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El Acordeón

El infierno de Dante (Inferno, V)


En el Canto V, un sombrío torbellino de viento arrastra las almas de los lujuriosos. Ese viento es alegoría de la oscura y turbia pasión mundana,  que arrastró en vida a los que no supieron resistir a la locura amorosa. Minos, el terrible juez que indica a los condenados cuál es el círculo en donde van a expiar su pena, advierte al viajero: no hay que fiarse de nadie, y, con renovado vigor, le grita: “¡No te engañe lo ancho de la puerta!”. Se refiere a la puerta del Infierno.

Unánimemente, sin que dependa de cultura y religión, los seres humanos sienten la necesidad de otro mundo, paralelo, alternativo y suplementario a este, que alguna vez fue llamado “valle de lágrimas”. Con esa creencia, hombres y mujeres declaran su insatisfacción con la realidad, o con lo que perciben que es la realidad. Los griegos creían en el Hades y debemos a ese mito muchas de nuestras metáforas actuales: la barca de Caronte, el can Cerbero (que en América Latina alguna vez se usó para el portero de fútbol, llamado, funestamente, el cancerbero), el Aqueronte y otras lúgubres figuras póstumas.

 

Antes, los egipcios creyeron que Osiris pesaba el corazón del difunto en una balanza, cuyo contrapeso era una pluma. Si el corazón pesaba más, el difunto era devorado por una deidad sombría. Este homenaje a la ligereza del corazón sería muy hermosa si no condenara a la mayoría de nosotros a ese atroz final. Los mayas habían imaginado a Xibalbá, y se puede localizar el lugar específico de su existencia en los “siguanes”, profundos agujeros en las tierras de las Verapaces. Los aztecas crearon su inframundo y los incas también. Hinduistas y budistas condenan a esa especie de inquietante e interminable repetición de nuestros defectos que es la reencarnación.

 

La religiones judía, la islámica y la cristiana instituyeron el complejo sistema de premios, castigos (y un sistema de ni premios ni castigos) con el Infierno, el Purgatorio, el Paraíso y el Limbo. También concibieron la eternidad. Mientras la transitoria vida humana goza del incontestable privilegio de la finitud, la vida después de la muerte tendría que ser inexorablemente eterna. Me gusta la idea de los mayas: los seres queridos, una vez muertos, siguen en espíritu junto a nosotros, con el fin de ayudarnos y socorrernos, cosa de la que siempre hay necesidad. Con poesía, dicen que “vagan en la niebla, en el viento”.

 

La idea de eternidad está pensada con las medidas humanas. Si la vida es finita, la eternidad es infinita. El papa emérito Benedicto XVI (el considerable intelectual alemán Joseph Ratzinger) propuso una interpretación de la eternidad. Para él, constituye un error creer que lo eterno pueda ser concebido en términos humanos. La eternidad, dice Ratzinger, no es una medida de tiempo, sino de intensidad. Si fuera temporal, hasta el Paraíso se volvería un castigo: vivir siempre, vivir sin tregua, vivir sin descanso sería insoportable, porque hasta la felicidad, si no termina, aburre. La eternidad, propone, es un solo instante: el terrible y maravilloso instante en que el alma humana se funde con Dios, y la experiencia es tan intensa, intensísima, que el alma la percibe como infinita, aunque dure un segundo.

 

Dante Alighieri no es el primero en soñar un descenso al inframundo; tampoco el último. En lengua castellana, don Francisco de Quevedo y Villegas hizo lo mismo, con sus Sueños. Pero lo que en el poeta florentino es ligera gravedad, aérea pesadumbre, alada profundidad, en Quevedo es parodia y sátira, donde el irresistible juego de lenguaje da cuenta de un ingenio hiperbólico para moldear la lengua, donde el fascinante juego de lenguaje es juego de espejos que no permite atravesar la imagen. Quizá se podría proponer que la prosa de Quevedo brilla deslumbrante en el desaforado estilo, y que este estilo cubre, de alguna manera, la densidad del contenido. Frases enteras del poeta toscano quedan en la memoria, para siempre. Los alambicados calambures quevedescos no son tan memorables, excepto para expertos y eruditos.

 

Tantos otros se han ejercitado en ese traspaso a mundos alternos. Una sección del ‘Popol Vuh’ cuenta las aventuras de los héroes-gemelos en el Reino de los Señores del Mal. Inspirado en ambos, Miguel Ángel Asturias tiene un capítulo magistral en ‘Hombres de maíz’. ¿Y no es ‘El Aleph’, de Borges, un callado homenaje al poeta italiano? (A propósito: Borges declaraba que había aprendido el italiano para leer la ‘Comedia’. Ardua e inútil tarea. El italiano del Alighieri es muy diferente al italiano moderno. Y si aprendió el italiano medieval, igual de inútil y arduo).

 

Quizá el escritor que más se acercó a la Comedia fue Juan Rulfo. Como Dante, el protagonista Juan Preciado conversa con los difuntos. La diferencia está en que Rulfo tuvo una intuición: también Preciado está muerto, pero no lo sabe todavía. Mientras el viaje del “divino poeta” tiene un retorno, y un ascenso, el de Preciado es un infinito viaje y una infinita conversación. Los protagonistas de Rulfo no sufren ningún castigo, están en su estricta sepultura, y desde ese terreno húmedo hablan de los tiempos pasados, como reconstruyendo para siempre lo que fue efímero y mortal. La sensación de la fragilidad de los seres humanos es la misma en Dante y Rulfo; también es la misma la potencia de la vida, la mortal energía de la existencia.

 

Los círculos

De tenebrosa belleza y lecturas repetidas goza el Canto V, del Infierno. Antes, Dante se había perdido en la “selva oscura”. En seguida, con la ayuda de su maestro Virgilio, había logrado superar las puertas del infierno, y atravesar, sonámbulo o desmayado, el Aqueronte. Lo espera el primer círculo, el Limbo, en donde vagan, inciertas, todas aquellas figuras históricas que habrían merecido ir al Paraíso, si no fuera porque, al desconocer la religión cristiana, no pudieron bautizarse y con ello adquirir el derecho a la gloria eterna. Homero, Horacio, Ovidio, los grandes poetas de la antigüedad, allí estacionan, y nunca mejor dicho: “sin pena ni gloria”.

 

 

Antes del Limbo, Dante había dejado atrás a los mojigatos indecisos. El modelo sería Poncio Pilatos, quien generó una frase universal: “lavarse las manos”. Me atrevería a proponer para habitar dicha estación infernal al mediocre Boabdil, último rey de Granada, para quien se inventó la leyenda de que, al ver su reino por última vez, se puso a llorar. Y que fue increpado por su madre con una frase que es peor que una injuria: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Hay momentos, en la vida, que requieren una decisión clara y transparente. Una toma de partido sin remisiones. Los que escurren el bulto en ese momento, no merecen ni siquiera el Limbo, y mucho menos la dignidad del Infierno. Como decía Unamuno: “No hay cosa peor que una inteligencia sin carácter”.

 

En el Canto V, un sombrío torbellino de viento arrastra las almas de los lujuriosos. Ese viento es alegoría de la oscura y turbia pasión mundana, que arrastró en vida a los que no supieron resistir a la locura amorosa. Minos, el terrible juez que indica a los condenados cuál es el círculo en donde van a expiar su pena, advierte al viajero: no hay que fiarse de nadie, y, con renovado vigor, le grita: “¡No te engañe lo ancho de la puerta!”. Se refiere a la puerta del Infierno, que todos sabemos es muy amplia y que invita a entrar. Un poco una anticipación de la frase: “El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”.

 

El método de Dante refleja la arquitectura del lugar, formada por sofocantes círculos cada vez más estrechos. Así, de una descripción general de las almas condenadas por ese pecado, ilustra un caso particular. En el segundo círculo puede distinguir a varios personajes históricos de lujuria proverbial: pasan, en su rápida reseña, Semíramis, reina de Babilonia, de quien se decía que hizo, del libertinaje, ley; Dido, suicida al ser abandonada por Eneas; Elena de Troya, culpable de una guerra y de un caballo de madera; también Aquiles, Paris y Tristán. Sin embargo, el poeta no está interesado en contar los grandes casos épicos que todo el mundo conoce.

 

Su atención se concentra en una pareja cuya historia conocía muy bien. Ambos volaban, arrastrados por el viento infernal, abrazados uno al otro, en feroz confirmación del pecado que los había lanzado a ese círculo. Eran Paolo y Francesca de Rímini, cuya saga habrá despertado un notable escándalo en la época. Francesca era una bella mujer, nacida en Ravena , obligada a casarse con Gianciotto Malatesta, señor de Rímini, hombre poderoso, maltrecho, cojo, rico y deforme. Al poco tiempo, Francesca se enamoró de su cuñado Paolo y fue correspondida. Descubiertos, Gianciotto les dedicó una muerte horrible. Nada hay nuevo bajo el sol, y esta historia de cuernos y sangre seria un simple gossip mundano si Dante no la hubiera ennoblecido con sus versos.

 

Los amantes

Llamados por Dante, Paolo y Francesca acceden a contarle su historia. El poeta no pone en boca de Francesca, que se convierte en la narradora de su desgracia, los detalles del escándalo, porque para sus coetáneos habrá sido harto conocida. La hace elaborar, en cambio, consideraciones que aun ahora persisten, reacias al paso de los siglos. En primer lugar, explica el origen de la liaison amorosa. Paolo la contempla y se enamora, pero no le dice nada. Con gran conocimiento de los seres humanos y de sus relaciones, el poeta hace decir a Francesca: “El amor, que al corazón amable pronto despierta, hizo que (Paolo) se enamorara de mi belleza”. Para los poetas de la generación de Alighieri, las consideraciones sobre al amor eran fundamentales, y una creencia muy arraigada era considerar, al amor, una prolongación natural de la fineza del espíritu. Enamorarse era demostrar la gentileza del corazón. Paolo no puede ignorar la belleza de Francesca, y no puede evitar el surgimiento del amor.

 

La construcción de la eternidad de esta pareja y su historia se completa con la segunda frase paralela dicha por Francesca: “El amor, que obliga a amar a quien es amado, me enamoró de la belleza de él”. El concepto es hermoso; más la forma con que se expresa en italiano (¡en el año 1300!): “Amor, che a nullo amato amar perdona, mi prese del costui piacer sí forte”… El principio del verso hubiera encantado a un poeta barroco español: el espléndido juego de palabras con “amor”, que se repite tres veces con significados diferentes, no se queda en simple juego de palabras: es un juego que dice una verdad humana: el que ama, provoca amor en el amado; el que es amado va hacia quien lo ama, por el recóndito juego de atracciones que esconde la pasión amorosa. Amar es casi ser amado, y la caída en tentación puede ser por vanidad, el mayor seductor que existe, o simplemente por correspondencia, porque se ama a quien se sospecha que, sin saberlo, nos ama ya.

 

Así pues, relata Francesca, ella y Paolo se reunían a leer, con la peligrosa ingenuidad del que, soberbio, no cree que pueda suceder lo más prohibido. ¿Qué leían? La historia del desventurado Lancelot, caballero de la Mesa Redonda, quien cayó enamorado de Ginebra, esposa del rey Arturo. Por la misma ley manifestada antes, Ginebra advierte el amor de Lancelot y lo besa en la boca, raptada por ese amor.

 

La trampa que Paolo y Francesca se han construido está lista para cerrarse en torno a ellos. Dante pregunta a Francesca cómo se declararon el uno al otro. Y Francesca responde con una de esas sentencias que son propias de la Comedia: “No hay mayor pesar que recordarse de los tiempos felices en medio del dolor”. ¡Cuánta verdad y cuánta humanidad! Es tan certera, refleja las insondables profundidades del conocimiento de manera tan irrefutable, que cualquier comentario es banal, si no un asombrado verificar que el poeta ha tocado, con su lenguaje, uno de los momentos puntuales del Ser.

 

Pasa entonces a la declaración. Paolo y Francesca van leyendo los avatares de Lancelot y Ginebra, y a cada paso se miran asombrados, pues se les va revelando la semejanza de su situación, y cada vez que se miran están dando un paso hacia el placentero infierno de la pasión que los encenderá. Solo al llegar al punto en que Lancelot y Ginebra se besan, se rompe toda contención. Paolo deja el libro y besa, temblando, a Francesca. De nuevo, es el lenguaje el vehículo perfecto para decir la situación: “…la bocca mi baciò tutto tremante”. En el lenguaje está todo, el beso, el temblor, la pasión desatada (que ya son frases de retórica insoportable delante de la verdad lingüística del poeta). “La bocca mi baciò” es el beso casi imitado por las palabras, y el “tutto tremante” es el temblor del amante, temblor de deseo y de abismal pavor.

 

La piedad, esa gran virtud que distingue a los humanos, se abate sobre Dante mientras el viento arrastra lejos a las dos almas en pena. Los críticos señalan, con austeridad severa, que una lectura romántica del texto quiere que esa piedad sea una suerte de comprensión y de compasión del poeta hacia los amantes. Correctamente, esa piedad es, sobre todo, una condena moral, señalan. Me quedo con la lectura romántica. Quisiera creer que Dante perdona a los amantes y siente tal piedad de ellos, que desvanece.

 

Se desmaya y cierra el canto con una sobriedad que encierra la grandeza del Alighieri: “y caí, como un cuerpo muerto cae”. Tan abrumador es el dolor de los amantes, tan injusto su destino, tan justa su pena y castigo, tan insondable la justicia divina, que lo pobremente humano del poeta no soporta tanto conocimiento, y cae, como muerto, pues siempre el conocimiento está misteriosamente relacionado con la muerte. “E caddi come corpo morto cade”.

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