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Editoriales

Energía nuclear para bien y para mal

opinion

Rudolf Otto Rinze de León / DPI 2608 21152 0101

 

El 6 de agosto de 2017, se cumplió el 72 aniversario del evento que hubo de transfigurar para siempre, la naturaleza del guerrerismo, al demostrar la capacidad alcanzada para desarrollar medios destructivos inmensamente potentes, como no se conocían hasta entonces. La prueba en toda su crudeza y horror, el lanzamiento de dos bombas nucleares sobre las ciudades japonesas de Hiroshima (6 de agosto de 1945) y Nagasaki (9 de agosto de 1945), causando la desaparición de casi la mitad de los poco más de 300 mil habitantes de la primera de aquellas, incluido el total arrasamiento de no menos del 90 por ciento de todas las edificaciones civiles, industriales y de vivienda.

 

El efecto resultante, la rendición incondicional del gobierno del llamado “Imperio del Sol Naciente”. Por un lado, el emperador Hirohito, del otro, la jerarquía de los aliados, a bordo del acorazado estadounidense USS Missouri, anclado en la bahía de Tokio, el 2 de septiembre de 1945 concluía el conflicto armado cuyos escenarios, a partir del 7 de diciembre de 1941, fueron las distintas regiones del océano Pacífico, principalmente a lo largo de toda su zona sudoeste, comprendidos Nueva Guinea, Islas Salomón, Indonesia, Borneo, islas Carolinas, Marianas, etcétera, y al final, los sectores oeste-centro (Filipinas) y norte (Okinawa y Japón territorial).

 

Se demostró así el poder destructivo y de potencia, de una nueva energía, denominada entonces atómica o nuclear, que se basaba ya no en la pólvora o el trinitrotolueno, el TNT de la dinamita y demás explosivos de encendido y explosión, sino ahora, partiendo de reacciones en cadena de los átomos por partículas radioactivas, empleando el uranio entre otros.

 

De hecho y por la misma naturaleza del trauma ante el aparecimiento de tales nuevos medios de aniquilación, fueron entonces múltiples las críticas en pro y en contra de tales decisiones. El argumento racionalizado públicamente por el liderazgo estadounidense, se apuntalaba en el ahorro de vidas, pues la alternativa de invadir el territorio japonés, hasta lograr aniquilar la capacidad bélica japonesa remanente, significaría sacrificar cerca de otro millón de vidas de combatientes del lado de los EE. UU. y sus aliados australianos e ingleses, no digamos la parte japonesa y dentro de un plazo que se estimaba, en no menos de un año adicional. Además, asomaban enredos políticos, pues la Unión Soviética bajo Stalin, afilaba sus colmillos, para también de su lado, invadir territorio japonés que luego reclamaría para sí. Las secuelas, el arranque de la llamada “Guerra Fría” que no concluiría sino hasta el periodo de 1989 al 1991, con el derrumbe de la unión soviética.

 

La otra cara de la moneda, en las décadas de 1950 y 1960, Estados Unidos promovía los programas divulgativos “Átomos para la Paz”, presentando a todo el mundo, las aplicaciones de la energía atómica para la generación de electricidad, la preservación de alimentos, así como la medicina radiológica refinada y confiable.

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