Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

“Ixcanul” o el poder del signo estético

La respetada académica y crítica literaria Helen Umaña hace un análisis de la película del guatemalteco Jayro Bustamente, a partir de la rica simbología que se desprende de su tratamiento estético.

Fecha de publicación: 20-09-15
Por: Por Helen Umaña
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En primer plano, el rostro hierático e impasible de una joven mujer que evoca las más perfectas esculturas mayas. Los ojos entrecerrados parecen reconcentrados en sí misma. Tal vez, un balance o evocación de lo que, en breve lapso, le ha tocado vivir. Quizá, presentimiento del amargo futuro que vislumbra… Después, la escena en donde su madre Juana le arregla el rostro y el cabello con esmero.

El rompecabezas empieza a armarse cuando María y Juana arrastran al corral a un robusto cerdo para que preñe a la hembra. Frente a la expectante joven, aunque fuera de foco, los gruñidos de las bestias desfogan su sexualidad. Con impactante realismo, cumplida la función de semental, el cerdo es degollado: sin atenuantes, la incisión sobre la yugular y el rojo borbotón cayendo sobre un recipiente. En cascada, cada signo nos deja sin aliento.

En la habitación que la familia comparte, Juana demanda del marido la caricia nocturna. Ante la insomne muchacha, por segunda vez, se cumple el rito dedicado a Ixchel, diosa de la fertilidad, presente, en cuarto creciente, en otra escena memorable. En el cafetal, cargado de frutos de rojo profundo, el tarambana de Pepe la urge a que colme sus deseos. A María, tal vez la inquieten las mismas urgencias, pero su plática va por otro rumbo. Pepe sabe de Estados Unidos y le cuenta de las maravillas que están un poquito más allá del gran volcán: luz eléctrica permanente, dólares a granel y en donde, corolario supremo, hablan inglés…

Por la vaga promesa de llevársela consigo, María, en un traspatio, entre orines y vómitos de Pepe y de otros que han ingerido licor, le entrega su virginidad. Queda preñada; Pepe se esfuma y los intentos de aborto ejecutados por la madre fracasan. Conforme avanza el embarazo, Juana, con sabiduría ancestral, se ilusiona con el nieto que se anuncia: un niño en gestación es “la luz de la vida”, comenta. Controla el enojo del padre y, en bellísima escena, durante un baño en el temascal, ofrece consejos para un parto feliz.

Ignacio, el capataz de la finca y prometido de María, indignado, amenaza con desalojarlos de la parcela que ocupan. Juana le ha dicho a María que una mujer embarazada lleva la vida consigo. Hasta las serpientes huyen con solo sentir su olor. Intentando salvar a la familia del desalojo, para sanear el terreno, María camina por él y una serpiente la muerde. Aunque ella se salva, en el hospital capitalino, le indican que la recién nacida murió; les obsequian el féretro, pero no les permiten ver el cadáver.

Para satisfacer esa necesidad, María desentierra el ataúd y, adentro, solo encuentra ladrillos: ha sido víctima del robo de su hija realizado por el personal hospitalario en connivencia con Ignacio, único que habla español. En escena de compra-venta, Ignacio y el padre de María tranzan, mediante un pago que incluye la permanencia en la parcela, la unión con María, quien cuidará a los hijos del matrimonio anterior de Ignacio.

La historia se cierra completando la secuencia inicial: de nuevo, la madre arregla el tocado de María antes de celebrar la boda. Pero se agrega un detalle magistral: el arrugado velo blanco que se coloca sobre su rostro. Un logrado símbolo de la barrera que difícilmente ella podrá derribar. A la puesta del velo, abruptamente, como si ella hubiese entrado en un túnel sin posible salida (el matrimonio impuesto equivale a otra forma de esclavitud), el negro profundo indica que la película ha concluido.

Los signos

Con economía descriptiva, el discurso fílmico pareciera ser un documental en el que, sin recursos demagógicos, se hubiesen expuesto algunos aspectos de la problemática de los pueblos originarios. Entre otros: explotación de las empresas agroexportadoras; desconocimiento del español como situación de desventaja frente a la cultura ladina; el tráfico de niños cebándose en quienes carecen de recursos jurídicos y lingüísticos para defenderse; la cultura patriarcal que dispone de la vida de la mujer sin contar con su libre determinación; el abandono de las áreas rurales (falta de agua potable, luz, vivienda…) y el pensar que la inmigración a Estados Unidos representa la solución de carencias y necesidades.

Pareciera ser un documental. Pero no lo es. Del primero al último fotograma, una historia que acude a signos de carácter estético hábilmente seleccionados dentro de un abanico de posibilidades. La luz jugueteando en el verde esmeralda de la vegetación; las tierras calcinadas en las laderas del volcán; el padre descargando su furia no contra la hija sino contra un gran leño; María, durante la noche (lo oscuro, lo instintivo, lo irracional) saboreando los frutos dulces del café; los campesinos empinándose las botellas de licor; la luna en cuarto creciente aludiendo al hijo que se gesta…

Todo, con un imponente telón de fondo: el omnipresente Ixcanul, el volcán cuyos retumbos constituyen el gran recurso sonoro. Quizá, un símbolo de la dualidad, fundamental en la cosmovisión mesoamericana: a él se le reza para solicitar el bien y la felicidad. Pero también se le teme: las huellas de su cólera están presentes en las ennegrecidas rocas. Tal vez en ese campo cae la visión de la serpiente: es “sagrada”, según la oración de Juana, pero, a la vez, es portadora de muerte.

Las secuencias con animales apuntan en varias direcciones: el cerdo (la sexualidad en su expresión más telúrica que solo obedece al instinto); las aves cuyos huevos se recogen en el gallinero (alusión a la nueva vida en el útero de María) y la vaca en agonía (la inútil lucha por no morir). Cada detalle cargado de sentido. Escogido para que cumpliese una función semántica como indicio del concepto que se quiere sugerir.

En interrelación, los signos son múltiples. El acto sexual en medio de la inmundicia (no realizado por amor sino por motivaciones ajenas a este sentimiento); la luna en cuarto creciente para aludir a la vida que se está formando en el vientre de María; la mano amorosa del padre de familia sobre el brazo de Juana y que ella traslada inmediatamente a María cuando regresan del hospital. A manera de cadena de amor y solidaridad, se proclama la unidad de la familia.

Retumbos y susurros

La película carece de música de fondo, tal como estamos acostumbrados a presenciar. Acertadamente se sustituye mediante sonidos que ayudan a conformar la atmósfera y el espacio que vivifican y le dan verosimilitud a la historia en conjunto: en primer lugar y como auténtico leit motiv, los retumbos volcánicos; los ruidos nocturnos; el susurro del viento; los estertores de muerte en la res tirada a mitad del camino; los chillidos del cerdo; la canción de ínfima calidad en el tugurio cantinesco; la versión en lengua indígena de un canto tradicional que, en coro, entonan los trabajadores; las notas de la marimba…

Insuperable el personaje de la madre. Mujer fuerte e infatigable. Columna vertebral de la familia. A carcajada batiente y con comentarios picarescos durante el banquete previo a la boda de María. Llevando la iniciativa sexual con el marido. Mientras lo cree una solución, intentando los mecanismos del aborto, pero amorosa cuando advierte que el hijo por nacer va tornando voluminoso el vientre de María (gozo al sentir las pataditas). Frente a un padre que le niega la palabra, entiende que el hijo es la expresión suprema de la vida. Imagen de la desesperación cuando da su propio aliento intentando reanimar al inerte cuerpo de María. Impotente, reclamando por el nieto robado. En auténtico vía crucis (tres caídas incluidas), cuando, después de dejar el hospital, casi sin fuerzas, carga a María para conducirla al temascal, refugio terapéutico y religioso que también, por su forma redonda (como los antiguos hornos rurales), remite al vientre materno, cueva segura al inicio de la vida. Juana, como todos los personajes, sin perder coherencia en la caracterización.

En Ixcanul existe un aspecto que no puede soslayarse. El tema del sincretismo cultural, realidad con más de 500 años de existencia y que forma parte del entramado nacional y que, por lo mismo, aparece constantemente en la película. Juana le reza y enciende velas al volcán (sagrado como las cuevas y las montañas) mientras reza el Padre Nuestro. Frota el vientre de María con una piedra e invoca a la trinidad cristiana. Maximón recibe el humo del copal, pero en el recinto hay objetos del culto que trajeron los españoles. El canto de los cortadores de café está en idioma indígena, pero es la traducción de una canción del folclore que se importó de España. Se acude al licor en distintas ocasiones, pero no se ingiere en tecomates sino en las botellas que ostentan la etiqueta de un aguardiente comercial. En las viviendas, el galón de plástico cuelga de las paredes de la choza en donde refulge el fogón con el comal de barro. La sobrevivencia de María se supedita a la comunicación en español por parte de Lorenzo, personaje que conoce los dos idiomas. El monte infestado de serpientes se trata de sanear utilizando varios mecanismos, especialmente dos: el veneno que se asperja con bombas diseñadas para el efecto y los rezos del guía espiritual. Además, Juana sabe que las oraciones de este último no tendrán el mismo efecto que la medicina del hospital capitalino. Por eso, la urgencia de llegar a este último, en una de las secuencias más impresionantes de Ixcanul.

Pero de casi todas las que hemos reseñado se podría afirmar lo anterior. Ixcanul es una película que no cede en realización estética y en contenido humano frente a cualquier cinematografía contemporánea.

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