Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Relato de una vida de mierda

Por Dante Liano

Fecha de publicación: 30-08-15
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Las lecturas de la infancia gozan del variado privilegio de la promiscuidad: se puede leer, con inocencia, Los hermanos Karamazov, y, sin ninguna inocencia, las presuntuosas aventuras del ratón Mickey. Con vasto espíritu sádico, las desgracias del Pato Donald, con idéntico interés con el que se enfrentan ‘La isla del tesoro’, o ‘Moby Dick’, leídas más por amor de aventura que por la fama de clásicos que exhiben. A la par de Julio Verne o Ernesto Salgari, todos los comics posibles, incluso (o quizá sobre todo) los que publican los periódicos.

Había (supongo que otro tipo de entretenimiento las ha sustituido) una serie de folletos ilustrados cuyo irrefutable nombre era ‘Vidas ejemplares’. Desfilaban, por cada uno de sus números, santos varones y santas mujeres de quien las figuras decantaban martirios, persecuciones, milagros, ermitas, apariciones, desapariciones, transubstanciaciones, ubicuidades varias, ascetismos, místicas, transportes y mudanzas en un católico delirio inalcanzable para el espíritu infantil (enigmáticamente, en esa serie, los evangélicos, los budistas, los islámicos no parecían tener “vidas ejemplares”).

Fuera de la religión, otros escritores han dedicado su trabajo a la reconstrucción de vidas que de alguna manera se pueden llamar admirables. Algunos, exagerando en el elogio, hasta convertir a los brillantes y talentosos pecadores en una suerte de santos laicos. Otros, espiando por el ojo de la cerradura, de modo que uno puede ver a grandes personajes en bata y pantuflas, con ese vasto abanico de pequeñas miserias que son las debilidades humanas, pero que de alguna manera sirven para sentirse una suerte de vecinos de los grandes hombres. Las biografías siempre están en la cuerda floja, entre la hagiografía y el denuesto.

Otros prefieren anticipar a sus futuros biógrafos y escriben, aun cuando les falta mucho por vivir, favorables recuentos (y nunca ha servido mejor esta ambigua palabra), con el aire confesional y pícaro de un ‘Confieso que he vivido’, que es como decir: “no me estén molestando si tengo algún defecto”; o la maravillosa novela de invención llamada ‘Vivir para contarla’, en donde uno sospecha que García Márquez le quiso ganar la mano a su excelente biógrafo Gerald Martin. Solo que la biografía de Martin, con un estilo elegante y educado, cuenta más de lo que García Márquez inventa.

Emanuele Carrére, en una prosa seca y directa, ha escrito las que se podrían considerar, sin exageraciones, dos obras maestras de la biografía novelada. La primera es la sombría historia de un impostor, Jean-Claude Romand, quien, a punto de ser descubierto, mató a su mujer, a sus dos hijos, a sus suegros y, por último, torpemente trató de acabar consigo mismo. Sobrevivió, el infeliz. Por años, había hecho creer a todos sus conocidos que era una luminaria de la medicina y que ejercía un importante cargo en alguna organización internacional. Eso lo obligaba a viajar constantemente por diferentes capitales de Europa. Viajaba, sí, pero frecuentemente dormía en su automóvil y nunca tuvo ningún trabajo. Su impostura le servía para estafar a todos los que conocía, pues fingía tener relaciones importantes en el mundo financiero. Puesto que prometía intereses sustanciosos, la mayor parte de parientes y amigos le confiaron sus ahorros. Y con esos ahorros llevó una vida de lujo por muchos años. Hasta que el dinero se acabó y la gente comenzó a pedirle cuentas. Fue entonces cuando mató a toda su familia.

La otra biografía extraordinaria es ‘Limonov’, vida de Eduard Savenko, uno de los últimos hijos de la Unión Soviética. Savenko nace en el seno de una familia proletaria, crece en Ucrania, y ejerce todos los oficios que un pícaro puede lucir. Delincuente juvenil, preso en un manicomio criminal, joven poeta de gran futuro, exiliado político en Nueva York, sucesivamente emarginado por elección y homosexual por casualidad, dandy de barriada, nostálgico del comunismo y fascista por sus acciones, combatiente en la guerra serbio-bosniaca, francotirador al azar, opositor de Putin, jefe carismático de los nacionalbolcheviques, escritor de fama en patria y en las capitales que cuentan (hasta que no pasa de la categoría de ‘enfant terrible’ a la de lamentable fascista), Limonov busca la gloria desde joven. Podría haber sido un gran escritor, pero quiere más que eso (notable su desprecio por Evtushenko, Solyenitzin, Brodski y otros); podría haber sido un gran político, pero quiere más que eso; podría haber sido un capo de la mafia rusa, pero quiere más que eso. Y por querer tanto, se queda sin nada. No obstante sus esfuerzos por ocupar el primer lugar en todo, el azar, o el destino, lo relegan siempre a una vida de segundón. O, en sus palabras, a “una vida de mierda”.

Carrére tiene la virtud de saber combinar su propia experiencia con la de Limonov, de modo que conocemos simultáneamente al autor y a su criatura. La escritura es seca, directa, apasionante. De esos libros que, comenzados, no se pueden dejar de leer. La lección, si la hay, es amarga. No. No es una “vida ejemplar”. Una vida patética, en la que cuenta más el fondo histórico: el fragoroso derrumbe de la Unión Soviética, sus protagonistas y sus víctimas, sus anécdotas y sus intimidades, tan apasionantes como la vida de ese lamentable individuo cuya fascinación reside, sin remisiones ni arrepentimientos, en el estricto ejercicio del mal, mayúsculo y miserable.

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