Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Una carretera, un árbol

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 13-09-15
Por: Ana María Rodas
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Después del terremoto del 76 fuimos a Panajachel con Aline Blanchard, quien ahora es una estrella que brilla en los cielos despejados de diciembre y enero, pero que vivió realmente, no es algo creado por mi imaginación. Y durante muchísimos años fuimos amigas cercanas. La conocí en la Galería DS, que Danny Schaffer y Luis Díaz fundaron en un local pequeño en la avenida Reforma, donde antes de convertirse en el centro de las artes plásticas en los años sesenta, se vendían telas de esas maravillosas, llamadas típicas.

Aline fue, durante muchísimo tiempo, la musa de Efraín Recinos. Está presente en un sinnúmero de telas, aparece y desaparece en los murales que el artista llevó a cabo en muchos edificios de la ciudad de Guatemala, y se para en dos fabulosas piernas en una escultura de plexiglás, color azul pavo.

Durante años y años traté de convencer a Efraín de que la escultura se luciría enormemente en el jardín de mi casa, pero todo fue en vano, y cada vez que iba a visitar al maestro a ese estudio caótico que conservó en un espacio del Teatro Nacional desde que lo construyó, mi mirada codiciosa se quedaba pegada a la escultura, que auguraba la presencia de Efraín.

Pensando en la escultura pasé por Aline y nos fuimos en el Oldsmobile color vino a Panajachel. Era la primera vez que, después del terremoto, iríamos por la antigua carretera, la que reconstruyeron los mexicanos como ayuda al país. Y es que a las dos nos atraían las curvas del camino viejo, la profundidad de los barrancos, la profusión de árboles. Subir y bajar por antiguos caminos de mula que fueron ampliados para que por ellos pudieran ir los automóviles, los buses de pasajeros.

El año anterior al terremoto, fatigada por los trajines del periodismo, pasé muchos meses dedicada a guía de turista. Justamente en el Oldsmobile color vino llevaba a alguna pareja en el viaje de cajón: La Antigua, Panajachel, Chichicastenango. Por el camino nuevo, claro, con grandes tramos rectos, situada la carretera en la parte alta de las montañas que había que subir y bajar si se escogía apartarse de “la carretera nueva” al llegar a la entrada de Patzicía.

Y pasamos por Patzicía y por Patzún, subiendo y bajando trazos desconocidos, y llegamos al paraje de los Chocoyos, donde en altísimas laderas de las montañas, hasta hacía pocos meses, había agujeros en los que se refugiaban las aves, tejían sus nidos y empollaban.

Desde la curva donde antes se abrían las laderas con sus pájaros ruidosos, flanqueando un río que transcurría lento y soñoliento en el fondo del barranco de más o menos 300 metros de ancho, vimos desoladas los muros derrumbados, el río casi cubierto por el material claro de las montañas que cayeron violentas al cimbrarse la tierra.

Comencé a llorar. Aline no dijo nada. En silencio seguimos el trazo que, más o menos, se adecuaba a la carretera perdida para siempre. Nunca más aquel terreno claro, amplio de paredes agujereadas flanqueando el río calmado y claro. Nunca más, me dije y lloré por primera vez desde el día del terremoto. Había sufrido una alergia y me excusaba de la nariz tapada pensando en los escombros que se recogieron durante cien días por toda la ciudad.

No es alergia le dije a Aline, que siendo psicóloga sabía muy bien lo que pasaba conmigo. No necesitaba explicarle nada. Lloraba por los Chocoyos, pero lloraba por todos los pueblos derrumbados, por aquellos paisajes como de Nacimiento que se vislumbraban por todo el país y que ya nunca volveríamos a ver.

Y los Chocoyos y las casas de adobe y teja no eran más que la representación, en mi mente, de los muertos en aquella sacudida telúrica. Siempre, cuando hay razones para llorar, me trago las lágrimas y han de pasar años para que las deje escurrirse por las mejillas. Siempre.

Ascendimos y la carretera ya era otra vez la de antes. El ciprés macho, de color azul, que aún está de pie al lado derecho, cuando al subir vas a darte de pronto con el lago más hermoso del mundo, amplio, rodeado de montes y volcanes, el ciprés, digo, como anuncio de las aguas en las que íbamos a consolarnos por las pérdidas, nos vio pasar en el auto color vino.

Y era la personificación de la vida, que renace a pesar de todo.

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