Martes 25 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Juníperos

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 27-09-15
Por: Ana María Rodas
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En alguna época de mi niñez, cuando en casa se mencionaba el nombre de fray Junípero Serra, la imaginación se me desbocaba. Por un lado, mi abuelo materno, alguna vez que estábamos comprando el pinabete navideño, me había dicho que le recordaba los juníperos que había admirado en alguno de los países que había visitado durante su juventud. No recuerdo de qué país se trataba. Solo sé que aquellos árboles que habían captado la atención de mi abuelo, eran muchos y se hallaban situados, según me contó, en medio de la brillantez y blancura de un paraje cubierto totalmente por la nieve.

Los pinabetes, cuando era chica, se vendían en el atrio de Catedral; eran inmensos, vistos desde mis tres o cuatro años. Mi madre y mi tío Aurelio tomaban el árbol, nos echaban de la sala, cerraban las puertas y nos quedábamos algún rato tratando de escuchar lo que decían. Imposible.

La única ceremonia a la que asistíamos todos era al encendido de las velas blancas, atrapadas firmemente por el árbol mediante unos objetos de latón plateado en forma de bellotas de encino.

Mientras tanto, escuchábamos apenas el sonido del papel de seda en el que se envolvían los adornos en forma de bolas blancas, escarchadas algunas, radiantes y que el tío bajaba con aires de solemnidad cuando se acercaba Nochebuena. Era preciso resguardarlas, porque había aires de guerra en Europa y tal vez no las fabricarían durante mucho tiempo.

Tras varias horas de espera, que tratábamos de distraer tomando chocolate, o leche con pan y mantequilla, saliendo a correr por aquel pasaje de la 9a. avenida que era nuestro parque particular, mamá llamaba y la familia entera acudía, se agolpaba frente a la puerta de la sala, que se abría lentamente para mostrarnos el trabajo efectuado, que a mí me parecía la octava maravilla del mundo

Allí estaba el pinabete, cubierto de bombas navideñas y bricho, llenando del olor especial, delicioso, que suele despedir esa variedad de árboles, la sala. Escurriéndose el aroma por la puerta hacia los dormitorios y el resto de la casa.

Nos dejaban encender las primeras velas, las que estaban sujetas a las ramas inferiores y luego papá y los abuelos encendían las que estaban a medio árbol. El tío, subido en una escalerita, encendía las que llegaban a la copa del pinabete, rematado por un cono de vidrio, plateado y cristalizado como estrella.

Yo recordaba la historia de los juníperos de mi abuelo.

Por otra parte, mamá en alguna ocasión nos habló de un personaje religioso, llamado Junípero Serra, español nacido en Mallorca, que había viajado a California como misionero, a pesar de ser un admirable doctor en filosofía y en teología. Franciscano, para más señas, había dicho mi madre la primera vez que nos habló de él. Con ello quería decir que era diferente al tipo de religiosos que vinieron a América tras la conquista, porque los franciscanos, explicaba, constituían un movimiento de renovación.

Evidentemente, centrados en el amor al Dios cristiano, pero además, por elección propia, reservados a una vida de pobreza y fraternidad, hallaron eco entre las clases más pobres, las más desprotegidas.

Hubo momentos de mi infancia en que confundía los árboles del abuelo con ese cura bondadoso que había abandonado la ocasión de gozar de los beneficios de ser un religioso en España, favorecido con alguna parroquia en territorio de fieles ricos, como yo sabía que existían, porque mamá nos leía mucho y de todo.

Llegó el momento en que fray Junípero y los árboles siguieron su propio camino en mi mente.

Pero he recordado esa confusión infantil cuando Francisco, el papa que tanto admiro, canonizó en Washington durante la semana que hoy termina, a fray Junípero Serra, afirmando que el fraile misionero franciscano “buscó defender la dignidad de la comunidad nativa, protegiéndola de cuantos la habían abusado”. Y señaló que se trató de “abusos que hoy nos siguen provocando desagrado, especialmente por el dolor que causan en la vida de tantos”.

Espero que el mensaje de Francisco, pertinente para la época que vivimos haya sido comprendido en Estados Unidos y en todo el mundo, porque los pobres son demasiados. Y los pocos seres excesivamente ricos, son demasiado ricos.

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