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El Acordeón

La guerra y la paz


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LA GUERRA Y LA PAZ

 

Por Rogelio Salazar de León

 

Comenzar a leer la célebre novela de León Tolstoi titulada bajo esas palabras equivale a quedarse con la idea de que los nobles y aristócratas rusos están muertos de miedo, casi paralizados del miedo ante el avance imparable del General Bonaparte hacia el oriente de Europa.

Ellos le dicen de todo al general francés, le dedican sus blasfemias más ácidas y las palabras destiladas con la mayor dedicación desde los filtros y alambiques del odio: don nadie, advenedizo, contrahecho, como quien dice un ‘preetender’ cualquiera o, si se prefiere mayor color local: un ‘wánabi’, ni más ni menos.

Lo más probable es que la gran masa inculta, desfavorecida, campesina y olvidada de Rusia no tuviese ninguna opinión al respecto de la Francia revolucionaria ni del General Bonaparte, o bien, es posible que su opinión fuese manipulada apelando al fervor nacionalista, a los valores patrioteros y al orgullo nacional; es casi seguro que esa inmensa mayoría de rusos no era capaz de entender que los principios de la Revolución Francesa estaban explotando sobre el mundo entero con más potencia que la producida por la desintegración del átomo debido a las guerras napoleónicas, cuyas consecuencias serían definitivas e imborrables desde la fría estepa rusa hasta la América Latina completa.

¿Qué hubiera sido de las independencias en nuestra región, si Fernando VII no hubiese sido destronado por el General Bonaparte, durante los primeros años del siglo XIX…?

Pero ¿qué sentido puede tener recordar una historia tan conocida y, además, recordarla por vía de la ilustre novela de Tolstoi, también tan conocida y reconocida…?

Seguramente, el sentido para hacerlo puede ser el mismo que produce el ponernos un espejo frente a la cara.

Alguien que sabía mucho de espejos, ha dicho que si se pone a un bebé muy pequeño frente a un espejo, él no sabe que la imagen que ve reflejada es la suya, que es la propia, pero el hecho es que este bebé en algún momento sí lo sabrá; además el experto en espejos ha dicho, que esta toma de consciencia o de autoconsciencia está relacionada con la apropiación del lenguaje.

A lo anterior se puede añadir: si se pone una mascota, para evitar la palabra animal, perro, pájaro o mono frente a un espejo, este tampoco sabe que la imagen que ve reflejada es la suya; sin embargo, la diferencia es que este último nunca lo sabrá, así se muera de viejo ante el espejo, en cambio el bebé sí que lo sabrá.

El asunto que importa es que la consciencia de sí, para el animal, es imposible.

Actualmente, algunos guatemaltecos, sin ser nada parecidos o cercanos o análogos a la nobleza rusa, ni ser próximos a ningún Zar de Rusia, también parecen estar muertos de miedo, como si dijésemos desesperados y paranoicos ante su incapacidad para administrar la crisis, y tal vez todo es tan difícil de ver o de digerir o ambas cosas, porque la crisis que los atenaza, en el fondo, ha sido provocada por ellos mismos.

No es que querer ganar siempre sea malo, para nada, eso es lo más normal del mundo y, hasta cabe decir, lo más natural del mundo; en donde todo se tuerce es en querer ganar pese a todo y a todos, es decir pasando sobre lo que sea o sobre cualquier otro: si se quebranta la ley, si se cobra y no se realiza aquello por lo que se ha cobrado, si se administran bienes que no son propios y ya sea estos y/o sus frutos se desvían de su destino, si se lucha por borrar el servicio público para inscribirlo luego en el mundo del lucro bajo cualquier pretexto, sin importar si es educación, salud o seguridad, si por autorizar algo que es obligación hacer se exigen dádivas desmedidas o descabelladas; entonces se desvirtúa el sentido de lo que significa ganar para pasar a significar otra cosa que, como poco y cuando menos, pasa a significar abusar, por no decir algo peor.

Por eso, estar o sentirse bajo presión puede ser resultado de lo que se ha hecho al torcer algunas cosas, pero como a veces es tan difícil verse al espejo, con mucha frecuencia y más de las veces que debiera, las cosas se trasfieren, se difieren, se aplazan.

Alguna vez, alguien dijo que había aprendido a rasurarse al tacto, justamente, para evitar la opinión del espejo.

Parte de lo que ha llegado a significar transferir las culpas o responsabilidades propias puede ser lo que algunos han llegado a llamar, sin ninguna originalidad, administrar la crisis, expresión dentro de la cual caben muchas cosas: desde la reiteración de letanías falaces hasta alianzas con sectores cada vez más oscuros y sombríos, desde disparates como “ahí viene Maduro” (como si él fuese a venir vía embajada norteamericana) hasta pactos de pastores religiosos con gánsteres capaces de comprar y vender almas propias y ajenas, desde invertir fondos en tiempos de aire de estaciones radiales y televisivas hasta invertir fondos en antesalas y lobys fallidos desde antes de nacer.

Si rasurarse es como lavarse la cara, rasurarse al tacto es como no ver o no querer ver la mugre, es como una forma conveniente de lavar o de lavarse; y hay que ver la vigencia y las diversas cargas semánticas que este verbo (que puede ser un verbo pronominal) ha alcanzado últimamente; que recaiga la acción del verbo sobre el sujeto que la realiza y no sobre alguien más, es lo que convierte al verbo en pronominal o reflexivo, predica la gramática.

El hecho es que lavar mi dinero es como lavarme y, en este caso, el paso del verbo a pronominal resulta necesario, porque tal vez ese dinero no es tan mío, o bien digamos, no es tan legítimamente mío.

En fin, el verbo lavar, en relación con el dinero, se convierte en pronominal, en primer lugar porque el dinero es tan mío como lo intrínseco y porque así lo quiero creer, y en seguida porque hay secretos envueltos en su origen, porque hay cosas que no conviene se sepan, porque hay inconveniencias que son como la mugre, la cual mejor si no se ve o si se maquilla.

Nunca ha dejado de ser cierto y bien sabido que el oro, por lo regular, se encuentra entre el fango, pero también es cierto que no siempre se ha obtenido de la misma forma: los conquistadores se lo quitaron a los indios, los piratas se lo quitaron a los conquistadores, los aristócratas y los curas se lo quitaron a los piratas y los burgueses, cuando les tocó hacer la revolución, se lo quitaron a nobles, aristócratas y curas; y la verdad pura y dura es que cada uno ha luchado por tenerlo y mantenerlo hasta donde le ha sido posible, para lo cual la dinámica ha sido aquella que sirve de nombre a la saga de Tolstoi: la guerra y la paz.

¿Por qué iba ser Guatemala la excepción a esa dinámica…?

Ahí está como ejemplo la versión más rancia y criolla de nuestra sociedad, y nunca mejor dichos estos dos adjetivos que en relación con aquel que afirma, reitera y subraya haber firmado la paz pero también poder hacer la guerra, como quien quiere dar la impresión de ostentar una fuerza innecesaria y que no viene al caso, por lo que sólo logra dejar la sensación de ser alguien más asustado que enojado, de ser alguien que nunca verá su propio rostro y nunca llegará a reconocerse, y menos aún, a enterarse de cómo lo ven los otros, justo como si sólo viese fantasmas; y ya se sabe lo que se dice en estos casos: quien sólo ve fantasmas que vaya al psiquiatra.

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