Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Miedo

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 30-08-15
Por: Ana María Rodas
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Tiene berrinche, dijo mi amiga, mientras tomaba un sorbo del chocolate que habíamos pedido porque lloviznaba, y la humedad se colaba por las puertas de aquel restaurante repipi que a mí no me gustaba especialmente. Primero porque es posible que haya nacido con más vueltas y revueltas en el cerebro que muchos de mis congéneres, y segundo porque la vida me ha enseñado que lo más sencillo es lo más apreciable.

 

No, le respondí echándole un vistazo a la magdalena que iba a quedarse allí, en el platito, durante un buen rato. (Tengo conciencia de cuándo voy a comenzar con un discurso largo. Y esa era una de esas ocasiones.)

 

No, insistí, es miedo.

 

Lancé otra mirada codiciosa a la magdalena que no hizo nada. Permaneció aparentemente muy feliz en aquel plato de porcelana. Ni siquiera se pavoneó. Conocía mis intenciones, sin duda, pero sabía que tenía suficiente tiempo para quedarse allí sin pinchazo de tenedor ni mordida degradante.

 

¿Pero cómo va a tener miedo un hombre como él?, preguntó mi amiga, pensando sin duda en el historial del ser al que estábamos pelando de la manera más guatemalteca del mundo: descaradamente.

 

Justamente porque siempre ha tenido la sartén por el mango —la comparación me pareció idiota, pero ya la había soltado— bueno, el fusil, si me entendés.

 

Que me digás que vos has sentido miedo, lo entendería, dijo mi amiga, como si ella no hubiera pasado por esa puerta espantosa, detrás de la que quedan los estudios, las vestiduras, el cariño de los seres queridos, y se penetra al infierno de los cristianos, más aterrorizante, con el fuego y los tridentes de los diablos rojos, que el Xibalbá de los quichés, que el Hades de los griegos. Aunque los ríos que se ligan al Hades, pensé, tienen ciertas gracias que bien podían aplicarse al momento que vivíamos esa tarde, del que hablaban en diversos tonos todos los comensales del restaurante.

 

Pero un hombre como él… sentenció dubitativa.

 

Un hombre como él, interrumpí rápidamente, siempre ha estado protegido por su alma mater, por sus colegas, por su centenario, y en determinado momento, al que no quiero referirme porque voy a terminar yéndome a vomitar al baño, cubierto con el manto guardián de la doctrina atroz de una guerra más fría que el día de hoy…

 

Solo, dije ágilmente para evitar interrupciones, que ese manto ya no existe, porque los designios de nuestros casi vecinos del norte son diferentes. Y la Marllory —la mencioné como si la mujer hubiera sido mi vecina o mi conocida de toda la vida— debe haber cantado mejor que la Callas, la Tebaldo, la Caballé…

 

¿Qué son diez o doce años de cárcel para una Reina del Sur?, añadí a toda prisa. Acordate que la pena tendría que haber sido cadena perpetua, pero su voz debe haber sonado melodiosa…y productiva. A lo mejor estaba enojada porque la señora que fue llevada al cuartel, cuando cumplió años, no la invitó y solo salió a recibir el regalo de la Marllory a la puerta sin que los otros invitados la vieran…

 

Eso no lo sé, respondió mi amiga, molesta porque no la dejaba hablar. Vos porque sos periodista o porque te leés todos los diarios y vivís viendo noticias en la tele…

 

Puede ser, respondí. Pero es miedo, que no te quepa la menor duda. Y me callé por varias razones. Una porque deseaba recordar los significados de los ríos que atraviesan el Hades, otra para no disgustar a mi amiga y la tercera, porque la magdalena era una tentación demasiado grande.

 

Mi amiga comenzó a defender lo indefendible pero la dejé hablar sin escucharla. Ya pasó el río de odio, Estigia; —comenzaba a hacer memoria de los años de lecturas— ahora debe hallarse en las aguas de Aqueronte, el río de la aflicción. Algo falta, me dije, para que llegue al Flejetonte, el río de fuego donde hasta el más valiente se cocina a fuego lento, tal vez por lo que pecó en la tierra.

 

De allí al Cocito, que es el río de las lamentaciones hay poco espacio, recordé. Y luego —algo me alivió del frío de la tarde— atravesará el Lete y jamás volveremos a acordaremos de él.

 

Tomé cuchillo y tenedor y, sin piedad, los hundí en la carne de la magdalena. Pasaron raudos por mi mente los bordados de Nebaj, especialmente los de Rosa Raymundo a quien ya no volví a ver luego de que el área ixil se volvió el lugar que me hace llorar todavía cuando lo pienso.

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