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El Acordeón

La escena del estanque


Ya metido de lleno en la política se ha visto que a él no le interesa hacer campañas con ideas o con doctrinas o con teorías, porque francamente no le interesa convencer; lo que se ha visto es que le interesa hacer campañas, más bien, con emociones, rabietas y caprichos, porque lo que realmente le interesa es vencer

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M

ary Anne Macleod, es el nombre de la madre de Donald Trump, quien parece haber sido un ama de casa muy decente, que no perdía ninguna oportunidad para apoyar los proyectos y empresas de su esposo, el padre del actual presidente de los Estados Unidos de América.

Quienes la conocieron recuerdan que su cabellera no pasaba desapercibida, se decía que era como ver un remolino naranja, más tarde el actual presidente dirá, evocando a su mamá: “mirando al pasado, me doy cuenta que parte de mi exhibicionismo viene por parte de mi madre”.

El itinerario de Donald es bien conocido, pero no viene mal recordarlo: antes de ser el presidente del Estado más poderoso del planeta codificó el mercado inmobiliario urbano de la isla de Manhattan, y no solo en Nueva York, sino también en las ciudades más importantes de su país, lo que hizo con su apellido adherido al sustantivo “Tower”; tal como si Michelangelo hubiese escrito Buonarroti en la mismísima cúpula de la basílica de San Pedro en el Vaticano, para que todo el mundo, hasta el más desinformado, al ver la arquitectura lo tuviese a él presente.

Quizá porque el narcisismo es lo que es, después de colonizar los mercados inmobiliarios, se orientó a colonizar la anatomía femenina y así, se convirtió en propietario del certamen “Miss Universe”; llegado este punto, los síntomas de su patología narcisista alcanzaron niveles de riesgo, porque, si bien es cierto que la autoestima es buena y aconsejable, también es cierto que cuando la autoestima se vuelve extrema, se convierte en una de las formas más eficaces de autodestrucción, así, por esa ruta, fue que el concurso que busca y proclama a la mujer más linda del universo, una vez que pasó por sus manos, estuvo a punto de desaparecer por completo.

Pero él, en el convencimiento de que, haga lo que haga, nunca deja de construir, se alejó o hizo como si se alejaba de su posición de magnate y empresario, para instalarse en la política partidista (si su país fuera otro, que conocemos bien, seguro que hubiera creado su propio partido, justo a la medida del inmenso aprecio que se tiene a sí mismo, como lo ha hecho más de alguno en este país nuestro).

“Yo en la política” eso es justo lo que toda la gente se merece, debió pensar internamente.

Ya metido de lleno en la política se ha visto que a él no le interesa hacer campañas con ideas o con doctrinas o con teorías, porque francamente no le interesa convencer; lo que se ha visto es que le interesa hacer campañas, más bien, con emociones, rabietas y caprichos, porque lo que realmente le interesa es vencer; hay un trecho muy fácil de percibir entre con-vencer y vencer; ya lo decía Miguel de Unamuno, referido a otro narcisista: “venceréis pero no convenceréis”.

Tal postura, si se la ve despacio y bien entendida, se traduce en un gran desprecio por la gente; y es que cuando uno se quiere mucho, mucho, muchísimo ¿…qué puede sentir por todos los demás mortales…?

Como tantas otras cosas, el narcisismo es una noción que se remonta a los antiguos griegos, en alusión a un personaje, cuyo camino a la ruina fue lo mucho que gustaba de sí mismo, o bien, de su imagen.

Ahora bien, abismarse en los problemas que propone la propia imagen ya no fue tanto el asunto de los antiguos griegos, eso ya fue cuestión de Sigmund Freud, el conocido psiquiatra de Viena, para quien esta noción aparece por primera vez referida a la elección de objeto en los homosexuales, bajo el supuesto de que ellos se toman a sí mismos como objeto sexual; en el entendido de que partir del narcisismo es el primer paso para buscar jóvenes que se les parezcan …y poder amarlos …como me amó mi madre, …que siempre me dijo que soy adorable…, que soy listo…, que soy apuesto… o, también, seguramente, …como los amó su madre a los jóvenes buscados.

De alguna manera, volvemos al comienzo, de alguna extraña forma, vuelve a aparecer la figura materna.

Más tarde, en el desarrollo del trabajo freudiano, ya en el caso Schreber (quien lo haya leído no habrá podido olvidarlo) Freud establece la existencia de una fase en la evolución de la sexualidad, que es como un limbo, una suerte de tierra media, como diría Tolkien (cabría entender, una zona para almas que no encuentran un lugar), que es una fase intermedia entre el autoerotismo y el apego a un objeto exterior, a otro u otra; como si se quedase estancado, otorgándose a sí mismo o a otros como ese sí mismo, el papel de objeto de amor.

En todo caso, debe entenderse que para Freud el yo es un gran depósito de energía libidinal y, como algo normal, esta ha de ser enviada a los objetos del deseo, posición desde donde, se supone, que esta energía debe retornar al yo emisor, una vez que dicha energía haya sido absorbida y devuelta por esos objetos, como amor (lo que se entiende un amor correspondido); en fin, que esta es parte de la teoría psicoanalítica freudiana, de acuerdo con la cual las cosas funcionan así; claro, esto es algo en lo que se puede confiar o no.

Pero, de cualquier manera, lo que aquí sí interesa es que si alguien es el sujeto que ama y el objeto amado al mismo tiempo, el amante y el amado a la vez, si alguien es un narcisista, esto resulta, solo por decirlo con una palabra simplona, en una suerte de atragantamiento y, ya se sabe, eso deviene, como poco, en un rostro abotagado…

Entre tantos que habremos visto, seguramente, en este momento alguno asalta nuestra mente.

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