Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Del sol de julio a la bruma de brumario

Cuando algo o alguien tiene capacidad de gobierno, por lo regular, clama por mantenerse o persistir, así esto sea reafirmar la causa del mal.

Fecha de publicación: 02-08-15
Por: POR ROGELIO SALAZAR DE LEÓN
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Suele ser una convicción, muchas veces justificada, que las revoluciones llegan a extremos muy grandes y a veces a exageraciones y estridencias; como muestra de ello, sin que sea necesario llegar hasta el Chávez pasado de Maduro, podría recordarse que los jacobinos franceses quisieron implantar un nuevo calendario al que llamaron Calendario republicano(Calendrier republicain) adoptado por la Convención nacional entre 1792 y 1806, fue este un intento por acoplar el calendario al sistema decimal y, sobre todo, una forma de eliminar del mismo todas las referencias religiosas; en su concepción participaron ilustres astrónomos, científicos y matemáticos, entre quienes estuvo Pierre-Simon Laplace.

 

Así, por decreto de la Convención nacional francesa, se proclamó el nuevo calendario marcando el inicio de la nueva era de Francia que comenzó el 22 de septiembre de 1792, iniciándose el año uno de la Revolución, y que fue de uso civil en Francia y sus colonias hasta el 10 de nivoso del año 14 (nivoso coincidía más o menos con diciembre), correspondiente al 31 de diciembre de 1805, fecha en que el autoproclamado emperador de Francia, Napoleón Bonaparte, abolió su uso como una forma efectiva de eliminar los signos de la democracia republicana.

 

Algunos breves estertores volvió a tener este calendario de la Revolución, en 1814 al ser derrocado Bonaparte y en 1871 durante la efímera Comuna de París.

 

Sirva este preámbulo como introducción al tema que interesa: comentar una serie de artículos escritos por Karl Marx en Londres al comienzo de 1852, ahora conocidos como El 18 brumario de Luis Bonaparte, Marx lo escribió para un semanario que pensaba publicar un amigo suyo en Nueva York; es un comentario que resulta interesante porque, además de exponer muchos de los elementos básicos de la teoría del autor, es un claro ejemplo avant la lettre de algo muy de moda que hoy llamamos análisis de coyuntura.

 

Resulta que los antecedentes para el tema y el escrito de Marx se han incubado desde 1830, que coincide con el abandono del trono por los Borbones en favor de Luis Felipe de Orleans, un rey que favoreció en los negocios a los burgueses y conservó privilegios para los aristócratas, al tiempo que otorgó libertades de culto y expresión, e introdujo un nuevo sistema electoral, todo lo cual debe entenderse como un cúmulo de decisiones discordantes y erráticas que condujeron a la disolución forzosa del parlamento en mayo de 1848 y al triunfo posterior de Luis Bonaparte.

 

Esta revolución en contra de Luis Felipe de Orleans es la que Marx compara, de forma irónica, sarcástica y burlona, en El 18 brumario de Luis Bonaparteal golpe de Estado de Napoleón Bonaparte contra el Directorio de la Revolución acaecido el 9 de noviembre de 1799, fecha que en el Calendario republicano aludido antes corresponde con el 18 de brumario (en el Calendario revolucionario brumario corresponde más o menos a noviembre, mes de la brumas, de ahí el nombre); de modo que, como puede verse, desde el propio título todo es un filoso sarcasmo.

 

Más allá del tono burlón, que también es importante, Marx hace uso de la ciencia, de nociones teóricas para comprender procesos sociales y políticos de la realidad concreta, lo que Marx quiere podría nombrarse como el ejercicio y la práctica de una especie de epistemología en la que intervienen, cómo no, elementos teóricos y empíricos, para que confluyan y se confundan en ese resbaladizo y alucinante territorio que es el lenguaje (Marx parece haber estado consciente de esta naturaleza del lenguaje).

 

Al contemplar los sucesos de la caída de Luis Felipe de Orleans ante el golpe de Luis Bonaparte, Marx sintió algo como un mandato, como una orden que le impuso la tarea de revelar la “historia verdadera” escondida atrás de los acontecimientos que forman la crónica simple de los sucesos, crónica que irónicamente es denunciada como una farsa o una trampa, lo que equivale a decir que el relato de la trama que los hechos componen es, en realidad, como una pantomima; hechos que contrastan en gran medida con aquellos otros que le sirven de parámetro de comparación, es decir con aquellos hechos que comenzaron con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789 y que concluyeron con la presencia de Napoleón Bonaparte diez años después, con su golpe de Estado del 18 Brumario.

 

“Por poco heroica que sea la sociedad burguesa, para traerla al mundo han sido necesarios, sin embargo algunos actos de heroísmo”, dice Marx, tal vez lo que quiere decirse en otras palabras es que la Revolución de 1789, en su heroísmo, fue capaz de pasar sobre la desproporción existente entre los ideales y las realidades imperantes; y como lo que se analiza en definitiva es un texto burlonamente comparativo de dos hechos, lo anterior se completaría al darse cuenta de que la revolución de Luis Bonaparte del año 1848, comentada por Marx es ridícula y absurda, precisamente, porque los ideales quedaron subordinados a las realidades, entre otras cosas porque fue capaz de aliar a los burgueses con los campesinos para desplazar y desarmar a los proletarios, quienes eran la verdadera fuerza revolucionaria de entonces.

 

A partir de allí ¿de qué revolución puede hablarse, cuando se habla de Luis Bonaparte? Claramente, como ya se ha dicho de una pantomima o de una farsa.

 

A lo mejor, una forma sencilla de resolver estos enredos sea acudir al ejemplo de la salud y la enfermedad e indagar: si una sociedad está enferma hasta el punto de provocar algunas reacciones visibles ¿qué debe hacerse…? Si se piensa que estas reacciones son como síntomas ¿debe atenderse a ellos o seguir insistiendo en aquello que los provoca…?

 

Cuando algo o alguien tiene capacidad de gobierno, por lo regular, clama por mantenerse o persistir, así esto sea reafirmar la causa del mal: sigo bebiendo o fumando porque el que dispone soy yo, no la llamo así me cueste la vida; esto equivale a pensar como lo hace el sistema democrático y burgués: solo el propio sistema puede salvarse a sí mismo, solo el jefe y su estructura salvan a la sociedad; de modo que tal vez nos engañan cuando nos dicen: hay que fomentar la gobernabilidad y ser más gobernables, porque si fuéramos atentos e hiciéramos caso a los avisos de la enfermedad deberíamos ser totalmente ingobernables.

 

Quizá, si llevamos las cosas a lo político y a lo que hoy por hoy nos concierne en Guatemala, lo que se nos está diciendo y lo que se nos repite hasta hincharnos las orejas en tiempos de campaña electoral equivale a sinsentidos como podrían serlo: solo los saqueadores salvan a la propiedad, solo los bastardos salvan a la familia, solo los que juran en falso salvan a la ley.

 

Si lo pensamos bien, si queremos oírlo y si somos capaces de entenderlo la burla de Marx puede llegar hasta allí cuando habla de un personaje político como Luis Bonaparte y, de paso, cuando compara el sol de julio con las brumas del brumario.

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