Miércoles 22 DE Mayo DE 2019
El Acordeón

“Confutatis maledictis, flammis acribus addictis…”

¿De qué manera una crisis social, política, vivida como un creciente sentimiento de confusión, de no saber exactamente qué está sucediendo, pasa a la reflexión filosófica?

Fecha de publicación: 26-07-15
Por: Por Oswaldo Salazar

Durante siglos, el pensamiento occidental se ha planteado el problema de la claridad o la ambigüedad del lenguaje filosófico. La lógica aristotélica podría considerarse una forma de clarificar el vocabulario, el método y las estrategias de argumentación de la metafísica académica del último Platón. Plotino, por su parte, ya en los años de Roma, imaginariamente retorna a los últimos días de la Academia Platónica e introduce una crítica de la lógica aristotélica con la postulación del Uno como el vacío fundamental de la tabla categorial. De ese modo, devuelve el debate filosófico al territorio del a priori. Muchos siglos después, cuando Santo Tomás de Aquino estaba ya de vuelta en París, después del tiempo que vivió en Colonia junto a San Alberto Magno, tiene que enfrentar el problema de las pruebas de la existencia de Dios y lo hace introduciendo una crítica a la metafísica de las ideas innatas como ideas confusas. Esta postura le permitió al enorme santo católico calificar de peligrosa la postura que proclamaba la idea de Dios como una idea innata y postular su doctrina realista de la sustancia. Descartes, unos siglos después y en el medio del infierno desatado por la Guerra de los Treinta Años, dirige una crítica radical al corazón mismo de la metafísica escolástica, a saber, precisamente la doctrina tomista de la sustancia. ¿Cómo es eso, se pregunta, que la sustancia siendo lo más general no puede manifestarse si no es a través del ente individual? Desde la perspectiva particular de los fundamentos de una matemática analítica, esto es, una matemática que describe la constitución infinitesimal de lo que tiene longitud y volumen, Descartes llega a la conclusión de que un pensamiento es claro y distinto en la medida en que está menos contaminado de mundo, de experiencia sensible. Al hacerlo, el filósofo francés instaura de nuevo el dualismo en el centro de la ciencia moderna de forma dramática, divide la vieja sustancia tomista y nos deja en el limbo de un pensamiento que, para pensarse a sí mismo y alcanzar la pureza, debe despojarse del mundo y encerrarse en la evidencia absoluta de una reflexión sin contenido, debe sustituir aquello que es del orden del cuerpo por las formas puras de la representación y vivir en ellas, en las figuras modélicas del ego

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A partir de este momento, la filosofía moderna, en sus diferentes corrientes, entra en lucha con el problema cartesiano del dualismo de la sustancia. Spinoza, gran cartesiano y uno de los primeros críticos del filósofo francés, intenta resolverlo derivando todo lo existente de una sustancia única. Leibniz, hacia el final de su vida y en los años posteriores a la Revolución Gloriosa en Inglaterra, propone la mónada como ese dato subjetivo (no existente) que, paradójicamente, constituye lo que es sensible. Kant, por su parte y en las vísperas de la Revolución Francesa, busca la solución postulando sus Formas A Priori de la Sensibilidad como aquello que es del orden sensible y del categorial, a la vez. Otro tanto harán Hegel, el Vitalismo, el Movimiento Fenomenológico y el Positivismo Lógico. Ninguno será completamente ajeno al problema planteado por Descartes.

 

Ahora bien, lo curioso es que esta tradición de reflexionar acerca de la naturaleza confusa del lenguaje que da cuenta de la experiencia, se inscribe en momentos muy significativos de la historia: desde las campañas de Alejandro Magno (Aristóteles) hasta las grandes guerras del siglo XX (Fenomenología, Círculo de Viena), pasando por la crisis institucional del Imperio Romano (Plotino), el incipiente agotamiento del modelo feudal (Santo Tomás), el enfrentamiento entre una Europa católica y otra protestante (Descartes), la agonía del Antiguo Régimen de cara a las Revoluciones Liberales (Empirismo, Idealismo Alemán) y las reacciones conservadoras ante la creciente socialización del liberalismo ilustrado (Vitalismo).

 

¿De qué manera esta crítica del lenguaje llega a la sociedad, a las luchas políticas? O quizá deberíamos preguntar al revés, ¿de qué manera una crisis social, política, vivida como un creciente sentimiento de confusión, de no saber exactamente qué está sucediendo, pasa a la reflexión filosófica?

 

Una cosa es cierta, hay una relación directa (incluso directamente proporcional) entre crisis de paradigmas socio-políticos y crítica del lenguaje con el que damos cuenta de la experiencia. Dicho de otro modo, en la experiencia sucede algo que no puede ser formulado por el lenguaje de la certeza vigente. En un mundo irreconocible para los griegos de la Polis, Aristóteles, elaborando una doctrina lógica de la demostración, intenta responder a la pregunta ¿cómo sé que lo que sé es verdadero? En un Imperio Romano al borde la crisis del siglo III y de la fragmentación de sus dominios, Plotino genera una estrategia nueva para pensar la unidad al margen de la experiencia sensible. En una tardía Edad Media en que el debate teológico se polarizaba entre una concepción de Dios como idea innata y otra como algo impensable, Santo Tomás propone su doctrina de la sustancia como una forma de pensar simultáneamente lo general y lo sensible. En una Europa cristiana desgarrada por las políticas opuestas de Reforma y Contrarreforma, Descartes busca introducir la certeza propia de la matemática en el corazón de la metafísica, a saber, la doctrina de la sustancia. En un siglo que socava el carácter natural de la relación amo-esclavo y busca sustituirlo por la racionalidad del Estado, Leibniz propone la constitución infinitesimal de lo real y Kant el establecimiento del Faktum Moral como el único fundamento de toda autoridad. Y en un momento en que parece derrumbarse el edificio de la razón y el sueño de la Belle Époque es roto por la tragedia de la Primera Guerra Mundial, Husserl desplaza los temas de la verdad, de la evidencia, al territorio del sentido; Wittgenstein busca encontrar el vínculo entre un mundo no de objetos, sino de estados de cosas y una lógica de proposiciones elementales; y Freud lee el lenguaje de la referencia literal en la clave de un mensaje cifrado, incompleto, inconsciente.

 

Hoy, veinticinco años después del establecimiento global de la democracia, reina un clima creciente de confusión. El caos político y la quiebra económica proliferan en todo el mundo, la realidad de lo virtual se impone a lo real, las personas no se reconocen ya en sus leyes constitutivas, han perdido el sentido de sus derechos al no poder librarse de un estado constante de necesidad e impotencia, las masas son manipuladas por la envidia y el odio, los antiguos bastiones de la certeza moral han sido puestos en entredicho a través de burdas falacias de generalización y han sido sustituidos por charlatanes en púlpitos improvisados y por ideólogos de bolsillo.

 

¿Cuál es la respuesta de la filosofía a una sociedad especializada en estrategias ocultas, sublimadas de control? ¿Qué hacer ante la inercia imparable de la corrección política, la ebriedad del espectáculo, el desprestigio y el acoso del sentimiento estético? ¿Qué hacer ante la brutalidad como política, ante el terrorismo de la culpabilidad, del endeudamiento y la violencia subjetiva? Bueno, para empezar, al menos podemos unirnos al maravilloso Requiem de Mozart y cantar con el coro: … “Voca me cum benedictis…”