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Editorial de hoy

Hablemos de autonomía

opinion

La experiencia nos dice que la mayoría no siempre tiene la razón.

Los sucesos sociales, políticos y económicos en Guatemala y otras partes del planeta, agravados, subsumidos o invisibilizados por la pandemia del COVID 19, nos hablan del efecto de haber postergado la construcción  y/o reconducción de nuestra autonomía: cuerpos, territorios e instituciones.

A estas alturas deberíamos tener mediana claridad sobre la forma de operar del sistema económico y político para el desmantelamiento de cualquier vestigio de bien común de las instituciones; las dinámicas para priorizar negocios y  ganancias; las zancadillas de los operadores del sistema para que este funcione a su favor; la voracidad para  expoliar hasta el último aliento la vida de personas otros elementos de la naturaleza.

El desmantelamiento de la escuálida institucionalidad gestada en la idea de “democracia liberal”, refuncionalizada con la firma de los Acuerdos de Paz, nos dice que es impostergable retomar el diálogo de nuestra autonomía como personas (cuerpos), pueblos, instituciones de orden público, país. A pesar de estar cooptadas hoy por la corrupción, varias instituciones surgieron para garantizar a toda la población: educación (Usac), salud y seguridad social (IGSS), defensa de  Derechos (PDH),  acceso a la justicia (Ministerio Público).    

Autonomía significa ejercer la capacidad de tomar decisiones, hacer elecciones y asumir las consecuencias que todo ello conlleva. En los debates que realizamos en la Asamblea feminista y otros espacios del movimiento social y de mujeres, diríamos que es ejercer nuestra condición de “sujetas sociales y políticas”.

Por supuesto no es ejercicio fácil, como implica auto designación, en lo personal requiere disciplina, elaboración emocional y conceptual, a veces solitud, otras veces diálogo, consulta permanente. La autonomía de nuestros cuerpos es una acción política contundente, y por ello criminalizada por los fundamentalismos de todo tipo. En el caso de los territorios, además de todo lo personal, implica la reflexión colectiva, trabajar consensos y atender los  disensos, no conformarse con lo que diga o elija la “mayoría”. La experiencia nos dice que la mayoría no siempre tiene la razón. En nuestro caso, esa mayoría es principalmente urbana, ladina, y de clase media, manipulada por partidos políticos y empresas, y alienada por los medios masivos de comunicación. Esa es la mayoría que ha elegido a representantes cada vez más siniestros, y autoritarios. 

Las instituciones autónomas o con funciones autónomas, tienen por mandato el servicio público en temas de salud, seguridad social, educación, acceso a la justicia. Cuando se retuercen los marcos que dieron origen a esas instituciones, para convertirlas en nidos de corrupción, pierden su razón social de existir, como sucede hoy con el Ministerio Público, IGSS, o las entidades autónomas cuyas autoridades, coludidas con estructuras corruptas, están comprometidas en la paralización para elección de cortes. 

Necesitamos hacernos conscientes de nuestra historia personal, colectiva, e institucional, pero no la que nos han contado sino la que investigamos, profundizamos y recuperamos siguiendo las huellas que nos han traído hasta este momento. Construir autonomía conlleva asumir responsabilidades y trabajar consensos sociales desde el reconocimiento de la pluralidad que somos en todos los sentidos.  

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