genio. ¿Ve aquella foto que tengo en la estantería, junto a las de Gabo y Vargas Llosa? Es Ricardo.

Cumplió su objetivo de ser rica, ¿no?

–Ni pensarlo, pero no me quejo. Tendríamos que ponernos de acuerdo en establecer una cantidad a partir de la cual uno es rico. Desde luego, es un milagro que una cosa tan absolutamente deprimida como el mundo de los derechos de autor me haya permitido vivir como he vivido. A mí, parafraseando a un amigo, me gustaría vivir como vivo, pero pudiendo. Siempre he estado por encima de mis posibilidades.

¿Cuál es el momento en que realmente da usted el salto?

–Si contesto con honradez, los que dan el salto y se hacen grandes y famosos son los escritores a los que acompaño. Yo me limito a dar el salto junto a ellos.

¿Siempre quiso ser agente?

–Tengo más vocación de poderosa que de agente literaria. Sucede que, cuando veo pasar a alguien con talento por delante de mí, me faltan sombreros para quitármelos. Pero yo lo que quiero ser de mayor es poderosa de verdad, de esa docena de personas que sientan a los presidentes a su mesas y deciden nuestro futuro sin que nosotros lo sepamos.

A pesar de que sabe usted mucho de números, y de negociaciones, ¿su gran pasión son las letras?

–La lectura es el acto más libre y solitario de un individuo. No se puede aprender nada sin leer y, cuando encuentras algo que te complace, es un placer irrepetible, una auténtica orgía del cerebro. Para experimentarla, no es ni siquiera necesario dedicarle muchas horas: leer 20 páginas de un libro importante te puede cambiar la vida.

¿Puede explicarnos cómo revolucionó el panorama mundial de la edición?

–Cambié las reglas del juego. Creé por primera vez dos elementos nuevos en los contratos: límites geográficos y de tiempo. Antes, las novelas se vendían a un editor para toda la vida y en todo el mundo. Fue un hallazgo que me dio gran seguridad, hoy es el procedimiento habitual en todo el mundo.

¿Pero cuál fue el detonante? ¿Qué manzana le cayó en la cabeza?

–La primera reacción de rebeldía que recuerdo es al leer un contrato entre la sociedad de autores inglesa y un editor de Barcelona. El autor era nada menos que Rudyard Kipling y, por 75 libras, se concedían a la editorial los derechos indefinidos de Kim. Me dije: una de dos, o este oficio que hago no vale nada, y abandono, o hay que cambiar las cosas. Decidí convertir mi trabajo en algo digno. Y, poco a poco, fui cancelando los derechos indefinidos de autores como Faulkner, Joyce, etcétera. Imagínese: los herederos de Neruda todavía hoy cobran una cantidad de la que se puede vivir. Con el sistema anterior, Neruda habría cobrado una sola vez por cada uno de sus libros.

Antoine Gallimard y Francis Esmenard, los dos grandes editores independientes de Francia, acaban de declarar que están contentos de que en Francia la figura del agente no tenga gran importancia, porque eso demuestra que “los editores hacen bien su trabajo” y que no han caído en el modelo estadounidense.

–Todo eso se resume en una sola frase: la edición is a job for a gentleman. Ser editor es un oficio de señoritos. Es elegantísimo, el no va más. Pero, en ocasiones, dejar a un editor que gestione los derechos de sus autores puede ser dejar al lobo a cuidado del rebaño. Un agente siempre juega a favor de los autores, porque trabaja para ellos. Las editoriales tienen más intereses, y existe el riesgo de que acaben cambiando cromos.

¿El editor no puede ser un buen agente para el autor?

–Puede serlo, sin ninguna duda. Incluso puede ser un placer extraordinario almorzar con él una vez por semana, mientras se habla de literatura. Sucede que, en esos almuerzos editor-autor, hay un tema tabú: el dinero. Al autor le da vergüenza, y el editor no lo encuentra elegante.

¿Cómo consiguió que los editores aceptaran sus nuevas reglas?

–Cuando tienes un autor como Gabriel García Márquez, puedes montar un partido político, instituir una religión u organizar una revolución. Yo opté por esto último. Pero no se crea que fue fácil: me atacaron por todos lados. Me consta que en una reunión en la sede del gremio de editores, se dijo textualmente: “Hay que acabar con esta señora”. En esa reunión, se plantearon hacerme el boicot, es decir, que todas las editoriales de España dejaran de tratar conmigo. Tengo entendido que uno de esos editores salió en mi defensa: José Manuel Lara.

También ha influido en Hacienda, ¿no?

–Es que lo que hacía Hacienda con los escritores era un escándalo mayúsculo. Manuel Vázquez Montalbán, cada vez que tenía que pagar sus impuestos, se veía obligado a escribir un libro corriendo. Un día que me encontré a Ana Botella, ella me preguntó cómo funcionaba el tema de los autores. “Es muy sencillo –le respondí–: la empresa privada les roba, y el Estado les expolia”. Le impresionó tanto esta respuesta que me citó en la Moncloa para que se lo explicara con detalle.

El sistema de premios literarios sufre una crisis de credibilidad. Se dice que las agentes tienen parte de culpa, negociando bajo la mesa quién se va a llevar tal o cual premio.

–Hay que distinguir, primero, dos tipos de premios: los institucionales y los comerciales. Los institucionales (el Nobel, el Cervantes, el Príncipe de Asturias) gozan de gran prestigio, y todos desean conseguirlos. La clave para ello es ser reconocido por los jurados de las instituciones que los conceden. Quienes ejercen ese poder son personas que se han ganado a pulso su prestigio, y hacen uso de su influencia protegiendo, lógicamente, a aquellos candidatos que les son afines.

¿Y los premios comerciales, como el Planeta, el Alfaguara, el Nadal, el Herralde…?

–Todo el mundo los critica, sin conocer su funcionamiento.

Explíquemelo usted…

–En España se da la situación insólita de que hay miles, porque cada editorial concede el suyo, cuando no varios. Cada premio tiene una dotación económica, a cuenta de las futuras ventas del libro. Tienen la enorme ventaja, para la editorial, de que el premio ocupa un número de páginas importante en la prensa y espacios en todas las televisoras y radios, que tienen mucha más eficacia que los anuncios, ya que la publicidad de un libro tiene muy poca repercusión sobre sus ventas y es tan cara que un solo título no puede soportar su coste.

Pero ¿cómo funciona el mecanismo de esos premios?

–Transcurrido un tiempo desde la publicación de las bases, si la editorial no ha encontrado ningún título que le plazca, se dedica a cortejar a los escritores que cree ideales para ganar. A veces se acercan a un escritor de otra editorial, lo que algunos consideran un acto de pillaje, aunque para mí es legítimo.

Así, ¿son las editoriales las que buscan un ganador?

–En realidad, los directores literarios nunca garantizan el premio, hay que decirlo en su honor. Ellos están segurísimos de que el autor al que abordan lo ganará, pero no lo garantizan explícitamente, dejan la decisión en manos del jurado. Una práctica habitual es decir: “Te compramos la novela por una cantidad que es la mitad de la dotación del premio. Si pierdes, te la publicamos pagándote ese dinero. Y si ganas, ganarás el doble”.

Siempre ha estado tan segura de sí misma.

–Le voy a hacer una confesión: no me siento parte de nada. Eso ha sido un motivo de gran inseguridad y angustia toda mi vida, como el creer que no estaba a la altura intelectual de mi entorno.

¿Detrás de toda gran mujer hay un gran hombre?

–Mi marido tiene un ojo extraordinario. Me han servido de mucho sus consejos a la hora de embarcarme en proyectos hiperbólicos. ¿Sabe por qué? Porque él los encuentra todos mal, y claro, acierta bastante (risas). En serio, gracias a Dios que, mientras yo montaba la agencia, él tenía empleo y podíamos vivir de su sueldo.

¿Cómo ha compatibilizado su condición de madre con su carrera profesional?

–Mal. Una carrera profesional no es compatible con la maternidad. Para mí, una carrera es tener disponibilidad las 24 horas del día, y la maternidad, hasta los cuatro años, lo mismo. Si usted es burócrata o funcionario, es más sencillo tener niños: no le despedirán nunca y hay facilidades para escaparse. Cuando nació mi hijo, en 1964, lo tomé fuertemente en mis brazos y me dije: “Carmen, no tendrás más hijos”, primero porque no quiero dividir el amor hacia este hijo con nadie, y segundo, porque tampoco creí que pudiera darle una educación excelente. Entonces ya tenía la agencia, pero vivía del sueldo de mi marido. Y me lancé de cabeza y patas al trabajo. Los otros (mi marido y mi hijo) se adaptaron.

Ahora vive en el piso de arriba de su agencia, en una perfecta fusión trabajo-vida privada.

–Me vine a vivir aquí en 1991 o 1992, cuando mi hijo ya se había casado, porque yo llegaba a las 11 de la noche, entraba en la cocina, abría la nevera y me encontraba siempre un plato de macarrones fríos que recalentaba. La vuelta a casa para mí se simboliza en aquellos macarrones fríos, y una mesa individual, con un cubierto y un plato, y mi marido durmiendo como un tronco. Todo el mundo estuvo en contra de que viniera a vivir aquí, encima de la agencia, toda mi familia. Pero lo hice, y los noventa han sido unos años de gran creatividad y confort.

¿Y la de los 2000?

–En el 2000 cumplí 70 años, recibí la Medalla del Mérito Cultural y me sentí obligada a retirarme. Cumplí mi sueño de tener una casa frente al paisaje de mi infancia y, si debo ser sincera, en 2001 fui feliz por primera vez en mi vida. Jugué a casitas: compraba casas viejas, las reconstruía, me peleé cuerpo a cuerpo con toda la familia, que se oponía a ello, incluso mi marido hablaba de “demencia senil”. Hoy entiendo y sufro sus razones.

¿Qué siente cuando mira a su alrededor, al mundo de la edición?

–La impresión es muy buena. La compraventa de editoriales es constante y seguirá, con los grandes grupos abriendo un amplísimo espectro o, para ser más gráficos, abarcando la totalidad de la cultura. Casi todos ganan dinero. Veo a las editoriales pequeñas esperando crecer, y a las minúsculas, creando un modelo o una línea lo más definida posible para que los lectores se identifiquen con ellos. La complicación es la librería, que se vuelve más grande, y las editoriales pequeñas acabarán vendiendo sus libros los domingos a la salida de misa de 11, por Internet, en pequeños clubs de suscriptores…, pero siempre de manera difícil. No se olvide de que vivimos plenamente en la era digital. El cambio es y será brutal.

Si ahora se declarara un incendio, ¿qué libros salvaría de esta casa?

–Poco a poco, iría agarrando todo lo valioso, y empezaría por Platón.

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