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El Acordeón

Hasta la vista, Joker


Tiempos peligrosos, “tiempos recios”, tiempos salvajes, tiempos revueltos y retorcidos; tiempos en los que lo más normal es subvertir el género de las cosas.

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Una de las señas de identidad de esta época es la confusión, el mareo, el vértigo.

Hoy por hoy, a nadie sorprende que algo no coincida con aquello que es o parece ser; en los días que corren, hay cosas inexcusables, cosas que no pueden faltar, …y que sin embargo, pese a ello, son perfectamente vanas y superfluas, cosas necesarias que, a la vez, son del todo prescindibles, como accesorios, prendas o los llamados, para bien o para mal, “padres de la patria”, por ejemplo.

A estas alturas, a nadie le extraña que el cuento más famoso y representativo de este tiempo tenga como héroe a un individuo con tantos conflictos consigo mismo, como para que un día de tantos, amanezca sobre su cama convertido o creyendo que se ha convertido en una cucaracha, pese a que conserve y siga respondiendo al nombre de Gregor Samsa…

Uno de los hechos a que nos ha acostumbrado el correr de los últimos tiempos es al sorprendente suceso de que los héroes devienen en payasos y viceversa, basta con asistir al cine para darse cuenta; jamás se nos ocurriría pensar tal cosa de un Aquiles o un Ulises ni siquiera de un Edipo o una Ifigenia; héroes de cuando las cosas estaban en su sitio y eran lo que parecían.

Claramente me refiero, al hablar de los héroes de los últimos tiempos, a esos que se hacen llamar superhéroes, que pasan su vida empeñados en salvarnos del mal o de los malos (sin que sea lo mismo, en este caso da igual), héroes atrofiados, de tan seguros que están de que sus poderes, de que su visión de las cosas es la correcta o es la ley o, por tratar de decirlo de algún modo, de que su visión de las cosas es algo cercano a la verdad.

Tiempos peligrosos, “tiempos recios” (ha dicho otro con súper poderes), tiempos salvajes, tiempos revueltos y retorcidos; tiempos en los que lo más normal es subvertir el género de las cosas; nadie vuela ni tiene súper poderes, lo cual no impide que, siendo payasos, se presenten como héroes; nada ni nadie impide que, siendo payasos, su historia no tenga nada de risa, nadie se extraña de que, sin tener nada para decir, no paren de hablar.

Las cosas están tan patas arriba que ahora los payasos, hasta hacen uso del tono bíblico: delegan atribuciones, nombran lugartenientes, emiten decretos, reciben las tablas de la ley, abren caminos, parten los cerros, aunque al solo darse la vuelta se derrumben, …y así, sin qué ni para qué, se hacen cargo del cargo, perdón por la redundancia, pero así ha sido, ¡tal cual…!

Lo alentador, pese a todo, es que nos hemos acostumbrado a vivir la vida sin voltear a ver al héroe-payaso, pero si volteas a verlo, que no es obligatorio, pero si insistes en hacerlo, en asumir y correr el riesgo (¡allá tú…!) allí justo vas a ver a esos dos: al héroe y al payaso fingiendo que trabajan en montar una estructura racional, pretendiendo que su colaboración mutua tiene sentido, negando por la tarde lo que ha afirmado por la mañana, haciendo como si se llevan bien, como si se respetan, como si tuviesen delimitadas sus jurisdicciones y competencias; el problema es tan grave que el héroe nunca ha tenido capa roja ni súper poderes y el payaso nunca ha tenido ni pizca de gracia, mientras el héroe, haciendo un exceso, se viste de soldado en verde olivo y marcha con paso militar, o bien el payaso se deja crecer una barba de tres días que solo logra hacer visible y acentuar su afición a las bebidas con espíritu.

De manera que la identidad del sujeto no existe; hablar de él con la seriedad con la que debería poderse hablar de alguien, de cualquiera es simplemente, imposible; es como si el sujeto luchara contra sí mismo al compás del absurdo ritmo de sus procesos y sus mecanismos.

Cuando el sujeto dice: yo afirmo, yo deseo, yo propongo, yo decido… y toda la posible lista de sus actitudes, lo único que se capta es una especie de repetición de autista, una terca monserga estridente; sin que sea posible ningún reconocimiento del lugar de dónde viene lo dicho porque, francamente, todo cuanto dice puede provenir, o bien del héroe, o bien del payaso, o bien de alguna zona intermedia.

En suma y en términos formales, uno podría decir, al ver al sujeto, que lo único que se tiene enfrente, cuando se lo ve, es alguien incapaz de decir: yo soy yo, alguien para quien establecer un nexo consigo mismo es lo más lejano, remoto, imposible.

Tonto, desubicado, desquiciado; …y estas palabras no son agravios, funcionan más bien como preguntas; en todo caso, veamos si podemos ir encaminando la respuesta: si somos racionales es porque somos modernos o cartesianos, por eso mismo, la racionalidad se encuentra en la certeza de sí del sujeto, en su consciencia de sí, el sujeto en primer lugar sabe de sí mismo; el “pienso luego existo” de Descartes significa justamente eso mismo; de manera que quien no sabe de sí o no lo pretende o se elude a sí mismo resulta ser un tonto o un perdido o alguien fuera de quicio.

Si, tan solo, fuéramos capaces de aprender a no ser un obstáculo para nosotros mismos…

Pobre héroe o pobre payaso, como el Joker de la película, al enfrentar la realidad con las armas estridentes, ridículas y desproporcionadas de su personalidad rota; carne de cañón para los señores de las armas que lo mandan; aunque, en beneficio del Joker de la película hay que decir que él ataca a la corrupción y a quienes lo dañan, mientras el de aquí es un poco su reverso, en tanto se hace cómplice de los que abusan de él, de todos, de quienes dañan.

Retrato de un enfermo, payaso sin gracia; en fin, algún mérito habrás de tener Joker invertido, y es que la mueca de tu cara es la mejor metáfora de la política.

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