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El Acordeón

¿Qué significa que haya dos papas…?


Un papa en la luz y otro en la sombra ¿quién manda más, el de la luz o el de la sombra…? a veces o, casi siempre, manda más quien ocupa la cocina, que quien se sienta en la sala y pisa la alfombra.

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Las cosas han llegado hasta el punto en el cual, los asuntos de este mundo requieren de dos papas, y si se toma en cuenta que de lo que se habla no es de cualquier papa, sino del Santo Padre, ya el tema se pone serio.

Por lo demás, algo que guía hacia el núcleo del asunto puede ser esta cuestión ¿quién pone en duda que la figura del padre o del papa, se diga como se diga, tiene que ver con la tragedia…? 

Basta con recordar a Edipo, que liquida a su padre, sabiéndolo o sin saber, da igual, y además también habría que recordar a Hamlet, a quien le han matado al suyo y no logra acomodarse con eso; si bien, la primera de las tragedias viene de una época en la que el cristianismo era aún un cero redondo, la segunda de ellas ya es lo que podría decirse una tragedia cristiana en toda ley.

Aunque una cosa sí que es cierta cuando se trata de la tragedia, sin importar que sea griega o cristiana: se trata de que la tragedia es una experiencia que va en contra de una captación inmediata, concreta o reducida de las cosas de la vida, porque siempre acaba en una perspectiva de amplitud inconmensurable y desmedida, como si la tragedia fuese capaz de producir una suerte de inmenso eco sobre los asuntos de la vida.

La tragedia siempre parece estar más allá de todo, incluso, más allá de la propia verdad.

Hamlet, por ejemplo, comienza cuando el padre ya ha muerto, el padre del príncipe de Dinamarca ya es un fantasma cuando comienza el drama, un pobre fantasma que vaga por los muros del que fuera su castillo; el texto, para nada, depende de la emergencia ni de la irrupción de la verdad: Hamlet ya sabe que su padre está muerto, ya sabe quién lo ha matado y cómo ha muerto, él se ha enterado que ha sido por medio de un veneno que le fuera vertido en el oído; como si las palabras que revelan el secreto de su muerte fueran el veneno inconfesable.

¿Qué otra cosa entra por el oído, sino las palabras…?

El rey de Dinamarca ha muerto al florecer la flor del pecado, y su hijo, el príncipe Hamlet lo sabe todo, y su vida se envenena con las horribles palabras de ese secreto pecado; finalmente, esta es una tragedia cristiana, se había dicho ya.

La reina de Dinamarca, la madre de Hamlet parece querer decirle a su hijo, el príncipe: quién puede parecerse más a tu padre que su hermano, tu tío, es como si ahora tuvieses dos papás; pero, visto lo visto, el asunto es más bien trágico.

¿Qué hace Hamlet cuando su madre le hace esta proposición indecente…? Aunque quizá más valdría formularlo así ¿qué hace Hamlet cuando se le dice esta obscenidad…?

El príncipe es demasiado listo como para responder: mamá, eso es algo que nunca hubiese querido escuchar…, si he nacido de un padre por qué me das otro…, qué, no te enteras: padre no hay más que uno.

A pesar de que lo dicho por el príncipe no sea esto, a pesar de que esto sea lo no dicho ¿acaso esta omisión no responde, entre otras cosas, a lo que Hamlet piensa que debe ser la idea del padre…? él nunca responde eso, pero sin que lo diga, las palabras de esa indagación son las palabras que bullen, que hierven en su corazón; eso es lo que se calla porque decirlo sería un desatino o tonto o ingenuo.

Total, que dos papas, bien puede ser una situación infernal, quién diría que el infierno iba tener algo que ver aquí: un papa en la luz y otro en la sombra ¿quién manda más, el de la luz o el de la sombra…? a veces o, casi siempre, manda más quien ocupa la cocina, que quien se sienta en la sala y pisa la alfombra.

Si por un momento se piensa en los asuntos terrenales, eso de los dos papas no era tan mala idea, porque, sólo por decir algo, a Hamlet nadie le va quitar el título ni la categoría de príncipe, y si somos civilizados a todos nos va ir mejor.

En todo caso, si los dos papas son partidarios de la inquisición no tendría porqué haber un problema, es más, si ese fuera el caso, a lo mejor no tendría ni siquiera por qué haber dos papas; el problema surge cuando un papa es partidario de Torquemada y el otro lo es de Galileo, cuando uno es partidario de la libertad y el otro de la igualdad, cuando uno apuesta por el capital y el otro lo hace por el trabajo.

Jesús, quien no hizo otra cosa más en la vida que cumplir con la voluntad del padre, le fuera como le fuera con el asunto y significase lo que significase el tema, quizá nunca pensó en tener un lugarteniente o un representante, y cuando se le cruzó por la cabeza, resulta que el designado estuvo más interesado en unas cuantas monedas de plata que en el ejercicio del cargo.

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