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El Acordeón

Edipo clínico


COLUMNA

Desde hace años conozco a doña Magnolia, mujer agobiada por intensas jaquecas que parecen venir de una época en la que nada era tan elegante como la mala salud. Pálida y frágil, camina con la delicadeza de quien no toca el suelo.

 

Su hijo Roberto se acostumbró a hablar en voz baja para no perturbar a esa mujer propensa al desmayo. Varios retratos -enmarcados en rigurosos óvalos- muestran las estaciones de su vida Todos ellos perfeccionan el ideal romántico de la belleza como una forma de la melancolía.

 

Magnolia ha sido rehén de numerosas enfermedades imaginarias. Sufrir agobios la vuelve intensa, sofisticada, original. Transforma las deficiencias físicas en virtudes de carácter. El mundo le duele y lo soporta con mayor esfuerzo del que hacemos los demás, sin dejar de sonreír, con la imperturbable emoción de quien no despega los labios.

 

No alcanza la condición dramática del mártir, pero participa en las reuniones con la mirada alerta y el temblor de manos de las actividades de alto riesgo. Somos para ella una oportunidad de abismo.

 

Por una extraña ley de las compensaciones, su hijo Roberto es gregario, hiperactivo, de una alegría casi impositiva. Un caudillo emocional.

 

Solterón empedernido, corteja mujeres que lo abandonan al saber que pueden desafiar pero jamás vencer a la evanescente belleza que protagoniza las fotos de la casa (en efecto, mi amigo sigue viviendo con su madre).

 

Pasaron muchos años antes de que esta relación, fundada en un evidente complejo de Edipo, revelara una subespecialidad: la pasión entre Roberto y su madre es clínica. Lo supe cuando ella le dijo con aire de reproche: “Hace mucho que no me enfermas”.

 

La agenda de Roberto está saturada de citas que no siempre cumple. No le basta ser sociable; aspira a ser omnipresente. Si llega tarde o no asiste a un compromiso, pone de pretexto a su madre. Con una autoridad forjada en años de felices malestares, explica la dolencia y el laborioso tratamiento. Esto justifica las fallas sociales de Roberto. Lo extraño es que también justifica la vida de su madre. Doña Magnolia vive para ser narrada como enferma. Mientras más grave es la condición asignada por su hijo, más virtuosa se siente.

 

A estas alturas ambos podrían haberse graduado de Medicina, aunque un sinodal riguroso lograría descubrir que a ella ya le extirparon tres veces el mismo riñón.

 

Roberto es popular y en algunos círculos califica como “influyente”.

 

Numerosas personas hablan a su casa para interesarse por la salud de la señora. Ella desempeña con solvencia su papel sufriente y agrega algún detalle que se le escapó a su hijo. Su vocación hipocondriaca ha adquirido no solo utilidad sino prestigio. “Me tratan mejor si saben que estoy enferma”, me dijo hace poco: “A la gente le gusta que alguien resista las tragedias. Ya no quedan santos; lo único que tenemos son enfermos dignos. Escribe de eso, es un signo de la época. Comer sabroso no basta: es necesario que a otro le duela la panza”.

 

Entre las mujeres que Roberto sedujo provisionalmente hubo una enfermera. Por un lapso fue ideal. No parecía una sustituta de su madre, sino un vínculo con ella. No competía: la complementaba. Sin embargo, aquella chica estaba enferma de realismo. Nunca entendió el placer de sufrir algo indemostrable. En verdad quería curar a la señora.

 

Hay momentos insoportablemente reales en que doña Magnolia, o el propio Roberto, contraen una infección demasiado concreta ¡Cuán limitada, cuán vulgar resulta esa dolencia! Mi amigo y su madre toman medicinas con ansiedad para volver a la salud donde el dolor es una apasionada conjetura.

 

Las excusas de Roberto son el gozo de su madre. Hay quienes piensan que de tanto enfermarla en las conversaciones acabará por matarla en la realidad, pero doña Magnolia piensa lo contrario: “No sabes lo bonito que es padecer gratis”, sonríe con suavidad, como si posara para una foto con marco de óvalo.

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