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Editoriales

No más de lo mismo


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Hace poco más de diez años, cuando el Gobierno de turno recurrió al endeudamiento público para reactivar la economía, los Q3 millardos que pretendía colocar levantaron muchas preocupaciones. Algo parecido a lo que sucede ahora nuevamente; aunque las ideologías de cada uno de los partidos en el poder sea en aquel entonces y ahora, en el papel y discurso sean completamente distintas, en la práctica resultan ser iguales. No obstante, en ese entonces la preocupación principal no era el monto de la deuda en sí mismo, sino añadirle al ciclo natural del endeudamiento público con fines electorales una nueva fuente más de expansión: el estímulo de la economía. Es decir, recurrir al endeudamiento público durante las malas rachas económicas; algo que, si se hiciera de manera responsable, como hacen países serios en esta materia, implicaría generar ahorro público durante los buenos tiempos. Como ha quedado demostrado por la historia reciente, en Guatemala el endeudamiento siempre crece independientemente de cómo le vaya a la economía: en los malos tiempos, crece con la excusa del estímulo fiscal; y en los buenos tiempos, crece con la excusa de la mejora en la capacidad de pago de la deuda. 

Independientemente de la situación económica reinante, de la evolución de la recaudación tributaria, del costo de la deuda o de la calidad del gasto resultante, Guatemala vive desde hace más de veinte años una dinámica en donde el gasto público aumenta de manera secular, existan o no existan recursos tributarios para ello. De esa cuenta, los Q100 millardos de gasto público para el próximo año, aunque no lo parezcan, son solamente la “punta del iceberg” de una problemática mucho más grave y difícil de resolver. No existe garantía alguna que dentro de un año no estemos exactamente en la misma situación que ahora; mucho menos dentro de dos o tres años, cuando se avecine la próxima campaña electoral. Ha quedado probado, una vez más, que cuestionar técnicamente el monto del nuevo endeudamiento de nada sirve, los responsables hacen oídos sordos a este tipo argumentos; mostrar las incongruencias, falencias y oportunidades para la corrupción de los programas y proyectos que justifican la deuda, les “pela” a quienes formulan y aprueban el Presupuesto; inconformarse por la nocturnidad y alevosía con la que se aprobó el Presupuesto, les da risa a los diputados. Contrario a lo que pregonan algunas facciones ideológicas de extrema derecha, manifestar nuestro rechazo al Presupuesto Público aprobado no constituye ningún tipo de traición a la patria o prestarse al juego del comunismo internacional; al final de cuentas, la factura la vamos a pagar nosotros, ya sea vía más impuestos, mayor inflación o carencias futuras. Lo menos que podemos hacer es mostrar nuestro rechazo a lo que está sucediendo. ¡No más!

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