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Editoriales

Tras los atentados terroristas de París y Bruselas


Después de los atentados terroristas en París en el pasado noviembre de 2015, y en Bruselas, en plena Semana Santa 2016, una cosa ha quedado clara: que hay sectores internacionales interesados en crear una psicosis de guerra en el mundo libre y pacífico, como queriendo extender la guerra que se libra en Siria hacia el continente europeo. Particularmente en el último año, se ha multiplicado el número de personas que huyen de la guerra en Siria y buscan asilo en países europeos, principalmente Alemania. Es un error querer asociar los atentados terroristas con estos grupos de personas refugiadas, que mayoritariamente profesan la religión musulmana. Sin embargo, es evidente que entre los grupos que hacen la guerra en Siria, hay quienes buscan alterar la balanza demográfica en Europa, que es un continente que se debate entre el cristianismo y el ateísmo. Y quizá con ello, hasta busquen imponer un nuevo orden y una nueva ley, ajenos a los europeos, que podría ser el fundamentalismo islámico. La guerra en Siria surgió por una serie de intereses geopolíticos en la región, como que Irán y Arabia Saudita buscan dominar esa región y se la disputan, hasta la propia participación de Israel para garantizar su seguridad estatal. Aunque las potencias han tenido un papel cuestionable: Estados Unidos apoyó a los rebeldes sirios, entre los cuales se sabe que hay algunos terroristas y Rusia apoyó a Bashar al Asad y a Irán, para hacer contrapeso a Estados Unidos y los rebeldes sirios, con bombardeos estratégicos que aunque hicieron retroceder al Estado Islámico, llegaron tarde y quizá no lograron los objetivos pretendidos. Ahora, tras cinco años de una cruenta guerra, se hace un esfuerzo por la paz. Empero, los europeos deben decidir sobre los refugiados: darles asistencia humanitaria y no tratarles inhumanamente, pero ordenarles el regreso a su país cuando termine la guerra y si algunos se quedan en Europa, deben investigarlos para cerciorarse que estos refugiados en su pasado no tuvieron vínculos con grupos terroristas y sin exigirles ningún tipo de conversión religiosa o política, pero sí exigirles lealtad y respeto a las instituciones europeas y a los distintos credos religiosos. Si no juran esa lealtad, no deben quedarse en Europa.

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