Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

La mediación del sujeto

Una identidad que, para ser perfecta y portar el valor de la universalidad, debe pagar el precio de la pérdida de atributos.

Fecha de publicación: 23-08-15
Por: Por Oswaldo Salazar
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¿Cómo llegamos del cero al uno? ¿Cómo, desde dónde, en qué momento se manifiesta el ente? ¿Es lo finito lo que se orienta al infinito, o lo infinito a lo finito? ¿Es que el fundamento está siempre fuera de la jurisdicción de lo fundamentado?

Hay siempre una dimensión arqueológica de lo que es. Dimensión difusa, desconocida por cercana, origen y punto de partida, diría Husserl, de la constitución de sentido. Tomemos como ejemplo las memorias de la infancia; llega un punto en el que nuestros recuerdos se hacen difusos, fragmentarios y se pierden en la suposición. ¿Olvido? Quizá. En todo caso, olvido sintomático, represión.

¿Qué nos une a ese origen supuesto? ¿Qué habita, qué hay allí en ese lugar que llamamos “origen”? Silencio, un sujeto que guarda silencio. Sujeto contemplativo. ¿Qué relación hay entre silencio, contemplación y falta? Falta no es ausencia. La ausencia arranca el sentido del silencio, anula la mirada de la contemplación. Pero la falta no excluye que el silencio, que el que contempla, aunque imperceptible, no tenga lugar.

“Tener lugar” es cercano a “hacer espacio”, a “manifestarse”. Pero el acercamiento a ese territorio borroso, a esa jurisdicción de nadie, a ese “corazón de las tinieblas”, nos hace pagar el precio de la propiedad del objeto. Es por ello que cuando la pregunta ha sido relevante en la historia del debate filosófico, ha sido formulada por filósofos cercanos a las preguntas propias de la lógica.

Según Parménides, por ejemplo, la indagación heracliteana en la dinámica de oposición del cambio no tiene sentido lógico, como no lo tiene buscar en un elemento natural el origen de la Physis porque corremos el peligro de caer en una tautología. Plotino, por su parte, explora en el Uno eso que hace posible el dominio de lo existente. Y al hacerlo monta la crítica más radical a la lógica aristotélica. Descartes (tal vez uno de los más interesantes críticos del realismo) proyecta en el discurso metafísico escolástico la sombra de ese sujeto misterioso que le habla desde el fondo de sus sueños matemáticos. ¿Qué, quién opera la metamorfosis de la geometría euclideana, ingenua en tanto geometría de la presencia, en una geometría analítica, independiente, anterior a la manifestación de la cantidad? ¿A quién representa el álgebra, ese universo del símbolo, en su matrimonio con la geometría antigua? Representa un movimiento, un pasaje, una agencia entre posibilidades de lugar que, en su secuencia, en su comportamiento serial, imperceptiblemente, desde el olvido, el recuerdo reprimido, constituyen lo existente. Pero, ¿es válido preguntar por un sujeto de ese movimiento, un agente que “tiene lugar” en cuanto proceso constitutivo de lo real?

Gottlob Frege, para ponerlo en los términos de su Grundlagen der Arithmetik, se hace la misma pregunta: “¿qué es eso que funciona en la serie de los números enteros naturales a lo que debemos asignar su progresión?” Dicho en términos quizá más claros podemos volver a preguntar: ¿en qué, en dónde, en quién descansa la génesis de la progresión de la serie de los números enteros naturales? Y la respuesta, para la que el qué, el dónde y el quién son intercambiables, es la función del sujeto. Obvio, ¿qué significan “función” y “sujeto” en estos trazos a ciegas?

En este punto, la mención de G.W. Leibniz es inevitable. Y lo es porque fue él, precisamente, quien introdujo el sentido matemático del término “función”. En su camino de formulación del cálculo, Leibniz tuvo que concebir la noción de función como una relación de transformación, de pasaje, constitutiva de una forma. Eso, en relación a la función. Pero, ¿de qué sujeto estamos hablando?, ¿del sujeto cartesiano, anterior a la experiencia y ajeno radicalmente a la sustancia extensa? No. Hay que recordar que Leibniz había sido un comentador ilustre del Essay Concerning Human Understanding, de John Locke, y conocía el trabajo de Spinoza. Es decir, era un filósofo plenamente consciente de la crítica al cartesianismo. Su idea de sujeto no puede ser la misma. Leibniz anhelaba encontrar la manera de establecer un puente entre las dos sustancias separadas por Descartes con afanes de claridad. La matemática le muestra el camino hacia un sujeto que ya no debe concebirse como principio, sino como sujeto actuante, es decir, un sujeto entendido como mediación. De ahí que, en su metafísica infinitesimal, monadológica, ya no hablemos del sujeto como ser, sino del sujeto agente cuya mediación revela la verdad ontológica del ente, su manifestación misma en cuanto ente de medida y significado. Aquí podemos ver cómo De Ars Combinatoria, el Cálculo y La Monadología, no son sino tres versiones distintas de un único proyecto.

Ahora bien, ese sujeto agente cuya función opera en la constitución misma de lo existente, no es susceptible de ser reducido a objeto, “tiene lugar”, pero no es presencia. Y si todo lo que es del orden de la presencia es, asimismo, del orden del conocimiento, entonces el sujeto agente, la mediación del sujeto, es del orden de la falta de conocimiento. Es, como diría Musil, un “hombre” sin atributos. No es este un sujeto psicológico con memoria, con imaginación, soporte de las operaciones de abstracción propias del sujeto empírico de la ciencia. Es, más bien, en sus etapas de formación, el sujeto trascendental del idealismo alemán.

Si pensamos que esa historia que corre en las líneas paralelas del análisis matemático y el idealismo ilustrado se forjó justo en los años en que las revoluciones inglesa y francesa estaban sucediendo, es inevitable establecer un vínculo entre las curvas constituidas por este sujeto agente y las formaciones políticas más representativas de la modernidad. Me refiero a un Estado formado en la matriz del principio de identidad. Una identidad que, para ser perfecta y portar el valor de la universalidad, debe pagar el precio de la pérdida de atributos. ¿No es toda crisis social y política, precisamente, una manifestación cruda de los atributos que cuestionan los procesos constitutivos de la identidad? ¿No es el principio y la pulsión de la identidad lo que hace posible toda alienación?

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