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El Acordeón

Las vías fluviales de Moisés Barrios


Vías Fluviales es la muestra de Moisés Barrios que se expone hasta el 22 de agosto en en el Centro Cultural Metropolitano (7a. avenida 12-11, zona 1. Antiguo edificio de Correos). La exposición reúne acuarelas, óleos, grabados y murales, resultado de 30 años dedicados a la observación y el recorrido del litoral Pacífico guatemalteco, los cauces de sus ríos, manglares, ruinas y estampas cotidianas.

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El mar voluptuoso sedujo temprano la imaginación de Moisés Barrios, artista nacido en la parte alta de San Marcos, en las cumbres de la Sierra Madre, a los pies de los volcanes Tacaná y Tajumulco, en un ambiente de paisaje nublado y frío, que curiosamente son elementos ausentes en sus pinturas, porque su fascinación lo atrajo a las inmensas planicies de la costa, al agua y el laberinto de los manglares.  Desde niño, Moisés fue atraído por las vías fluviales de la patria, según le enseñaron en la escuela, y quiso recorrerlas y navegar hasta desembocar en el mar. La experiencia de la inmensidad oceánica le llegó tardíamente, porque conoció el mar hasta los 21 años, en el puerto de Acajutla, en El Salvador, que fue cuando por fin caminó por el inmenso muelle recién estrenado y pudo apreciar a los peces nadando muy próximos a la superficie cristalina. El encantamiento se afirmó en Costa Rica, cuando acudía en tren eléctrico a las playas de Puntarenas en paseo de ida y vuelta el mismo día, buscando el horizonte marino y dispuesto a observar el paso lento de los barcos de carga. Moisés nunca aprendió a nadar.vDe aquellas infraestructuras desarrolladas vino a dar a la ruralidad de la patria, a la magia de Iztapa, lo que despertó su pasión por el mundo de personajes desvaídos que se constituyeron en los duendes de su primera exposición sobre el tema, en 1986. Bajo vidrio, en las mesas centrales del Centro Cultural Municipal en el antiguo edificio de Correos, se exhibe una muestra de las acuarelas del deslumbramiento original, que suscitan nostalgia.

 

Moisés Barrios inició sus peregrinaciones a Iztapa hace más de tres décadas, en transporte público y con su mochila al hombro, cuando se dirigía a la playa, que recorría caminando y haciendo apuntes en un cuaderno al estilo de Matsuo Basho en su diario Sendas de Oku, dibujando el momento de sus impresiones de viaje, y, luego, al retornar al estudio urbano aplicaba sobre el papel la suavidad de la acuarela. Personajes anónimos se insinuaban en el horizonte, mujeres con vestidos coloridos se mojaban los pies entre las olas ante el asombro por los tumbos, o donde un pescador trabaja o un niño aparece oculto bajo la sombra de una palma pensando con la mirada perdida en el horizonte, o la silueta de un tiburonzote se traza sobre la arena gris en el instante que los pescadores se preparan para destazar el botín.  Son escenas pacíficas con intensa violencia subyacente.

Del boceto directo, Moisés Barrios evolucionó a la comodidad de la cámara digital para captar los momentos, obteniendo así una extensa base de ideas para el desarrollo de su pintura en la segunda etapa, donde amén de Iztapa extendió el recorrido a Tilapa, Ocós, los manglares de Monterrico y la costa del Pacífico en general, y donde también varió de la acuarela espontánea al realismo fotográfico al óleo, en telas de formato grande.

El artista fue captando la transformación social y del paisaje sin ser un documentalista, porque los protagonistas fueron cambiando de nivel de vida, adquirieron gadgets chinos, ropa de paca, hubo proliferación de cevicherías y tenencia de vehículos.  Ahora ya no son cayucos sino lanchas de motor. Los palacios de los narcos se expanden por toda la costa. Las costumbres cambiaron. La tormenta Stan y el huracán Mitch destruyeron Iztapa. Al recorrer las salas de exhibición, se puede sentir la transformación del espacio, de la vida y de la conciencia del artista.

Cuenta Moisés Barrios que una vez contrató a un lanchero para que lo condujera por los canales, y quedó sorprendido ante los pescadores armados con pistolas de alto calibre, y fue así testigo de la destrucción de la naturaleza con impunidad, por el uso de redes y la obstrucción de canales por parte de los pescadores ambiciosos; así como lo impactó la pérdida del agua que cada vez resulta más escasa y contaminada, debido a la sobrepoblación y a la concentración de las mejores tierras dedicadas al monocultivo. La nostalgia por el agua que se esfuma es el tema racional de esta exposición retrospectiva, como metáfora del tiempo que vuela.

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En la primera década del nuevo milenio, Moisés Barrios profundizó en el realismo fotográfico, alternado con las técnicas de edición y el alto contraste, pero manteniendo la consistencia de las imágenes de siempre: El chico sentado en la arena, el pescador en el cayuco… Aunque nuevas imágenes se fueron añadiendo, e introdujo sorpresas como el notable Nocturno Ocós, de su exposición Tropicálida, donde la idea fue eliminar la alegría y el color del ámbito playero cuando lo general es que impere el gozo.

En Vías Fluviales, para redondear el círculo, el artista estrena la novedad de su nueva propuesta creativa, en la que hace uso libre del acrílico sobre papel, y mezcla la suavidad de la acuarela (según la memoria de la primera Iztapa) con lo pastoso de la pintura que cubre e inunda las imágenes, como una experiencia conceptual deslumbrante. El color se escurre sólido sobre los momentos representados, se satura las escenas con pasión, porque hay un regreso a las imágenes pacíficas de Itzapa pero intervenidas, como muestra precisa del mejor arte contemporáneo, porque trabaja sobre los mismos elementos de siempre pero modificando la expresión subjetiva. Es una fiesta de fuerza.

En Vías Fluviales destaca la figura permanente del niño a la sombra de una palma, con el pensamiento en blanco, expresando la finitud ante el infinito. Es la misma imagen que hace 30 años pintó con la suavidad de la acuarela, luego trasladó al óleo, siendo ultra realista, tanto en color o en blanco y negro, y que ahora deslumbra en su figuración en acrílico, entre llamas o barro, bajo una palma viva o languideciendo debido a los rayos directos del sol. Quizá dicho emblema sea en realidad el inconsciente autorretrato de Moisés Barrios, la remembranza del niño de San Marcos que sigue imaginando desde el Altiplano la inmensidad inaprehensible del océano Pacífico.

 

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