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El Acordeón

“La Forma del Agua”, poesía de lo monstruoso


El abismo del encuentro con el otro, del encuentro amoroso, es pues siempre algo monstruoso. Así como el agua, el amor está siempre allí y toma cualquier forma, ocupa todo el lugar en el que se encuentra, pero es inabarcable, indecible y elusivo.

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Si les hablara acerca de él, ¿qué les diría? Guillermo del Toro siempre me ha hablado, más allá de las palabras, acerca de aquello brumoso e indefinible que yace en lo profundo del ser humano. Ahora más que nunca, esto se revela como evidente en la belleza silenciosa de su última película, La Forma del Agua (2017), ganadora este año del Oscar a la mejor película y mejor director. Sumergidos en lo profundo de su imaginación, de su amor por el cine y su profunda comprensión de las emociones humanas más puras, como espectadores nos ahogamos lentamente en la poesía visual tan característica del director mexicano. Sin embargo, esta vez, sus imágenes y estética de lo bizarro parecen hablar a través de una exploración del sentimiento de incompletitud. La falta de algo, el vacío que caracteriza todo recuerdo, y la incertidumbre que revela el encuentro con el otro son diferentes formas que adquieren aquel carácter incompleto o sentimiento de falta que todos hemos sentido en algún momento de nuestra vida. Pero a pesar de esto, es un sentimiento al cual le tememos. Sin embargo, Del Toro siempre ha estado tratando de adentrarse y hablar desde esa falta que caracteriza toda vida humana. Para ello, ha tenido que sumergirse en el carácter incomprensible de los monstruos y universos aparentemente fantásticos. Y es allí en donde formula su pregunta acerca del significado de las emociones humanas y la verdad que estas encarnan. La Forma del Agua es esencialmente una reflexión acerca de la emoción humana más atemorizante: el amor. Hablar de este último es siempre algo difícil ya que es hablar acerca de la falta y de aquello incompleto, de lo indefinible y de lo esquivo. De cierta forma, el hablar o reflexionar acerca del amor es el intentar enfrentarse a un monstruo aterrorizante pero inexplicablemente bello ¿Cómo algo monstruoso puede ser bello?, es tal vez una pregunta a la que nunca encontraremos respuesta. El abismo del encuentro con el otro, del encuentro amoroso, es pues siempre algo monstruoso. Así como el agua, el amor está siempre allí y toma cualquier forma, ocupa todo el lugar en el que se encuentra, pero es inabarcable, indecible y elusivo.

De esta forma, para poder hablar de lo monstruoso y de lo indecible, Guillermo del Toro toma el camino de la poesía cinematográfica y nos entrega una de sus mejores películas, si es que no la mejor de todas hasta ahora. La historia se desarrolla a principio de los años 60 en plena Guerra Fría. Elisa Espósito (Sally Hawkins) es una conserje huérfana y muda que trabaja en un laboratorio del gobierno con su amiga Zelda (Octavia Spencer), una mujer de color. La vida rutinaria de Elisa tambalea con la llegada de una criatura anfibia (Doug Jones), mitad hombre mitad pez, la cual proviene de Sudamérica. Elisa se encuentra inmediatamente intrigada por esta criatura y rápidamente entablan una relación. Sin embargo, el lenguaje de comunicación entre Elisa y la criatura es el lenguaje de la música, de la comida y de gestos de amabilidad y de eventual cariño y ternura. Mientras estos lazos impronunciables se comienzan a crear, el director del laboratorio Richard Strickland (Michael Shannon) toma la decisión de matar a la criatura para estudiar y comprender su sistema respiratorio y utilizar este conocimiento a favor de los Estados Unidos en su carrera contra Rusia por poner un hombre en la Luna. Al escuchar esto, Elisa decide, con la ayuda de su amigo y vecino Giles (Richard Jenkins), robarse a la criatura y liberarla en el mar.

El límite de lo humano

Muchos que habrán visto la película podrán mal entenderla al no poder ver más allá de lo literal: un romance entre una mujer y una criatura mitad hombre, mitad pez. Pero ninguno de ellos podrá negar el hecho que la película nunca cae en lo cursi o incluso en lo ridículo y es excepcionalmente bella. La genialidad de Guillermo del Toro es lo que permite esto ya que, más que más allá de la historia de un romance inusual, Del Toro habla del carácter extraño e incomprensible del encuentro amoroso. La criatura anfibia se entiende pues en una metáfora (porque toda la película es una metáfora del falling in love) del otro como aquel nunca totalmente comprendido y siempre un tanto desconocido. Sin embargo, el simple hecho que la criatura no se transforme al final de la película habla, como dice Del Toro, del amor como un acto de fe en el cual se acepta y ama a la otra persona tal y como es, sin esperar una transformación fantástica que lo convertiría en lo imaginariamente esperado. El monstruo de Elisa permanece siendo un monstruo y es en todo el esplendor de su monstruosidad en el que ella decide sumergirse por completo y enfrentarse al carácter abrumador de lo Real. Como bien lo dice la expresión en inglés, el acto del enamoramiento es una caída hacia lo desconocido y lo incierto. Es pues en esa caída aterradora en donde se encuentra un conocimiento intuitivo sobre la Verdad y la belleza del amor. Es ahí en donde este último adquiere su significado. ¿Qué sentido tendría el amor sin el riesgo de la decepción y la tristeza, de la soledad y del dolor?

Los monstruos en las películas de Guillermo del Toro se pueden entender como las formas indefinidas e inidentificables que adquiere su exploración del alma humana. Sin embargo, esta exploración ha pasado por varias etapas de las cuales, el monstruo de La Forma del Agua parece ser su culminación. Es evidente que Del Toro tiene otras películas en donde lo fantástico es representado y explorado, por ejemplo Hellboy (2004 – 2008), Blade II (2002) o Pacific Rim (2013). Pero para comprender esta exploración de lo humano, vale la pena volver nuestra mirada a dos películas en donde el director mexicano introduce lo monstruoso o sobrenatural en el medio de un plano estricta y dolorosamente humano: El Espinazo del Diablo (2001) y El Laberinto del Fauno (2006). En la primera, lo monstruoso todavía no adquiere una forma específica, sino que aparece más bien como un fantasma, como algo intangible; el mismo Del Toro define al fantasma en las primeras frases introductorias de la película como “un evento terrible, condenado a repetirse una y otra vez”. El fantasma de Santi es aún una especie de no figuración o no corporalización de lo monstruoso mientras que en El Laberinto del Fauno el hombre pálido es ya la primera representación encarnada de lo monstruoso, en este caso de la violencia fascista de la Guerra Civil Española. Sin embargo, este es un monstruo que existe de una forma paralela a los sucesos históricos de la guerra. Lo monstruoso aún se encuentra definido como algo que pertenece a un mundo paralelo al mundo crudo del ser humano. Después de todo, aunque el hombre pálido fuera real para Ofelia, este queda de cierta forma atrapado en el universo del cuento de hadas como metáfora de la brutalidad de la guerra y un intento de parte de Ofelia para asimilar el trauma. En cambio, en La Forma del Agua ya no hay una mediación o paralelismo entre lo humano y lo monstruoso, al contrario, este último es claramente parte del segundo. El monstruo de Elisa ya no es intangible, ya no es una representación metafórica de una violencia en específico, ni tampoco existe en una narración paralela. En su última película, Del Toro ya no tiene la necesidad de restringir lo monstruoso a un universo distinto al del ser humano ya que la criatura anfibia es más bien la representación del lado monstruoso de la propia humanidad. Este no es una encarnación del mal o de Strickland para ser más específicos. El paralelismo presente en sus otras dos películas se convierte ahora más bien en el otro lado de la humanidad, el lado sumergido en las profundidades y temidamente inaccesible. En ese sentido, Elisa y el amor que nace entre los dos personajes representa el límite de lo humano, lugar o instancia única en donde es posible tener una intuición del valor estético de lo monstruoso.

Lo siempre inaccesible

De esta forma, es únicamente en los monstruos, en lo indefinido teñido por un claroscuro turquesa, que se le puede dar expresión al carácter epifánico del encuentro amoroso. Quizás hoy en día es tan difícil hablar acerca del amor sin rozar los erróneos prejuicios de lo “ridículo” o “cursi” porque nos hemos olvidado que aquello que alimenta nuestro espíritu se encuentra fuera del alcance de toda comprensión racional. En ese sentido, la aparente incomprensible relación amorosa entre Elisa y un hombre pez deja de parecer sin sentido y adquiere, con toda la sutileza del fluir poético de cada encuadre, una dimensión más allá de lo mundano en la cual el sentimiento de falta y de lo inabarcable es nuestra mejor respuesta ante la eterna interrogante por el significado del encuentro amoroso. En la revelación epifánica de este encuentro no se da un cambio sino más bien se amplía nuestro horizonte, repentinamente desarrollamos branquias para poder aceptar y amar la parte monstruosa del otro, esto es, su otredad radical. Es así como, al no poder percibir una forma definida y racional de lo que es amar, nos dejamos envolver por las aguas turquesas de lo siempre inaccesible. Es en ese momento en el que se es capaz de percibirlo en todo nuestro alrededor, su presencia intangible llena nuestra alma con la silenciosa poesía de lo monstruoso ya que su presencia está ahora en todo, incluso en la diferencia irrevocable.

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