[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

El Acordeón

El viaje en la Literatura


Si viajar es vivir, entonces leer es también vivir, porque cada libro que leemos procura una sorpresa, y así mismo es escribir, porque entraña el interés de abrir nuevas brechas con la imaginación, crear nuevos destinos para la humanidad, con lo que se logra participar en el proceso natural de la expansión del universo.

foto-articulo-El Acordeón

La vida es el viaje más asombroso e impredecible que emprendemos todos, asombrosa experiencia que, por lo que tenemos comprobado hasta el momento, concluye con la muerte.

La vida es un viaje y toda una aventura, una fiesta que emprendemos repletos de sueños (que son premoniciones de otras vidas), por donde van desfilando de infinitas maneras el dolor, los remordimientos, el hambre, la sed y las pasiones, sujetos a la manifestación de la ira o la envidia, como a tantos placeres que nos regalan los sentidos.

Pero el viajero lector, consciente de que está viajando, puede además vivir otras realidades simultáneamente, o ser varios a través de la Literatura, que hace posible viajar a otras dimensiones, esa magia que le está vedada a los animales no pensantes, que “sienten”, pero no imaginan.

En el Mundo Antiguo, el viaje literario no lo emprendían los seres comunes y normales de experiencia aparente repetida, como la del esclavo que se pasó su tiempo consciente encadenado a las naves guerreras de los griegos en el mar del Peloponeso, remando sin parar, imposibilitado a conocer las particularidades de la guerra que se libraba en el exterior. Los remeros anónimos perecían escuchando los gritos de quienes hacían historia, independientemente de si los protagonistas ganaban las batallas o se resignaban a no volver a sus campos floridos. Los esclavos anónimos se ahogaban en la nave negra herida que se hundía en las profundidades del océano.

Los protagonistas de los viajes eran otros, las figuras conocidas, imagen legendaria de seres ideales que contenían las virtudes morales y todos los vicios contemplados. Los lectores somos el esclavo que vivía en la imaginación las hazañas del viaje que realizaban los héroes, como Aquiles cuando llegó al frente de su nave, destacando entre un millar, impulsadas por la multitud de remeros ocultos en las galeras, decididos a romper las defensas de Troya.

Leyendo la Ilíada la humanidad capta el sentido pleno de la Literatura cuando Aquiles emprende la acción en la gran batalla increpando a sus caballos, a Xanto, especialmente, por no haber salvado a su amigo Patroclo de la muerte. Es entonces cuando el caballo inmortal habla como los humanos y le advierte quedo, al oído, que si continúa con su propósito, triunfará y humillará a su honroso oponente, pero morirá después. Todavía puede retirarse, pero Aquiles no dudó, porque una vida pacífica a la orilla del mar no podía valer tanto como la Gloria. Él quería que su nombre fuera pronunciado en voz alta de allí en adelante, mientras existiera el mundo, para conmemorar su valor y destreza. Y seguro se habrá revuelto satisfecho de alegría en su tumba, cuando Alejandro el Magno, que nunca viajaba sin su ejemplar manuscrito de la Ilíada (el cual ponía debajo del lecho en la tienda de campaña), le ofreció honores en el año 331 antes de Cristo, en el lugar donde se supone murió el héroe, la vez que pasó al frente de un Ejército de cuarenta mil soldados para reconquistar las ciudades griegas dominadas en Asia por los persas.

Una horrible noche

Han pasado más de tres mil años desde las supuestas gestas de Aquiles, y nosotros, en un país temporal llamado Guatemala, invocamos su nombre. Aquiles es Literatura.

Pero está también el viaje maravilloso de Jasón y los Argonautas, cuyo héroe cumple una misión considerada imposible para rescatar el vellocino de oro. Jasón ha sido enviado intencionalmente para que perezca en el intento, pero se libra de todas las pruebas y logra su objetivo evadiendo a la muerte.

La escritura ayudó a estampar con letras de oro en las grandes murallas de mármol de los viejos imperios, las historias asombrosas de los viajes fantásticos de guerreros legendarios para la preservación de su memoria. Y entonces, animados por las enormes posibilidades de la escritura, la humanidad se arriesgó a emprender con la imaginación el viaje más inquietante de todos, el que resolvería o explicaría el misterio de todos los misterios, el viaje más allá de la muerte.

Ninguno de nosotros podría, según creemos hoy, entrar en el mundo de los muertos y regresar vivos y coleando a contar la experiencia.

Así que a la Literatura le correspondió explorar tal posibilidad. En la Odisea de Homero, que es la historia del gran viaje de Ulises, travesía que duró diez años tras haber estado otros diez en la guerra de Troya, donde peleó junto a Aquiles; el héroe emprende en el canto XI la insólita aventura suprema, cuando “una horrible noche” llegó la nave negra a los límites del Hades, el mundo de los muertos, a la que no tenía derecho de ingresar ningún vivo y menos si tenía pensado regresar después a continuar disfrutando del mar y el sol. Ulises pasó todas las pruebas y dificultades impuestas para impedir su ingresó al continente oscuro, y en la entrada se sintió sobrecogido de terror ante una multitud de desesperados que lo rodearon emitiendo un clamor quejumbroso, murmullo de espectros, despojados de la voz y los sentidos. Entre los rostros de extraños encontró a su madre, y a los amigos que se le habían adelantado en la travesía. El viejo adivino, Tiresias, le reclamó después de seguir los ritos de sangre que permitieron comunicarse, haber abandonado el sol para sumergirse en esa triste realidad oscura, echándole a ellos en cara su privilegio, y le pronosticó su destino, porque podría continuar el viaje, aunque perdería en sucesivos naufragios sus naves y fortuna, y sería arrastrado, y llegaría al hogar tras múltiples peripecias, y, después, siendo ya viejo, la muerte le llegaría del mar. Solo entonces se les uniría a ellos, que lo estarían aguardando. Ulises recorrió el horrendo mundo de los “mortales que ya no viven”, un espacio humillante y disminuido, el inframundo, donde se encontró ante Aquiles, el semidiós que gobernaba en la oscuridad, y lo alabó, porque en vida fueron juntos parte de la historia, pero el heroico amigo despojado de su arrogancia mundana se lamentó arrepentido, porque: “preferiría ser labrador y servir por un salario a un hombre pobre que apenas pudiera mantenerme, a reinar sobre los que ya no son”. ¡Tanto extrañaba la vida!

Ulises no percibe deseable el más allá, en lo absoluto, aunque sea el destino inevitable, y se aferra con garras a la vida, subió a su nave y ordenó que desataran las amarras para continuar la aventura.

Algo así como ochocientos años más tarde, en tiempos del Imperio romano, el poeta latino Virgilio retoma el viaje al más allá, pero mucho más en detalle, creando a Eneas, el troyano que construyó las bases de Roma para que su estirpe volviera a reinar. Él también descendió al inframundo. Los insepultos clamaban por pasar la laguna Estigia, y Eneas los contempla aturdido. El horrible barquero Caronte lo condujo al margen opuesto de la laguna, donde aguardaban los espectros, incluyendo a su propio padre, como figuras etéreas que dan la ilusión de cuerpos, pero se los atraviesa como aire. Allí descubre que unos sufren el castigo por lo actuado en vida, mientras van ascendiendo en el tiempo hasta alcanzar los Campos Elíseos, de donde mil años más tarde podrán salir olvidados de su pasado para volver a la Tierra como otros.

El viaje continúa siendo la propuesta de la Literatura, pero Virgilio muere 19 años antes del nacimiento de Cristo, y con la revolución del cristianismo cambia todo el sentido de la vida, se humaniza la experiencia, se sustituye los modelos de personajes legendarios por las figuras del judaísmo, por Sansón, Jonás y la ballena, David y Goliath, Abraham a punto de ofrendar a su propio hijo en el altar, a Caín asesinando a su hermano, e ingresa el nuevo pensamiento que modifica la ficción al buscar una respuesta imaginaria al viaje velado y misterioso que realizó Cristo después de morir en la cruz, en los tres días antes de resucitar. ¿Qué presenció Cristo en el más allá?

Un mortal insignificante

Tras un intenso proceso de maduración, luego de mil trescientos años, los nuevos protagonistas de la aventura literaria serán los pequeños seres humanos, los mortales. En la Divina Comedia, Dante Alighieri propuso recorrer él mismo el viaje por el más allá siendo protagonista, guiado por Virgilio y Beatriz, en un recorrido imaginario fascinante por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Ese es el momento supremo de la Literatura cristiana, porque el autor italiano se empeñó en relatar el gran viaje de ficción, realizado por un mortal insignificante, él mismo.

Durante el proceso de gestación, cinco siglos antes de Dante, un autor anónimo reunió el repertorio de las historias fascinantes de Bagdad, Damasco y China, en Las mil y una noches, obra que incluye una joya inmortal, los Siete viajes de Sindbad el Marino.

La historia cuenta que, bajo el reinado de Harún al-Rasid, “había en Bagdad un pobre mandadero que se llamaba Hinbad”, quien un día caluroso se detuvo a descansar, poniendo en el suelo su carga, atraído por el aroma perfumado que surgía de una mansión, como por la música y el canto de los pájaros, e imaginó hambriento el banquete expuesto en la mesa. Preguntó curioso a los criados por la identidad del dueño de casa, y le respondieron que se trataba de Sindbad, el viajero que había recorrido todos los mares y poseía una inmensa fortuna. Entonces, el humilde mandadero invocó a su dios en voz alta, reclamándole: “¿Qué ha hecho él para merecer un destino tan agradable? ¿Qué he hecho yo para merecerlo tan riguroso?”, y Sindbad lo escuchó, y de inmediato lo mandó llamar, y a lo largo de siete días lo invitó a comer y a beber el mejor vino del mundo, mientras le contaba la historia de sus siete viajes, pesadumbres y aventuras. Los lectores nos sumergimos en el relato sintiendo las emociones de Sindbad, y al mismo tiempo nos identificamos con el buen mandadero que escucha emocionado el relato ajeno, jurando que por nada del mundo pasaría por tales trances, apreciando su vida insignificante. Los viajes de Sindbad son inauditos, y tras leerlos queda vivo el personaje en nuestra imaginación, como las sirenas que no existen en la realidad concreta, aunque dan a la humanidad la posibilidad sublime de experimentar sucesos extraordinarios.

La vida deslumbrante atrae al lector, pero también las peripecias humanas de la gente sencilla y común, cuya vida no es tan común como se cree. Es así como Cervantes compone el canto triste del Quijote, haciendo gala de fino humor, novela que trata del viaje aventurero del caballero andante de la triste figura alrededor de su propia hacienda. Una historia de total actualidad. El Quijote tiene cincuenta años, no mucho qué hacer, y ha enloquecido motivado por la lectura de tantos libros de caballería. Es un hombre gastado por la rutina, de inquieta imaginación, y cruza realidades para vivir una experiencia encantadora que condujo al hombre anónimo a la posibilidad de encontrar en sí mismo la grandeza del espíritu.

Hablamos de vida y experiencia, y se nos revuelve la idea del más allá.

La Literatura no tiene límites, y puede fundarse en la ficción o crear a partir de la experiencia real, como ocurrió en Guatemala en el siglo XVI, cuando Bernal Díaz del Castillo escribió con una pluma afinada con navaja y un tintero, la gigantesca Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, que es una obra literaria deslumbrante, una verdadera novela de aventuras, narrada de manera fresca y natural, donde no importa si es “verdad” o no lo que se cuenta, sino apenas un viaje espléndido por el Nuevo Mundo, como llamaron los españoles a las tierras que los atrajeron con la promesa del oro y las haciendas inmensas, en un clima prodigioso, con tormentas que los zarandeaban y batallas donde la estrategia era la traición y el triunfo pertenecía a los sobrevivientes. Leyendo las páginas de esta obra se siente el calor, la sangre, la tragedia alimentada por el fuego de la codicia, el bamboleo de las canoas en el estrepitoso mar Caribe. El lector es a veces Hernán Cortés, o Bernal, el mismo narrador del testimonio, o los indígenas sumados al ejército conquistador, que son castigados durante el frustrado viaje por Petén, tras enterarse Cortés de que se habían comido a tres prisioneros y a dos nativos capturados en la zona, porque “en el camino los mataron y los asaron en hornos que para ello hicieron debajo de la tierra y con piedras”.

Viajar es leer

Por más de dos mil años la Literatura occidental ha recorrido los rumbos del cristianismo y exaltado la vida de los pequeños seres, individuos capaces de grandes realizaciones. A medida que el pensamiento cambia, los modelos simbólicos del Cristianismo van reemplazando a los ejemplares de la Edad Antigua, ahora son ellos quienes emprenden los viajes, y se crea múltiples versiones posibles a partir de personajes históricos hechos leyenda, o a la inversa.

A Miguel Ángel Asturias le fascinaba el Maladrón del Calvario de Guatemala, que tanto lo impresionó en la infancia. Gestas, el supuesto criminal, cruel y desalmado, salteador de caminos, fue condenado a morir en la cruz al lado izquierdo de Cristo. Durante la agonía, el Maladrón lo insultó, retándolo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros”. Este personaje singular, aparece en la obra de nuestro Premio Nobel de diversas maneras, y está presente como idea en el viaje a la noche de la dictadura de El Señor Presidente, así como en el valle del Maladrón, en la Epopeya de los Andes Verdes.

A Thomas Mann le atrajo José de Arimatea; al ruso Mijail Bugakov, Poncio Pilatos; Caín al portugués Saramago; o recientemente Judas, a Amos Oz, autor de una intensa novela sobre la traición, donde plantea el supuesto verdadero propósito de quien creyendo ciegamente en Cristo lo presionó para que diera la gran sorpresa en El Calvario. Le pidió que se entregara a quienes lo clavarían en la cruz, planeando llevar a cabo el gran espectáculo, porque levantaría a la muchedumbre en contra del Imperio. Motivó a Cristo a dejarse crucificar para que muriera ante testigos, para realizar el milagro sin precedentes: volver a la vida ante la mirada atónita del público, el gran show de los pastores televisados, que se desprendiera los clavos y descendiera ante la locura de los espectadores que hubieran destrozado a dentelladas a los soldados romanos para llevar a su rey directo al trono judío. Pero Cristo no resucitó en ese instante, y Judas lloró decepcionado, porque se sintió culpable, porque creyó haber empujado a la muerte a un humano endiosado por él, porque lo amaba, porque le pidió lo imposible, y se ahorcó, sin saber que tres días más tarde se cumpliría el plan.

La literatura contemporánea vive recreando a los grandes personajes de la tradición cristiana, idéntico a como se hacía en la Edad Antigua, mientras se combina con la exploración del viaje iniciado por personas sencillas conmovedoras.

No importa las vueltas que den los procedimientos o las referencias, lo evidente es que el viaje es siempre la propuesta, y que, a cada vuelta del tiempo, aparece un nuevo autor que se atreve a explorar el misterio de la vida más allá de la realidad.

Si viajar es vivir, entonces leer es también vivir, porque cada libro que leemos procura una sorpresa, y así mismo es escribir, porque entraña el interés de abrir nuevas brechas con la imaginación, crear nuevos destinos para la humanidad, con lo que se logra participar en el proceso natural de la expansión del universo.

Será por esa convicción que en mi obra literaria he procurado plantear siempre un viaje, y mientras trabajo en la escritura de mi exploración por el más allá, dimensión que no ubico en la oscuridad del inframundo sino en esta misma tierra que habitamos, puedo admitir que el mío es un oficio silencioso que trae grandes sorpresas, un viaje finito sin límites. Lo importante es ser lector, porque leer es viajar, vivir en mundos diversos para burlar a la muerte.

*Los subtitulares son de la Redacción de este suplemento. El más reciente libro de Méndez Vides es “El Sonora y otras vidas” (loqueleo, 2016).

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia Álvaro Castellanos Howell
R.B.G.

In memoriam

noticia
La caída de Evo Morales
noticia Desconecta - Europa Press
¿Por qué explotan las uvas en el microondas?


Más en esta sección

Partidos no pagan multas, pero recibirán Q20.5 millones por financiamiento

otras-noticias

Diputados dan marcha atrás a la aprobación de dos préstamos y del Presupuesto 2021

otras-noticias

La CC pide informes al Mingob y a la PNC por represión durante protesta

otras-noticias

Publicidad