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El Acordeón

La muerte en la orilla


Un brevísimo pero eterno espacio de tiempo en donde se habían tirado los dados de la vida y la muerte. Una apuesta. Un cara o escudo que hubiera podido privarme de conocer el goce de los libros, la humedad de los cuerpos, la música de Bach, el jazz, la patria de los labios femeninos, el placer de las caricias, la chica de Bristol, las playas de verano, el sexo de madrugada y las promesas con aroma a vino.

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Un 12 de agosto, hoy hace 40 años me subí a un carro por error. Iba a comprar una gaseosa para mi hermana y al llegar a la tienda de la cuadra, alguien me habló desde la acera y me invitó a subirme a un Datsun al que acababan de repararle una pieza. “Subite, sólo le vamos a dar una vuelta a la manzana”. Pero no fuimos a dar una vuelta a la colonia, y cruzamos hacia un anillo periférico que en 1980 estaba casi vacío. A 150 kilómetros por hora. Éramos cuatro. Yo iba en el asiento de atrás del carro de aquel adolescente guatemalteco que había llegado con su familia al barrio desde California, para pasar un mes de vacaciones y, aunque parezca extraño, desde el principio supe que tendríamos un accidente. Todo pudo suceder en cualquier sitio en donde rebasábamos a los pocos carros de entonces sin ninguna consideración, rozándoles las portezuelas y obligándolos a que se hicieran a un lado. En cualquier sitio, pero sucedió al final de la recta entre el puente de la avenida San Juan y el puente de la calzada Roosevelt, y aún hoy lo veo durante ciertas noches cuando me despierto agitado. El carro que se desliza fuera de control, las llantas que se hunden de mi lado, el armatoste que salta, y el pavimento a dos centímetros de mi ventanilla mientras empezamos a volcar. Oigo los ruidos del metal y el chillido agudo de los vidrios rotos con cuatro seres librados a una partida entre la buena y la mala suerte adentro. Primera vuelta y el sonido de los fierros abollándose. La imagen de mi abuela y la de mi papá en mi funeral. Segunda vuelta, una lluvia de chayes entrando por todos lados y el chirrido de los carros que empiezan a frenar detrás. El alboroto de las bocinas. Tercera vuelta y la espera con los ojos cerrados de aquel pedazo de puerta que se desprende para volarme probablemente una parte de la cabeza o el brazo derecho. La oigo pasar al lado pensando que viene a degollarme, mientras yo sigo aferrado a un agarrador pensando por qué parte del cuerpo entrará la muerte. Y entonces veo de nuevo a mi abuela que ya ha perdido a tres hijos y está a punto de perder al nieto al que había visto crecer con todo el amor que le quedaba. Luego veo la cara de mi viejo, y poco a poco la de mi mamá, la de mis hermanas, y la mirada desconsolada en los ojos de mi hermano de cuatro años. Oigo el timbre del teléfono de mi casa y la voz que anuncia la noticia de mi muerte en un accidente. Soy incluso testigo del silencio que precede al acabose y a la tristeza de los míos, hasta que el carro se detiene con las llantas hacia arriba y vamos saliendo de aquel espacio de fierros enredados entre el olor a sangre y gasolina. Estamos vivos pero heridos. Yo tengo la cabeza abierta, una lesión desangrándome a través del pantalón y dos cervicales que quedarán rotas hasta el día de hoy. “Un centímetro más abajo y hubiera sido la silla de ruedas para siempre”, me dirá el doctor más tarde. Todo a mi alrededor lo veo rojo. En ese momento yo no sé que un día seré pianista, pero noto que tengo las yemas de los dedos abiertas. El resto sigue, los gritos de la gente convertidos en sirenas de bomberos, el llanto histérico de alguien que ha presenciado los hechos y se ha puesto a orar sobre la acera, la gente que sale por decenas de la nada en busca de un escenario lúgubre en donde se pueda olfatear la hemoglobina y recoger lo que quedó en el pavimento, robarse los retrovisores, las placas, los parabrisas. Un escalofrío me recorre la espalda, me siento en la orilla de la acera y me dejo caer sobre la grama. Hoy hace 40 años que todo pudo acabar, pero atravesé la muerte por una estrecha rendija que aún hoy me estremece. Cada año en esta fecha pienso en las cosas que hoy forman parte del pasado, que nunca hubiera podido conocer, y en las cicatrices que hubiera ocasionado, sin lugar a dudas, en la memoria de mi gente antes de tiempo. El accidente duró cuatro o cinco segundos a lo sumo. Un brevísimo pero eterno espacio de tiempo en donde se habían tirado los dados de la vida y la muerte. Una apuesta. Un cara o escudo que hubiera podido privarme de conocer el goce de los libros, la humedad de los cuerpos, la música de Bach, el jazz, la patria de los labios femeninos, el placer de las caricias, la chica de Bristol, las playas de verano, el sexo de madrugada y las promesas con aroma a vino. Cada vez que vuelve agosto estoy consciente de que en silla de ruedas nunca hubiera podido viajar por el mundo ni cargar una mochila. Así que de aquel accidente, festejo los inconvenientes y los imprevistos que me da hoy la vida. No era yo quien manejaba, pero desde ese día decidí que nunca iba a comprar un carro y que haría algo más productivo de mi tiempo que andar bocinando por las calles. Saqué mi licencia de manejar más tarde y la utilicé algunas veces para probarme que era capaz de hacerlo, pero después de algunos trayectos, comprendí que era tiempo perdido y me dediqué de lleno a la música y más tarde a viajar, a leer libros, a captar escenas de las calles y del mundo con una cámara, a intentar el amor y hasta a decir adioses. Es obvio que tengo un bloqueo con los peajes y las autopistas pues no me interesan en lo absoluto. Los automóviles han llegado a ser tan extraños como los camellos o los platillos voladores en mi vida cotidiana. No existen en mi conversación. No los veo en las avenidas ni en los bulevares y hago caso omiso de ellos, aunque sean tema omnipresente en las películas, las series por televisión, los documentales de investigaciones criminales o los anuncios publicitarios que incitan al consumismo inmoderado exhibiendo la felicidad de un perro en la parte trasera y a familias sonrientes en la parte delantera. Los carros invaden mi entorno visual sin acaparar nunca mi atención. Nada de un auto me cautiva. El tema es inexistente y abstracto. Los carros me incomodan cuando se invitan en las charlas vanidosas, desatan vacíos que jamás sé cómo enfrentar, inquietudes ocultas a las que apenas logro atribuir el pánico latente que me dejó aquel percance, en donde los dados entre la vida y la muerte cayeron a mi favor y me dieron la opción de quedarme del lado de la vida. 

Cada 12 de agosto, que yo quiera o no, mi cabeza es un bullicio de preguntas. Lo he considerado en estos días mientras recorro las calles de París, esta ciudad irreal que se convirtió en mi refugio y que de la noche a la mañana se transformó en un territorio repleto de carriles con estaciones y miles de senderos para las bicicletas. Mientras salgo a pedalear con la cámara en la mochila en las madrugadas tibias sobre los puentes del río Sena, que van a dar al barrio de Saint Michel y Notre-Dame y más tarde desembocan en la rue de Rivoli; cuando emprendo por fin la última recta de regreso a casa sobre la avenida de la Grande Armée y el aire me da sobre la cara, me despeina y me dibuja una sonrisa inusual que me recuerda que aún estoy vivo…

A veces la veo en algún lado de la acera y sé que es ella, el ángel de la muerte que me observa y me invita a hablarle, o acaso solo a que crucemos de nuevo nuestros rumbos antes de que vuelva, sin previo aviso, y en otro brevísimo pero eterno espacio de tiempo los dados de la vida y la muerte den un nuevo veredicto. 

Hoy hace 40 años no morí, y vivir sigue siendo una loca maravilla.

París, canícula de verano de 2020.

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