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El Acordeón

Dos métodos políticos para el cambio


LA TELENOVELA

Cuando se habla de la Revolución Francesa casi todo el mundo piensa en la toma de la Bastilla y la ejecución, bajo la guillotina, del rey Luis XVI y de su esposa María Antonieta como dos acciones que se sucedieron una inmediatamente detrás de la otra. Se especula que 1789 fue el momento en el que todo se concentró y la monarquía dio paso a la soberanía popular, abriéndose el paso a la implantación del nuevo orden mundial.

 

El año de 1798, se cree, es el año en el que se establece una ley constitucional en Francia, se instituyen los Derechos del Hombre y del Ciudadano y de alguna forma que no logramos recordar –si es que estudiamos la Revolución Francesa en la escuela– surge la Asamblea Nacional Constituyente, donde 1,200 ciudadanos se sentaron, unos a la derecha –los miembros de las clases privilegiadas– donde cupo un conjunto un tanto aguado para mi gusto, los demócratas realistas o partido monárquico.

 

A la izquierda se sentaba la mayoría, constituida por dos grupos: el de la alta burguesía y otro, sin duda el más numeroso, donde estaban representadas las clases populares.

 

Esta versión de escuelita de primaria deja fuera la realidad de la Revolución Francesa. La primera fase duró –dividida en diversos periodos– desde 1789 hasta diciembre de 1799, año en que una de las constituciones surgidas de aquel maremágnum político, le otorgó el poder absoluto a Napoleón Bonaparte que retornaba de Egipto y fue nombrado Cónsul vitalicio.

 

No hemos hablado de Jean Paul Marat, Georges Danton ni de Maximilien Robespierre. Pero pueden buscar sus nombres en la enciclopedia y deleitarse con la forma en que vivieron sus respectivos papeles dentro de la revolución y cómo murieron entre 1793 y 1794.

 

La Revolución Francesa, se acepta universalmente, terminó el 18 de mayo de 1804, al proclamarse el Primer Imperio, es decir, el periodo napoleónico. Vaya uno a saber cuántas personas murieron desde el inicio hasta el final de la Revolución Francesa.

 

Pasaron siglos antes que, de este lado del Atlántico, el 1 de diciembre de de 1955, en Montgomery, Alabama, Rosa Parks se negara a dejar su asiento en un autobús para dárselo a un pasajero blanco. Por supuesto, fue arrestada enjuiciada y encarcelada.

 

Esto desencadenó las protestas de la población negra y un boicot al transporte público en aquella ciudad. La Corte Suprema de Justicia dictaminó que la segregación en los buses era anticonstitucional.

 

Entre 1955 y 1968 se dio la lucha larga y no violenta por la igualdad de los ciudadanos negros en Estados Unidos. El 28 de agosto de 1963 ha pasado a la historia como un hito de esa lucha no violenta, al celebrarse la Marcha sobre Washington. En ella participaron negros y blancos, y más de 200 mil personas se agruparon alrededor del monumento a Lincoln, donde Martin Luther King pronunció su discurso I Have a Dream.

 

En ese discurso, King afirmó que “en buena conciencia, no podemos apoyar la ley del gobierno por los derechos civiles”. Era Kennedy el presidente de Estados Unidos en aquel momento.

 

Martin Luther King escogió la vía de la no violencia. Aquí hago una digresión para recordar a los jóvenes de Little Rock, en Arkansas, defendidos sin mucho entusiasmo por Eisenhower –quien debió acatar al tribunal superior y envió militares a proteger el ingreso de nueve alumnos al instituto o High School del lugar. Los jóvenes pasaron entre una multitud de blancos que los escupió y los insultó a su entrada al centro de estudios.

 

El movimiento por las libertades civiles en Estados Unidos no fue un paseo. Los blancos, del sur sobre todo, atacaron a los que se oponían a la segregación de manera violenta. Pero no hubo la cantidad de sangre derramada en París, en la actual Plaza de la Concordia, donde se instaló la guillotina, y en otras partes de Francia donde también se ejecutó con ese método a miles de personas.

 

Solo durante la época del Terror se cuentan ente 35 mil y 40 mil las víctimas mortales de la Revolución Francesa.

Estas han sido formas opuestas de alcanzar los deseos de un pueblo, de una etnia, de un grupo oprimido, para decirlo de una vez. Y he escogido hablar de ellas porque, la verdad, no quiero referirme hoy a la situación política de mi país.

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