Martes 19 DE Febrero DE 2019
El Acordeón

El abogado y la señora

Máquina del Tiempo

Fecha de publicación: 26-07-15
Por: Arturo Monterroso
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Dominio del lenguaje, sarcasmo con ánimo lúdico, esbozo incisivo del microcosmos de la familia y retrato hiperbólico de nuestra sociedad es lo que nos ofrece Dante Liano en su más reciente novela: El abogado y la señora. Pero también una mirada crítica al difuso universo de nuestras más comunes sensibilidades: el abuso, la apariencia, los estragos de una estructura socioeconómica que pervive desde la Colonia, apenas con leves alteraciones. Hay una primera historia, la del cínico abogado, un personaje que sería completamente anodino si no fuera porque se pasa de listo, inmerso en un mundo de pura medianía donde todo engaño es posible. Luego está la segunda historia, la de la señora, una mujer venida de las sombras de la guerra y sus secuelas. Es el relato de una búsqueda imposible y de un encuentro que nos devuelve a los horrores del enfrentamiento armado, todavía vivos bajo el leve subterfugio de un olvido que no es.

 

La oficina de trampas, el primer capítulo, es un relato del pícaro. Dante se divierte y nos hace sonreír, mientras nos habla de secretos mal ventilados y construye estereotipos como el del buen hombre, la esposa feroz y el marido infiel. Tiene, sin duda, la intención de que podamos vernos sin el maquillaje de la solemnidad, un defecto tan común entre nosotros. El tono cuasi confesional de Abundio Revolorio López, el protagonista, el falso abogado y notario que se dedica a la trampa, me recuerda al capitán Simonini y al abate Dalla Piccola de El cementerio de Praga, la novela de Umberto Eco. Ya sabemos que a Dante no le agrada mucho la obra de este semiólogo del Piamonte, pero para su mala fortuna yo encuentro también una referencia a su obra en las manos y la boca manchadas de tinta del Chita Ramos, el exboxeador que ayuda al abogado, porque me remite a los dedos con tinta envenenada de los monjes en El nombre de la rosa; una coincidencia peregrina, sin duda, como la del eco de El trueno en la ciudad, de Mario Payeras, que resuena en mis oídos en la parte de la señora.

 

En el segundo capítulo, El pasado que vuelve, la novela da un giro radical que nos precipita en la historia dramática de una mujer que busca los restos de su marido en un cementerio de pueblo, atravesada por el inmenso desamparo de una tarde de lluvia. El relato adquiere un tono oscuro y lúgubre para contarnos de esa realidad inevitable de los desaparecidos durante la guerra. Se trata de una historia sabida, oculta a medias en nuestra memoria por el temor que nos causa, pero que siempre termina tocando heridas que nunca han terminado de cerrar: la muerte violenta, el exilio, la esperanza puesta en la certeza de un cadáver. De aquí en adelante, y sobre todo en el último capítulo, Explicación no pedida, las historias del abogado y la señora se alternan y se entrelazan. A ratos parecen dos novelas diferentes porque hay dos tonos, dos ritmos, dos maneras de confrontar la realidad y de contarla. Pero es una sola, como una sinfonía de dos movimientos: un alegro y un adagio. El lugar donde sucede la historia es un país hipotético que no requiere mucha astucia para saber que es Guatemala. Y la ciudad se llama Santa Ana, la misma donde sucede la historia de El hijo de casa. No obstante, nada de eso importa demasiado. Importa más la sociedad distópica que nos pinta el autor, ese sustrato inquietante de nosotros mismos, ese espejo en el que insistimos en vernos como personas decentes. La última escena de la novela reúne al abogado y a la señora en una conversación en clave de divertimento y sagacidad, que nos lleva hasta el fin de la historia; un juego entre la sensibilidad y la inmisericordia, todo eso que exige la realidad y que solo puede comprenderse a través de la ironía, la paradoja y el sarcasmo.

 

>arturo.monterroso@gmail.com

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