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El Acordeón

La misa del fin del mundo


La inmensidad de la fachada de la Basílica de San Pedro estaba a sus espaldas y lo hacía parecer más endeble, más anciano, más frágil. Más solitario en la plaza vacía. El agua arreciaba o amainaba, pero no escampaba. El Papa pensó que si alguien hubiera preparado una imagen del fin del mundo, no la hubiera podido preparar mejor.

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La lluvia que estaba cayendo sobre Roma era más bien ligera, de esas que sin mojar mucho obligan el paraguas. Toda la ciudad estaba bajo una capa de nubes negras, por lo que el crepúsculo semejaba a una especie de penumbra grisácea, esa hora del día en que ni hay luz ni hay oscuridad, y el ambiente se carga de presagios. La plaza de San Pedro, que siempre estaba llena de turistas que fotografiaban, se asombraban y compraban vanos objetos sacros, ahora estaba completamente vacía. Eso le daba a las columnas de Bernini un esplendor blanco, que con la iluminación de esa tarde parecía color hueso.

El Papa pensó que a Bernini no se le admiraba como merecía. Gran arquitecto y gran escultor, no era el preferido de la gente, que a veces ni siquiera lo conocía. Las columnas unánimes de la plaza eran una maravilla barroca, exacta y semicircular, así como el éxtasis de Santa Teresa jugaba al doble sentido, desmayándose en el blanco mármol plasmado como si fuera una blanda materia agonizante. La gente prefería a los pintores, a Miguel Ángel, a Rafael, a Botticelli y sus doncellas vaporosas. La fama era injusta, pensó el Papa, mientras se encaminaba hacia el altar iluminado, como una candela que se hacía más vigorosa mientras más entraba la noche. ¡Quién sabe cómo seré recordado!, pensó. Había papas que eran solo un nombre y un número y otros que habían dejado huella, como Celestino V. Se consoló recordando a Borges, a quien había conocido en el lejano Buenos Aires. “Dentro de cien, doscientos, mil años, ¿quién se acordará de mí?”, solía decir, con falsa humildad, su paisano.

Cuando comenzó a subir la rampa que lo llevaba a refugiarse en el palio, sintió el peso de la edad. Nadie se siente viejo, pensó, hasta que su mismo cuerpo se lo recuerda. Le dolía la pierna izquierda cada vez que daba un paso, y eso lo obligaba a arrastrarla. No le gustaba y, al mismo tiempo, pensaba que podía ser una buena lección para los millones de gentes que lo estaban viendo en la televisión. La humanidad del Papa, dirían los periodistas. Al llegar bajo el palio, donde lo esperaba un altar iluminado, se dio cuenta que el techo hacía resonar la lluvia como si estuviera cayendo un aguacero. Estaba en una isla de luz, y, afuera, la oscuridad comenzaba a calar. Voy a tener que alzar la voz, pensó. Imaginó que las cámaras iban a tomar una panorámica de la plaza silenciosa y ausente, y que luego iban a acercarse lentamente hasta capturar un primer plano, cuando comenzara a hablar.

En efecto, la vista que se ofrecía desde la panorámica de la plaza de San Pedro sugería una catástrofe, un holocausto, una calamidad universal. ¿Se habría muerto todo el mundo y quedaba solo él, iluminado y mínimo en esa plaza inmensa donde la lluvia batía sin consuelo, ciega, inexhausta? Otros ruidos había, esporádicos. Unas gaviotas graznaban a lo lejos. Desde que la basura se acumulaba en la ciudad, las gaviotas habían viajado del mar para comerse los desechos. Roma podrida y cariada. Las gaviotas se disputaban con los ratones los desperdicios tirados por las calles. También, a lo lejos, se oía la sirena de una ambulancia que hería el silencio de catacumba de la urbe.

La inmensidad de la fachada de la Basílica de San Pedro estaba a sus espaldas y lo hacía parecer más endeble, más anciano, más frágil. Más solitario en la plaza vacía. El agua arreciaba o amainaba, pero no escampaba. El Papa pensó que si alguien hubiera preparado una imagen del fin del mundo, no la hubiera podido preparar mejor. Una figurita blanca, iluminada como una vela devocional, en medio de una plaza enorme y vacía, enorme y lluviosa, enorme y despoblada. Cuando comenzó a hablar, notó que su voz parecía fatigada o emocionada y esa ligera debilidad lo molestó. Era un pequeño discurso introductorio al evangelio que su ayudante, alejado varios metros de él, comenzó a cantar.

El evangelio era una especie de parábola sobre la fragilidad de los hombres y el vigor de Cristo. “Voy a decir que es la única vez en el Evangelio que Cristo aparece dormido”, había pensado al preparar la exégesis. “Quizá diga que está en contraste con la noche en el Monte de los Olivos, cuando los apóstoles son los que duermen y él bebe el cáliz de sacrificio”. Su asistente cantó el evangelio, en esa forma un poco ridícula que asume una narración que no está escrita para ser cantada. Relataba la vez que, en medio de un lago, Cristo y algunos de sus discípulos son sorprendidos por una tempestad fragorosa. Y mientras la barca se estremece pavorosamente, Jesús yace dormido, indiferente al peligro. Los apóstoles están muertos de miedo, y lo despiertan y, claro, Cristo los reprende por su poca fe. Se levanta y calma las aguas. La tempestad desaparece.

El Papa había pensado mucho en el comentario que podía hacer a ese apólogo que reflejaba tan bien los tiempos de apocalipsis que la humanidad estaba viviendo. Podría haber seguido el ejemplo de Fray Antonio de Montesinos, el dominico que apostrofó a sus feligreses de Santo Domingo por estar abusando de los indígenas. Con retórica prodigiosa, hija de siglos de predicaciones pero también de un talento natural, Fray Antonio había comenzado: “¡Voz que clama en el desierto! ¡Estáis en pecado mortal!” Era la voz del profeta que fustiga a sus contemporáneos, cuyas maldades han superado religiones y moralidades.

El Papa podría haber comenzado, de la misma forma, sujetándose a la tradición de la Iglesia, y citar sin miedo: “¡Voz que clama en el desierto! ¡Estáis en pecado mortal!”. Y podría haber continuado, como el Moisés que aparece en la Capilla Sixtina, flotando en la ira y en la turbulencia: “¡Habéis incendiado grandes extensiones de bosque y asesinado a sus habitantes, para plantar árboles cuyo fruto produce el cáncer! ¡Habéis desviado el curso de los ríos y habéis hecho morir de sed a los pobladores de sus riberas para construir plantas de electricidad! ¡Habéis contaminado el aire de la atmósfera hasta hacer irrespirable el ambiente de las ciudades! ¡Habéis roto la armonía de la selva para construir autopistas para el comercio! ¡Habéis destrozado las orillas del mar para construir horrendos hoteles de cemento! ¡Habéis llenado de plástico los océanos y hecho morir a los peces! ¡Habéis hecho deshacerse los glaciares de los polos, y vuestras ciudades están a punto de ser arrasadas! ¡Habéis hecho esclavos a vuestros semejantes, más que en los siglos pasados! ¡Estáis sometidos al dios del dinero y nada detiene vuestra sed de riqueza y vuestra ambición de poder! ¡Voz que clama en el desierto: estáis en pecado mortal!”.

Podía imaginar su voz restallando en la plaza vacía, la voz del profeta que clama en el desierto. Podía imaginar el escalofrío que habría de recorrer la espalda de sus oyentes, el estremecimiento de los millones de seres humanos que lo escucharían, el llanto silencioso de arrepentimiento. Podía imaginar, en fin, el título igual de todos los periódicos al día siguiente: “¡Estáis en pecado mortal!”.

Prefirió otra tradición cristiana para su comentario. Era una tradición derivada de la filosofía de los sabios de la India y que los nihilistas alemanes habían reelaborado en el siglo XIX. Prefirió, incluso, recordarse de sus lecturas de juventud, de sus clases de literatura en un liceo de Buenos Aires, en donde enseñaba a sus alumnos que le gustaba más Camus que Sartre, al hablar del existencialismo. La apología de la barca era antigua como el mundo, y la imagen de los hombres sorprendidos por la tempestad en una frágil cáscara de nuez, también. Ulises amarrado al mástil de su nave. Prefirió esa versión menos profética y más cerca del sufrimiento y del miedo. Era, también, más fácil y más reconciliadora. Prefirió decir que todos estamos en la misma barca, y eso dejaba claro que solo la solidaridad entre los que estaban en ese peligro los podía salvar. La solidaridad y la fe, que deriva en esperanza. Prefirió ese mensaje de salvación y no el otro, el apocalíptico de condenación.

Cuando lo dijo, se sintió aliviado. Bendijo a una multitud que no estaba, hacia los cuatro puntos de la ciudad, que eran los cuatro puntos del orbe. Roma, caput mundis. Mientras se retiraba, la noche había caído completamente sobre la ciudad desierta. Era como el escenario después del estallido de una bomba nuclear. Y su misa había sido como la misa del fin del mundo.

‘*Dante Liano. Escritor y académico guatemalteco residente en Florencia, Italia, desde la década de los ochenta. Es Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”. Su más reciente novela es “Réquiem por Teresa”, publicada en 2019 por el Fondo de Cultura Económica de México.’

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