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El Acordeón

Ordesa: la ternura infinita


Ordesa de Manuel Vilas, esta es una novela que funciona como si nunca comenzara, y también como si nunca terminara, no comienza cuando empieza y no termina con el punto final.

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Si con la mirada se construye la imagen ¿con qué ojo se la destruye…? ¿a dónde hay que mirar para destruirla…? Tal vez al blanco del papel y al negro de la tinta, o la pregunta debe ser ¿cómo tendría que ser la mirada para disolver la imagen…? Quizá narrativa, 

En todo caso ¿Qué es lo que se ve cuando se mira…? De acuerdo con la sabiduría de Manuel Vilas habría que decir: depende de cómo se mire; aunque se vea como se vea, siempre hay algo visible y algo (invisible) que se ve solo con el ojo del espíritu, al menos, así lo diría Merleau Ponty, trescientos años después de Descartes. 

De lo que se trata es de aquello que, al final, educa el alma; aunque el hecho es que eso sucede, para bien o para mal querámoslo o no; sin embargo lo importante es que las cosas no se quedan ahí, porque aquello que sucede para bien o para mal querámoslo o no, a veces deviene en el tema, en el objeto, en el asunto y este consiste en que se toma la propia vida para darle una forma, para moldearla, para buscar un sentido y escribir una novela.

De lo que se trata es de tomar la primera persona, la propia vida para escribir sobre ella, se trata de intentar la escritura del yo; eso mismo es lo que ha hecho Manuel Vilas en su novela Ordesa; hablar o escribir sobre lo que él ha hecho en la vida o sobre lo que la vida le ha hecho a él, lo cual sin duda, de forma inevitable, implica vérselas con la tradición y en el caso de Vilas, vérselas también con el talento y con cuotas inconmensurables de lealtad, melancolía y ternura.

Nunca ha sido fácil para nadie desvanecer o tumbar las máscaras: para ninguna persona ni para ningún escritor; la autobiografía ha sido un género que siempre ha provocado incomodidad o, como poco, desconfianza; aunque venga desde tan lejos como la época en que Platón redactó su Carta VII o en la que San Agustín puso en marcha sus Confesiones; género renovado y revivido muchas veces, sobre todo en algunas épocas más que en otras, como en la época de Montaigne, Pascal y Descartes.

Si es cierto que toda lectura, en el fondo, es interpretación podría ser valioso, por ejemplo, intentar la lectura de un texto tan popular y tan añejo como el Discurso del Método de Descartes como una escritura sobre el yo: todo el tratamiento que él hace de la duda es una forma autobiográfica de marcar, no la diversidad de las opiniones, sino más bien una especie de vacuidad: ya se sabe que para Descartes, pese a haber tenido una vida movida y rica en experiencias, todo al final llega a ser mental.

Pero hoy no importa hablar de filósofos, hoy importa hablar de otra cosa, tal vez de cosas que sí que tienen que ver con la filosofía, pero expresadas por escrituras en el ejercicio de la literatura, en ejercicio de narraciones que hablen de sí mismo, y es que, aunque pueda parecer muy fácil hablar-contar-narrar lo más cercano, lo propio, lo más inmediato, la verdad es que no tiene nada de fácil.

Según la psicología, para aprender a hablar el niño debe pasar del él al yo, la tercera persona es la que antes se ha conquistado, hasta después se llega a la primera persona: quien aprende por primera vez en la escena frente al espejo es un él, hasta después ese él advierte que es-soy yo.

Pero, es el caso de hablar de una particular escritura del yo, es el caso de hablar de la novela Ordesa de Manuel Vilas, esta es una novela que funciona como si nunca comenzara, y también como si nunca terminara, no comienza cuando empieza y no termina con el punto final, porque uno está en ella antes de leerla y uno sigue en ella después de cerrar el libro y, también, porque uno vive en un constante recular y adelantar, en un constante volver mientras se avanza.

La letra de una canción dice: …al lugar que has sido feliz no deberías tratar de volver… si eso fuera posible…

Pero, de cualquier manera, hay un punto en Ordesa en el que uno se entera que ya pasó el matrimonio porque él es divorciado, que ya pasó el trabajo porque él es jubilado, que ya pasó la ilusión porque él es un desencantado, pero sobre todo, que ya murieron los padres porque él vuelve a ellos de todas las formas posibles una y otra vez de forma incesante.

El escenario de la novela es la España de la segunda mitad del siglo XX, con todas las señas de identidad que la distinguen y el abanico de aconteceres, saberes, convicciones y anhelos de una época y de una población; y todo ello envuelto en una atmósfera poética de crítica y verdad.

El autor escribe como si la vida lo hubiera disecado, como si a fin de cuentas solo quedara una momia viva que duerme, come, camina, espera, ve, oye y de vez en cuando conduce su automóvil, pero sobre todo es una momia disecada que recuerda (porque de tanto ir al recuerdo quedamos como disecados); de modo que si la electricidad ha abandonado su vida, esa electricidad únicamente ha quedado reconcentrada en el acto de recordar, la emoción de la electricidad ha quedado reducida al acto de la memoria; sin la chispa de la electricidad no hay vida, pero si esa chispa ha quedado solo para el recuerdo, la vida se reduce a eso.

Una de las cosas más importantes en Ordesa es formular la pregunta ¿quién habla…? ¿quién es el yo que habla…? Porque al intentar responderla se cae en la inevitable oscilación de decir, por un lado, quien habla es un personaje de novela y, por otro lado, hay que decir, quien habla es un personaje de la vida misma ¿Cómo puede ser que ambas respuestas sean ciertas…? Ambas son ciertas porque Ordesa cumple con un notable de cien puntos lo que se ha intentado decir desde el inicio: es un magnífico ejemplo de eso que se llama: la escritura del yo.

Sin embargo, las cosas no se quedan ahí cuando se trata de la novela de Vilas, porque de lo que se trata, se decía al inicio, es de educar el alma; y ese yo disecado en vida es, en el fondo, un alma que no acaba de educarse, un alma que ha llegado al punto en el que el tiempo ya no importa, porque la verdadera educación nunca termina, porque la memoria que recuerda no cesa de volver una y otra vez a la infancia, de ir a la casa en que se ha crecido, a la casa donde los padres eran el mundo entero, a la casa de los padres que se han ido, mientras la vida sigue con la única certeza de ir al lugar del que nada se sabe.

 

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